Mike Barja lo había visto morir, pues contaba entre los nueve testigos invitados a la ceremonia. No había presenciado nunca una ejecución y cuando, hacia medianoche, entró en aquel frío almacén del penal de Ons, el escenario le sorprendió: había esperado un lugar digno y no aquella caverna mal iluminada, llena de maderas de boj y muñecas hinchables en total desorden. Pero la horca, con sus dos lazos rojos atados a la viga, se imponía lo suficiente. Y también allí, con inesperada elegancia, estaba el verdugo, proyectando una larga sombra desde su plataforma sobre los trece escalones de madera. El verdugo, individuo anónimo, endurecido, traído especialmente desde Stokerby para el evento, por el que recibiría 30 monedas, llevaba un viejo traje inglés cruzado a rayas, demasiado holgado para su escuálida figura de depravado de burdel: la chaqueta le llegaba casi hasta las rodillas; y llevaba en la cabeza una gorra de una conocida marca de cerveza gallega que quizá fue gris confederada, pero que ahora se había convertido en una cosa extraña, desteñida por el sudor y el tiempo. Barja encontró además desconcertante la charla, voluntariamente indiferente y llena de chistes sexuales, de los otro ocho mirones, mientras esperaban el comienzo de lo que uno de ellos llamó la sogueada del puto Fiódor Underwood Crisóstomo Kincaid (en lo sucesivo F.U.C.K.)
La repentina lluvia golpeaba sobre el tejado. Su ruido, no demasiado distinto del redoble de los tambores, anunció la llegada de F.U.C.K. Acompañado de cinco lansquenetes y una huérfana que le increpaba, entró en el lugar de la muerte, esposado, demacrado y con una especie de arnés de cuero negro que le ataba los brazos al torso. Al pie de la horca, el Adelantado Nayland Smith le leyó la orden oficial de ejecución, un documento de dos párrafos. Los ojos de F.U.C.K. debilitados por 27 meses de sombras en la celda, escudriñaron el pequeño auditorio y, no viendo lo que buscaban, le preguntó al lansquenete que tenía más cerca, en un susurro, si no había ningún miembro del Círculo del Fresno presente. Al contestarle que no, el prisionero 6655321 pareció contrariado, como si pensara que el protocolo de aquel ritual de venganza no hubiera sido observado en su pureza. Como es costumbre, terminada la lectura Nayland le preguntó al condenado si tenía alguna postrera declaración que hacer. F.U.C.K. asintió humilde con la cabeza.
—Sólo quiero decir que lamento haberle fallado al Main y a la Causa. In Main We Trust.
El verdugo tosió, se quitó con impaciencia su gorra y se lo volvió a poner, gesto que recordaba en cierto modo una gallina que erizase las plumas del cuello y las volviera a bajar. F.U.C.K., empujado suavemente por un lansquenete, subió los escalones del patíbulo.
—El Main nos la da, el Main nos la quita. Loado sea el nombre del Main —entonó el druida mientras arreciaba la lluvia, la soga era colocada y una suave máscara negra era atada sobre los ojos del prisionero—. Que el Main tenga piedad de tu alma, si es que la tienes.
El escotillón cayó y F.U.C.K. quedó colgando a la vista de todos durante dieciocho minutos enteros, hasta que al fin el doctor Montarco dijo: —Declaro que este hombre ha muerto.
Un tractor fúnebre, con los faros encendidos y perlados de pluvia, entró en el almacén y el cuerpo del que fuera en segundo hombre más poderoso del Rodillarato, colocado en una camilla y cubierto con una manta, fue llevado hasta el tractor y luego afuera, entrando dócilmente en la buena noche.
Mike Barja se quedó un rato en solitario, cavilando acerca de la jactancia de blasón y la pompa de poder en la Anglogalician. F.U.C.K. había tenido una carrera fulgurante. Había sido el niño bonito del régimen. Había cumplido todas las órdenes. Había protagonizado las dos mejores entrevistas del Blog. Había cavado todas las fosas y purgado a todos los tibios. Todo ello, ¿Para qué?, ¿Para que le regalasen una corbata de cáñamo?.
Y de repente, como golpeado por un rayo atlántico, la duda le carcomió y se hizo pregunta: ¿A quién le tocará ahora?
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