No sabíamos muy bien dónde íbamos. Sabíamos, eso sí, que estaba lejos. Muy lejos. Tan lejos que cuando dices Isla de Pascua o Rapa Nui no estás dando una localización: estás señalando un lugar mágico en mitad del océano Pacífico, algo así como decir “el borde del mundo” o “ese sitio al que solo se llega si de verdad lo necesitas”. El ombligo del mundo, lo llaman los rapa nui. Y nosotros, como pasa con los Porcos Bravos y los Stags en la Anglogalician Cup, aceptamos el desplazamiento sin preguntar demasiado.
Todo empezó en octubre de 2022, bastante antes de ver un solo moái en 2025. Aquel año, un gran incendio arrasó parte de la isla, afectando especialmente a los moáis del interior del cráter de Rano Raraku, una zona a la que casi nadie ha podido acceder. El fuego avanzó sin pedir permiso, como siempre hacen los elementos. El Departamento de Arqueología y Conservación de la comunidad indígena Ma’u Henua —responsable de la conservación de todo el patrimonio de Rapa Nui— hizo todo lo posible por frenar el incendio y evaluar los daños, aunque el estado de conservación del interior de los moáis del cráter quedó fuera de alcance.
De aquella situación nació algo importante: un convenio de colaboración de trabajo horizontal entre la Universidad de Barcelona y la comunidad Ma’u Henua. No un acuerdo para “venir a hacer o enseñar”, sino para trabajar codo con codo, compartir decisiones, conocimiento y responsabilidades. El objetivo era claro: evaluar entre todos el impacto del fuego sobre los moái de la isla, y muy especialmente sobre los del interior del cráter. Así, en febrero de 2025, viajamos a Rapa Nui como viaja un equipo de fútbol: en grupo, con roles distintos y con técnicas analíticas como si fueran tácticas de partido.
El viaje empezó oficialmente a las 19:00 en la Facultat d’Arqueologia de la Universitat de Barcelona, empaquetando equipos científicos como quien prepara las botas y las camisetas antes de una gran final. Luego vinieron 14 horas de avión de Barcelona a Santiago de Chile, en la “lujosa” Level: apretados, sin comida y con tiempo de sobra para imaginarnos cómo serían los moáis, sintiéndonos un poco Thor Heyerdahl, pero con menos épica, más equipaje facturado y en avión en vez de en balsa. Tras un fin de semana de escala en Santiago de Chile —homenajes a Víctor Jara, barrios bohemios, librerías y descubrir que a muchos chilenos no les entusiasma Pablo Neruda—, por fin, otro avión hacia la isla.
Llegamos con los cuerpos desajustados por el jet lag y la cabeza funcionando en horarios que ya no existen. Como cuando cruzas media Europa para jugar contra unos ingleses que prometen “una pinta rápida” y acabas corriendo bajo la lluvia: esto no era tan distinto.
Llegar a Rapa Nui es como llegar a un estadio perdido en mitad de un océano inmenso. Sin gradas, sin marcador, pero con una historia que pesa más que cualquier copa, incluso la laureada Anglogalician Cup. Sales del avión y te reciben el viento, el sol y el mar en todas direcciones, con una certeza inmediata: este es un lugar único y aquí se juega un partido histórico contra los elementos. Viento constante, lluvia imprevisible, spray salino, biocolonización, sol intenso, fuegos esporádicos… el once titular del equipo rival. Y allí descubrimos que no hay público neutral.
Venimos con un objetivo claro: conservar moáis. Y para eso hay que entender cómo juegan los elementos y cómo afectan a nuestros jugadores, los propios moáis. Dicho así suena solemne, casi heroico, pero llegamos con más preguntas que respuestas: ¿Cómo están los moáis del cráter por dentro?, ¿El fuego habrá creado grietas invisibles?, ¿Qué otros elementos están actuando?, ¿Cómo se puede frenar su avance?, ¿Quiénes somos nosotros para venir desde tan lejos a trabajar acá?
Entrar al interior del cráter —una zona normalmente inaccesible— fue como saltar al césped de un campo sagrado. Antes, tuvimos que pedir permiso a los ancestros en lengua rapa nui. Como si fuéramos Roberto Baggio antes de la final del Mundial del 94: cada uno a su manera, pero con el mismo respeto. Y entonces los vimos. Los moái no aparecen de golpe: se dejan descubrir poco a poco, como delanteros veteranos que no calientan demasiado pero imponen respeto desde el primer minuto. Gigantes de piedra, algunos en pie, otros caídos, todos con una dignidad silenciosa. No hablan, pero te observan. Y sabes que estás jugando fuera de casa y en un templo sagrado.
Dentro del cráter el trabajo empezó pronto. Era febrero, verano en la isla. Sol, viento, salitre, herramientas pesadas y manos aprendiendo sobre la marcha. Nada de gestos técnicos para la galería: aquí se juega en corto, en equipo, cubriéndose unos a otros. Cada decisión cuenta. Cada error se paga. No hay prórroga ni penaltis. Solo resistencia.
Hubo cansancio, dudas y momentos de pensar “¿qué hacemos aquí?”. Pero también risas, comidas compartidas y esa complicidad que solo aparece cuando dependes del de al lado. Nuestro equipo lo formábamos miembros de la comunidad Ma’u Henua y de la UB; el equipo contrario, local, eran los elementos. Allí entendimos rápido que conservar moái no es un partido fácil ni se gana en noventa minutos: es una liga larga, con muchos encuentros, y requiere coordinación y un equipo multidisciplinar. No veníamos a marcar goles, sino a evitar que el tiempo siguiera marcando.
La comunidad rapa nui nos enseñó más de lo que nosotros pudimos aportar. Aprendimos que los moáis no son ruinas ni esculturas: son familia, ancestros, memoria viva. Son importantes para toda la humanidad, sí, pero sobre todo para quienes sienten ese patrimonio como propio, como recuerda la Carta de Nara de la UNESCO (1994). Por eso es tan importante que Hoa Hakananai’a —el moái “secuestrado” en el British Museum— vuelva a casa y esté con su familia. Entendimos también otro conflicto: para muchos rapa nui, el moái nace de la naturaleza, de la montaña, y debe volver a ella al convertirse en arena, cerrando el ciclo. Conservar es, en cierto modo, evitar o alargar ese final. Y allí, a veces, tuvimos público dentro de nuestro propio equipo a favor de los elementos.
Cuando llegó el momento de irnos, no hubo celebración ni foto de equipo levantando nada. Hubo la sensación clara de todo lo que queda por hacer. Sí hubo trabajo en equipo, planificación y nuevos proyectos. No ganamos aún la copa contra los elementos. Ahora algunos partidos se juegan en los laboratorios de la UB y pronto volveremos a disputar el segundo partido, a finales de 2026, en el campo más remoto del mundo. El primero terminó en empate. De esos que saben a victoria. Seguimos trabajando, y la liga continúa. Les iremos contando.

1 comentarios:
TEPITO-TE-HENÚA, ombligo del mar grande,
taller del mar, extinguida diadema.
De tu lava escorial subió la frente
del hombre más arriba del Océano,
los ojos agrietados de la piedra
midieron el ciclónico universo,
y fue central la mano que elevaba
la pura magnitud de tus estatuas
Tu roca religiosa fue cortada
hacia todas las líneas del Océano
y los rostros del hombre aparecieron
surgiendo de la entraña de las islas,
naciendo de los cráteres vacíos
con los pies enredados al silencio.
Fueron los centinelas y cerraron
el ciclo de las aguas que llegaban
desde todos los húmedos dominios,
y el mar frente a las máscaras detuvo
sus tempestuosos árboles azules.
Nadie sino los rostros habitaron
el círculo del reino. Era callado
como la entrada de un planeta, el hilo
que envolvía la boca de la isla.
Así, en la luz del ábside marino
la fábula de piedra condecora
la inmensidad con sus medallas muertas,
y los pequeños reyes que levantan
toda esta solitaria monarquía
para la eternidad de las espumas,
vuelven al mar en la noche invisible,
vuelven a sus sarcófagos de sal.
Sólo el pez luna que murió en la arena.
Sólo el tiempo que muerde los moais.
Sólo la eternidad en las arenas
conocen las palabras:
la luz sellada, el laberinto muerto,
las llaves de la copa sumergida.
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