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Fútbol E Allo Ó Son Do Vegano Carallo

É listo coma un allo.
Hai certos eventos de carácter anual que procuro celebrar. Non me refiro ás manidas festas institucionalizadas no almanaque, como fin de ano, a noite de San Xoán ou a queima de Ravachol. Falo de encontros senlleiros como a Festa da Poesía do Condado, en Salvaterra de Miño, a Festa do Cineclube de Santiago de Compostela ou o aniversario do Liceo Mutante.Do mesmo modo, tamén no deporte hai certos partidos de fútbol que son sagrados. Durante a tempada xogo en dous equipos de fútbol gaélico: no Fillos de Breogán, masculino, e no Fusquenlha, mixto. Pero teño certa nostalxia do fútbol inglés, especialmente de mandarlle patadóns ao balón cortando a xogada rival. Intento saldar esta adicción tres veces ao ano, polo menos.Dende hai xa uns cantos anos, a mañá do 24 de decembro, día de Noiteboa, vou cos amigos ao Campo Lameiro, ao campo da Chanciña. Alí botamos un 7 contra 7 que sempre senta ben, o xa clásico Furolo di Natale. Os equipos fanse no momento, buscando un equilibrio cordial, e cadaquén leva unha camiseta branca e outra escura para distinguirnos. A ferruxe acumulada logo de 53 semanas fai que haxa algunha lesión entre os menos habituados ao deporte, pero é unha diversión fabulosa.Dende non hai moito procuro tamén ir cada 25 de agosto ao campo de Catro Ventos, na Gudiña. É o tradicional partido de solteiros contra casados o día do patrón, o san Bértol. Un encontro que ten lugar sobre as 18.30 e que convoca numerosas persoas. Un campo da vella escola, que só se usa unha vez ao ano e que se roza dous días antes, e no cal se intúen os toxos bravos. As liñas de cal bótanse á man, e só as imprescindibles para facilitarlle as tarefas ao colexiado, uniformado cun chaleco reflectante e e acompañado dun chifre de man, con batería, para non gastar folgos asubiando. Os solteiros van de branco e os casados distínguense cunha camiseta colorida. Se o balón sae do campo, quen o bota fóra vai por el. É habitual a hidratación con latas de cervexa, e o respectable público agudiza o enxeño cos improperios máis creativos. O resultado é o de menos, claro está, e como en calquera evento que se preste hai unha cea posterior onde comentar as mellores xogadas.E por último, dende o ano pasado teño o privilexio de participar na AngloGalician Cup, defendendo as fuscas cores dos Porcos Bravos. Debutei en outubro de 2025 en Campañó, no campo de Agüeiros. A experiencia foi fabulosa, e axudei a acadar unha nova vitoria que axiña me precipitei a incluír no meu currículo deportivo. As fanáticas das estatísticas poderán facer os seus cálculos, pero coido que a media de dous goles por partido que levo non é cousa menor, ou -parafraseando a Mariano Rajoy- é cousa maior.Cando comecei ao fútbol, lembro tres partidos importantes. En cadetes, co Marcón Atlético, xogámonos o ascenso contra o Vilalonga no campo do Carrasco, e perdemos; foi mágoa. Co San Xurxo de Sacos, polas festas dos santos Xusto e Pastor, xogamos contra os veteranos do Huracán, con ampla asistencia veciñal, e foi fermoso. Co Pasarón acadamos un trofeo de verán en Barro; o equipo organizador contaba con gañar, e anunciara un galo para o equipo vencedor e unha copa para o perdedor, pero vencemos e déronnos a peza metálica para quedaren coa fermosa ave e logo dar conta dela. Case mellor así.En breve chega o outono, e haberá que defender de novo a cor negra. Quixo a fortuna que nese mesmo outono xogue o Celta contra o Bournemouth, equipo que debuta en competición europea. Se o equipo celeste leva como patrocinador unha empresa cervexeira coruñesa, os Porcos Bravos faremos os nosos quecementos con produtos de quilómetro cero, unhas boas Nasa inspiradoras.Comezou a conta atrás. Achégase a vixésima, e este deportista ten ansia de golazos.

5 comentarios:

  1. Raspail dixo...
  2. Y subieron sobre la anchura de la tierra, y circundaron el campo de los santos.

  3. Chanchenchos go home dixo...
  4. Resistide! Estamos a 5 Sanjenjos, 2 botellines Mahou e 1 polo Lacoste pra que as praias volvan a ser nosas e a cerveza Nasa poida, por fin, fluír libremente.

  5. Turkito dixo...
  6. El verano boquea en la orilla de septiembre, como esos peces saltarines que se quedan varados entre la espuma del Atlántico y buscan desesperadamente menos aire y más agua, y nos vamos despidiendo en los portales, entre maletones y jaulas con caniches, de los últimos turistas, que se van de Coruña un poco más morenos, algo más gordos y mucho más felices, aunque haciéndose los remolones al pensar en la autovía y la oficina. Este agosto pasado, como casi todos los últimos agostos, se puso de moda motejar a esta buena gente como fodechinchos, esa palabra fabricada entre el verbo foder (vamos a suponer que, en su versión light, significa molestar) y el sustantivo chincho, que en el sur de Galicia viene a ser lo que en Coruña llamamos jurel. Al parecer, alguien llegó a la conclusión de que estas familias de más allá de Pedrafita y Padornelo sólo vienen a lo barato, a los chinchos, y tienen extrañas costumbres, como aparcar su coche en las rampas de los puertos con marea baja para descubrir horas más tarde, al volver de la playa o del chiringuito, que el Atlántico no es una piscina y que la marea alta se ha merendado el coche.


    Hasta ahí, todo correcto. A mí, así en general, todo lo que sea echar unas risas sin mayor trasfondo, me parece muy bien. Especialmente si uno, antes de reírse de los demás, es capaz de reírse de sí mismo, que es el orden natural de las cosas en el humor y en tantas otras facetas de la vida. Pero cuando los entrañables chascarrillos sobre los turistas, que se gastan en todos los rincones del planeta, degeneran en turismofobia (qué palabra más repulsiva, como todas las que terminan en fobia) y en la cacería tuitera del madrileño de vacaciones, la verdad es que no acabo de verle el mérito -ni mucho menos la gracia- al asunto.

    Más que nada porque deberíamos pensar que, a final de cuentas, todos somos los fodechinchos de alguien. Por mucho que la galleguidad de nuestros antepasados se pueda rastrear hasta Prisciliano, cuando los coruñeses -incluso los coruñeses más cool y con más pedigrí- desembarcamos masivamente en el Náutico de San Vicente, no dejamos de ser los fodechinchos de los pacientes vecinos del Grove, a los que vamos a dar la tabarra con nuestros coches mal aparcados y nuestra devoción por Leiva. Y cuando intentamos explicar a los nativos de Vilanova que sabemos más de ellos que ellos mismos, porque hemos leído en profundidad a Valle-Inclán y Camba, estamos elevando el arte de fodechinchear a la categoría del 'cuñadismo'.

    Una de estas mañanas de verano, tomando un café en una terraza, escuché sin querer a un par de cuarentones que estaban contándose las vacaciones el uno al otro, propinándose una innecesaria y cruenta paliza de topónimos y fotos en el móvil, cuando capté estas frases al vuelo:

    -¿Pero entonces me recomiendas la Costa Amalfitana?

    -Mira, está muy bien, pero hay demasiados turistas.

    Confieso que tuve que agarrarme a la silla para reprimir las ganas de levantarme y, con humildad franciscana, preguntarle al replicante:

    -Disculpe, pero entonces ¿usted no era uno de esos turistas? ¿O es que tiene segunda residencia en la Costa Amalfitana?

    Finalmente pude sujetarme y pudieron seguir denostando a los turistas, que por supuesto eran los otros, porque ellos eran viajeros al puro estilo Paul Bowles.

  7. Turkito 2 dixo...
  8. Detrás de este desprecio al turismo de masas, no nos engañemos, lo que hay no es un desprecio al turismo, sino a las masas. Lo que molesta al odiador no son aquellos ultrarricos viajeros de antaño, que se aburrían muchísimo durante varias semanas en un hotelito de la costa y, como no tenían nada mejor que hacer, según nos contó Agatha Christie, se iban matando unos a otros por turnos, pero sin maldad, sólo para pasar el rato. No, lo que desata las iras de los iracundos es la democratización del turismo y que, en lugar de unas refinadas élites de exquisitos millonarios, nos visiten familias normales como la nuestra, sin mucha pasta en la cartera y con sobrinos gorditos de gafas rotas que le pegan collejas a su prima, la de la prótesis dental pagada a plazos.

    Será que soy un antiguo y no entiendo bien estos odios colectivos de la modernidad, pero confieso que no tengo nada en contra de los benditos veraneantes, que disponiendo de tantos destinos donde elegir por el mundo adelante, regresan cada año a Coruña porque les encanta. Y además confieso que los comprendo porque, cuando en agosto deambulo durante unos días por el sur de Galicia, también me veo un poco fodechincho y sólo puedo sentir gratitud por los paisanos, que siempre me acogen con tanto cariño, tanto cielo azul y tantas cosas maravillosas para comer, beber y querer.

  9. Sansón dixo...
  10. La ley de delito de odio (pena de prisión de uno a cuatro años y multa de seis a doce meses) es delito de odio. Contra la libertad individual, naturalmente.

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