Ganar es un hábito. Pero no hace al monje ni al Porco Bravo. Las cosas no se deben dar nunca por supuestas. Ninguna cigarra pasó nunca mejor invierno que una hormiga. Es cierto que a veces hay casualidades y otras hay excepciones. Pero sólo confirman la regla general. Sin entrenar, sin sacrificio, sin disciplina, no se va a ninguna parte. Aunque a veces un buen resultado maquille una mala actitud. Aunque a veces el talento colectivo tape las miserias individuales. Y viceversa. Hemos tomado nota. Los trenes de la purga ya están en el andén del no volverá a pasar.
El uniforme, ¿no era totalmente negro? |
La otra crónica, la escrita según el tradicional método galeguidade ao pao, informa:
Porcos Bravos 8 - Sheffield Stags 4
Os Porcos Bravos: Manu Blondo (Gk); Frank; Nacho; Xandre; Sergio (4); Peter Rojo; Martín Fisher; Estevo (2); Villanueva; Gael (2); Josué; Sava y Xurxo Moldes
The Sheffield Stags: Gallo (Gk); Thomo; Harrison (2); Machen; Percy; Simon (2); Irish; Ben Thompson y P.K.
Venue: Agüeiros, en Campañó. Mañana soleada. El otoño en Galiza ya no es lo que era. Estuvieron arreglando el campo y se notó.
Attendance: 700 privilegiados en las gradas. Entre ellos, los hermosos y los malditos.
Uniformes: Os Porcos Bravos cabalgan otra vez con Jako, hermosa camiseta germana y negra.
Los Stags insisten en el verde de tonalidad confusa. Ya saben que la esperanza es una puta vestida de ese color.
El Laurence Bowles (¿o es ya el premio Colin Davies?) al mejor jugador porcobravo es para Peter Rojo, imperial en la zaga local.
El Derek Dooley's Left Leg al mejor jugador inglés recae en Simon, al que otras fuentes llaman Schofield.
Árbitro: E. Manzano Negreira. Sin influencia en el resultado.
Los Datos: Van cinco victorias seguidas del equipo galego y la tentación de la rima siempre está presente.
Sergio se convierte en el primer jugador que golea en cuatro ediciones consecutivas.
Os Porcos Bravos empiezan a ser una voluta de humo en el horizonte. 12 triunfos a 7. Jamás un equipo en esta Cup había tenido cinco partidos de ventaja. Contando además con la particularidad que diez ediciones se han disputado en Inglaterra por sólo 9 en Galiza. En la XX, buscarán, una vez más, lo nunca visto en la competición. Ganar 6 ediciones consecutivas.
No nos engañemos. La puesta en escena de los Porcos Bravos fue un puto espanto. Se notó que parte del equipo se dejó arrastrar por la resaca de la noche pontevedresa y ni hizo acto de presencia. Se notó que no se entrenó la XIX ni a las canicas y lo pagaron con hasta tres lesionados. Se notó que están embriagados de éxito. Y tanto dieron la nota, que los ingleses marcaron en su primer ataque. Tocaba a los locales, deslavazados y engreídos, remar contracorriente. Y entonces los cuervos, una vez más, decidieron volar en dirección al Main. El delantero titular para la ocasión demostró de que pie cojea y hubo que cambiarlo. Genio y figura, a Sergio le bastó lo que quedaba de primera parte para marcar la diferencia con un póquer de goles y cambiar el curso de la batalla con su ejemplo. Espoleados y notables, Gael, Xandre, Josué y los debutantes Estevo y Villanueva, empezaron a subir el ritmo y la jornada se tiñó de negro. Los de Sheffield, un equipo aseado y trabajado tácticamente, acusaron eso tan viejo de que todo el mundo tiene un plan hasta que le cae la primera hostia, y encajaron un quinto antes del recreo.
Aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sabían que la segunda parte sobraba. Un parcial de 3 a 3 a pesar del noble temple de los arqueros en el intercambio limpio de golpes en el correcalles y del admirable pero infructuoso esfuerzo de Martín por hacer su gol y defender la corona de máximo goleador histórico.
También hubo otros detalles de esos que enriquecen la mitología anglogaliciosa que se bebe en los pubs: el golazo de Simon, directo a un tutorial de como pegarle a la pelota; o la asistencia de tacón de Sava...lástima que volviese a confundir la portería.
Ahora toca preparar la XX. Un partido que se prevé épico.
Os galegos tienen que hacer examen de conciencia.
Los ingleses, jugando de locales y con tres fichajes más, tendrán una nueva oportunidad para acabar con una sequía que enfila hacia la década.
Pero eso será otra marea y en otro país
Después de todo, mañana, si los dioses no disponen otra cosa, será otro día.

1050 comentarios:
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Octavio Pasajero Kubota
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24 de decembro de 2025, 08:55
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Guardia Pretoriana
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24 de decembro de 2025, 17:17
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Héroes
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24 de decembro de 2025, 18:43
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Que os follen en la pantomima del gallo
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24 de decembro de 2025, 21:28
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Zambomba
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25 de decembro de 2025, 10:07
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Mike Barja
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25 de decembro de 2025, 23:21
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Eternauta
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25 de decembro de 2025, 23:23
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John Taffy
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25 de decembro de 2025, 23:26
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Dislexia
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25 de decembro de 2025, 23:59
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Main Über Alles
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26 de decembro de 2025, 00:07
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la Británide
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26 de decembro de 2025, 00:12
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El mecanismo de las adicciones es complejo y quien las sufre acaba inmerso en una espiral de falsas gratificaciones y dolorosas abstinencias
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26 de decembro de 2025, 00:14
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Valerio Catulo Marco Tulio Lépido Diocleciano
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26 de decembro de 2025, 10:30
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Bugs Bunny
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26 de decembro de 2025, 10:41
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It's Boxing Day, motherfuckers
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26 de decembro de 2025, 11:15
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Aquiles folla a Patroclo
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26 de decembro de 2025, 15:14
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Al hilo del viento
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26 de decembro de 2025, 17:07
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Y me relajé, sintiendo cómo mi pinga se multiplicaba en su boca mientras su dedo bailaba la danza del taladro en mi agradecido culo
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26 de decembro de 2025, 19:47
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Y me relajé, sintiendo cómo mi pinga se multiplicaba en su boca mientras su dedo bailaba la danza del taladro en mi agradecido culo
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26 de decembro de 2025, 19:49
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 19:53
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 19:54
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 19:54
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 19:55
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 20:00
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 20:01
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 20:02
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 20:12
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 22:32
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 22:36
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Steerforth Dedlock
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26 de decembro de 2025, 22:36
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Steerforth Dedlock
dixo...
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26 de decembro de 2025, 22:37
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Steerforth Dedlock
dixo...
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26 de decembro de 2025, 22:37
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Steerforth Dedlock
dixo...
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26 de decembro de 2025, 22:38
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Cioran
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26 de decembro de 2025, 22:43
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Optimismo escatológico
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26 de decembro de 2025, 23:36
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Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος
dixo...
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26 de decembro de 2025, 23:39
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escritos en general por historiadores británicos, que ya se sabe que tienen un talento especial para la divulgación erudita.
dixo...
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26 de decembro de 2025, 23:42
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Hipermasculinidad tóxica
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26 de decembro de 2025, 23:45
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algo que hace tu abuela cuando no tiene nada que pensar.
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26 de decembro de 2025, 23:50
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Gran Dragón
dixo...
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27 de decembro de 2025, 18:41
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Herodes
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27 de decembro de 2025, 18:46
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Ray Cocks
dixo...
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27 de decembro de 2025, 18:47
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Mike Sifones
dixo...
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27 de decembro de 2025, 19:08
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Hincha
dixo...
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27 de decembro de 2025, 19:11
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Moraleja
dixo...
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27 de decembro de 2025, 19:12
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Peter Rojo
dixo...
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27 de decembro de 2025, 19:15
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Una jaula fue en busca de un pájaro
dixo...
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27 de decembro de 2025, 19:26
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«Ineptitud» y «multitud» siempre han sido sinónimos, y nada más multitudinario que una cabeza vacía.
dixo...
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27 de decembro de 2025, 19:32
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Greta Tarada, perra pirada
dixo...
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28 de decembro de 2025, 08:55
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Oswald Stuart Donaldson
dixo...
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28 de decembro de 2025, 10:25
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Raión
dixo...
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28 de decembro de 2025, 10:35
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Odio eterno a las Charos
dixo...
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28 de decembro de 2025, 11:09
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En los cerros de Kentucky
dixo...
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28 de decembro de 2025, 11:12
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Todos los domingos son iguales
dixo...
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28 de decembro de 2025, 11:14
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Nunca fui un hombre violento
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28 de decembro de 2025, 11:17
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My first response was “No.” My second response was “Fuck.”
dixo...
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28 de decembro de 2025, 13:01
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Crónica TV se teme lo peor
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28 de decembro de 2025, 16:08
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"¿Van corriendo contramano?
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28 de decembro de 2025, 16:10
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La Manada Roja
dixo...
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28 de decembro de 2025, 16:12
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Shadow
dixo...
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28 de decembro de 2025, 18:48
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No sé, mi experiencia de vida es distinta, no he sido nunca un jugador con armas de fuego ni un adicto a los opioides.
dixo...
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28 de decembro de 2025, 19:05
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Mandragora Bardot
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:18
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Mandragora Bardot
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:22
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Mandragora Bardot
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:22
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Mandragora Bardot
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:24
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el umbral de Paco
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:34
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Paco Umbral
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:36
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¿secreta homosexualidad masculina expresada a través de un cuerpo femenino?
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:38
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Es maravillosa. O te la tiras tú o me la tiro yo.
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:39
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esta criatura dúplice con la que había que follar muchas veces para devolverle su unidad
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:41
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El umbral de Paco
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28 de decembro de 2025, 21:42
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el que inventó la ley y práctica del linchamiento, tan útil en Estados Unidos para adecentar el panorama de negros
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28 de decembro de 2025, 21:46
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Apuestas 888
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28 de decembro de 2025, 21:48
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Lo que nuestras follaciones tenían de monótonas, se compensa por lo que tenían de exóticas.
dixo...
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28 de decembro de 2025, 21:49
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Los petardos es que me dan esta marcha que tengo.
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28 de decembro de 2025, 21:50
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Los grandes amores siempre han terminado en una hepatitis B. Real o fingida.
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28 de decembro de 2025, 21:52
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Pero yo la adivinaba follatriz
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28 de decembro de 2025, 21:54
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A mí lo único que me interesa de verdad es follar. Follar, follar y follar.
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28 de decembro de 2025, 22:06
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Estamos jodiendo, coño. Pues hablo de joder.
dixo...
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28 de decembro de 2025, 22:08
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A vender sostenes sin tener tetas.
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28 de decembro de 2025, 22:10
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los celos se quitan jodiendo
dixo...
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28 de decembro de 2025, 22:13
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Es que lo he intentado varias veces y los tíos se lo hacen fatal. La trauman a una.
dixo...
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28 de decembro de 2025, 22:15
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No se dice trauman, sino traumatizan, aunque también esta palabra es ya un tópico freudiano.
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28 de decembro de 2025, 23:04
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me la mamaba mucho.
dixo...
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28 de decembro de 2025, 23:06
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Sutherland Aran
dixo...
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28 de decembro de 2025, 23:12
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los rascacielos son el gótico de nuestro tiempo
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29 de decembro de 2025, 00:02
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magnolias de semen
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29 de decembro de 2025, 00:04
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Bueno, pues si se te enferma la polla, es tu problema.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 00:06
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Y se bajó las bragas, que eran mínimas, blancas y con lunarcitos.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 00:08
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Pura contradicción y una cierta hipocresía.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 00:12
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Fue todo un homenaje a la polla de Heleno, y yo sólo rindo homenaje a mi propia polla. No soy maricón.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 00:14
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quiso iniciarme en el amor de las maduras, en el sexo de las marquesas que han salido un poco putas
dixo...
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29 de decembro de 2025, 00:19
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se toman su salchicha de Frankfurt con cerveza negra.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 00:25
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los jugos de su vagina eran en mi boca menos frescos —ay— que los de las muchachas en flor, pero nuestras penetraciones eran gimientes, dolientes, vivientes y agotadoras
dixo...
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29 de decembro de 2025, 00:26
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Barro
dixo...
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29 de decembro de 2025, 09:23
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Galiza en el país de los taxis
dixo...
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29 de decembro de 2025, 09:52
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John Galliano
dixo...
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29 de decembro de 2025, 09:58
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nos ves a todos con cara de que nos cabe una sandía por el culo
dixo...
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29 de decembro de 2025, 10:01
-
⌚
dixo...
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29 de decembro de 2025, 20:00
-
Tiene el sentido de la orientación de una coliflor
dixo...
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29 de decembro de 2025, 20:13
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Menos mal que tengo salud… 😉
dixo...
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29 de decembro de 2025, 21:38
-
Valmont Fodenais
dixo...
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29 de decembro de 2025, 21:39
-
Esta página no está disponible Es posible que el enlace que has seguido sea incorrecto o que se haya suprimido
dixo...
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29 de decembro de 2025, 21:51
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Fuera los chillidos de los vencejos me recuerdan que, pese a todo, aún conservo mis alas.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 22:39
-
Me meto en la ducha. Abro el gel de sales.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 22:40
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Pero Grullo
dixo...
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29 de decembro de 2025, 22:43
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Nos forma aquello que deseamo
dixo...
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29 de decembro de 2025, 22:46
-
Doctora Lefa
dixo...
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29 de decembro de 2025, 22:47
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Debe ser la hostia tener tanta imaginación.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 22:52
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Iktsuarpok es una palabra de origen inuit que refleja la sensación de anticipación que te empuja a salir fuera y ver si viene alguien y que probablemente indica impaciencia
dixo...
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29 de decembro de 2025, 22:54
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Que va de un par de pijos que se aburren porque no tienen problemas de verdad.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 22:57
-
Nadie desea creer en los accidentes. La teoría de los accidentes resulta inaceptable, ya que permite suponer que las cosas habrían podido suceder de un modo distinto
dixo...
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29 de decembro de 2025, 23:03
-
Beatrice Lafoyet
dixo...
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29 de decembro de 2025, 23:11
-
Beatrice Lafoyet
dixo...
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29 de decembro de 2025, 23:16
-
El mundo sigue girando
dixo...
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29 de decembro de 2025, 23:18
-
Beatrice Lafoyet
dixo...
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29 de decembro de 2025, 23:20
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Para follar no es preciso entenderse. Basta con calentarse.
dixo...
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29 de decembro de 2025, 23:29
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¿Y tú por qué eres polisaria?
dixo...
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29 de decembro de 2025, 23:34
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Se escribe con todo el cuerpo, y no sólo la filosofía: también la metafísica pura. Si uno es homosexual, o beodo, eso se nota
dixo...
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29 de decembro de 2025, 23:37
-
el tamaño de un pavo de Acción de Gracias
dixo...
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30 de decembro de 2025, 00:24
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El Guía del Abismo
dixo...
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30 de decembro de 2025, 10:58
-
Blas Trallero Lezo
dixo...
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30 de decembro de 2025, 20:11
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O Xoves Hai Cocido
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 18:51
-
¿He dicho ya que puedo ir sin sujetador? 🙂
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 18:52
-
O Xoves Hai Cocido
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 18:53
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Zorrita
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 19:01
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The Main
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 19:04
-
Eres demasiado transparente y la gente se folla la transparencia
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 22:23
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Bolas
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 22:25
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He’s crooked as a stick in water
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 22:34
-
Reflexión de primero de año
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 23:47
-
La Tradición
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 23:52
-
el obrero conoce al patrón muchísimo mejor que el patrón al obrero
dixo...
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1 de xaneiro de 2026, 23:55
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objeto del odio de los filósofos dogmáticos del siglo pasado.
dixo...
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2 de xaneiro de 2026, 00:04
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En una mirada, en una caricia, puede haber más sexualidad que en un mal polvo
dixo...
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2 de xaneiro de 2026, 00:06
-
Esopo Yas
dixo...
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2 de xaneiro de 2026, 00:35
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Happy 2026
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Gol en las Saunas
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Maggie Salida
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2 de xaneiro de 2026, 23:49
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Somos libres de elegir qué hacemos pero no qué deseamos
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2 de xaneiro de 2026, 23:52
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Y en que contra todo pronóstico mañana ya no será domingo, sino sábado.
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2 de xaneiro de 2026, 23:55
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Crónica del cambio
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2 de xaneiro de 2026, 23:59
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Camelot du Main
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3 de xaneiro de 2026, 11:38
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La Nancy Negra
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3 de xaneiro de 2026, 18:16
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El Maizal de Sombras de Juan Fake
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4 de xaneiro de 2026, 09:51
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El Maizal de Sombras de Juan Fake
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4 de xaneiro de 2026, 09:52
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El Maizal de Sombras de Juan Fake
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El Maizal de Sombras de Juan Fake
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El Maizal de Sombras de Juan Fake
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El amor es el infinito puesto al alcance de los caniches.
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4 de xaneiro de 2026, 20:53
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Soy una niña que chupa pollas como me gusta chuparle a él.
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5 de xaneiro de 2026, 00:22
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Asclepio Taburdio
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5 de xaneiro de 2026, 00:29
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errar es humano, pero los humanos tenemos la opción de encubrir el error o asumirlo
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5 de xaneiro de 2026, 00:30
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En casa du Main solo entran dos Reyes Magos
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5 de xaneiro de 2026, 09:41
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Papadas
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5 de xaneiro de 2026, 11:47
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Anónimo
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5 de xaneiro de 2026, 17:09
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J. Potas
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5 de xaneiro de 2026, 17:22
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Blas Trallero Lezo
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5 de xaneiro de 2026, 23:19
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sólo soy un fauno reumático que ha leído un poco a Kant
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6 de xaneiro de 2026, 21:23
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Conde de Lérezmont y Dragón
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6 de xaneiro de 2026, 21:24
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Falo galego
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6 de xaneiro de 2026, 21:32
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Un Atildado Harponneur que bevat sulfieten
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6 de xaneiro de 2026, 22:45
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Ganar, follar y beber
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6 de xaneiro de 2026, 23:20
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Acierta el anónimo cronista al hablar
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7 de xaneiro de 2026, 00:08
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La cosmovisión chamánica del orín de renos y del muscimol
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7 de xaneiro de 2026, 23:21
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un constante namedropping
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7 de xaneiro de 2026, 23:23
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Capitán Lefa
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8 de xaneiro de 2026, 00:10
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la antigua nomenklatura del Partido.
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8 de xaneiro de 2026, 00:14
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Goleador
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8 de xaneiro de 2026, 00:15
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RODILLO
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8 de xaneiro de 2026, 00:16
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RODILLO
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8 de xaneiro de 2026, 00:19
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O Xoves Hai Cocido
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8 de xaneiro de 2026, 10:30
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Salmón Enfurruñado
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8 de xaneiro de 2026, 10:33
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Salmón Enfurruñado
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O Xoves Hai Cocido
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8 de xaneiro de 2026, 10:36
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Ronnie Farras
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8 de xaneiro de 2026, 11:03
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Ronnie Farras
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8 de xaneiro de 2026, 11:04
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Sergio es el nuevo Vinicius
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8 de xaneiro de 2026, 12:00
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El Balón Perdido de Nivea
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8 de xaneiro de 2026, 12:25
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un intento constante, torpe y vacío, de decir lo que no puede decirse
dixo...
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8 de xaneiro de 2026, 23:46
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Generaciones enteras de actores se han equivocado al entenderlo como un tipo afeminado. Su melancolía no procede de un tedio vacío, tiene causas plausibles.
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8 de xaneiro de 2026, 23:58
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Salmón Enfurruñado
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9 de xaneiro de 2026, 10:10
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White Frogs se pone a Mil
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9 de xaneiro de 2026, 20:49
«A máis antiga ‹Máis antiga 801 – 1000 de 1050 Máis recente › A máis nova»Tú regresaste también, así que bébete
aprisa el aceite de los faros fluviales
de Campañó.
Ocho a cuatro.
8-4.
Reconoce pronto el gran día decembrino,
cuando la yema de los huevos se mezcla a la brea ebria.
La soberbia y la crueldad fluctúan, y quizá no correspondan a quien otorga las notas del partido.
Con mi canción la Gloria va, por los caminos de Campañó
El emperador máximo descansará un par de días, que se lo merece.
¡Feliz Navidad a todos!
La mula y el buey destacaron en la zaga inglesa.
Felices Fiestas a todas, todos y todes
Es el silencio de todo lo que conoces cuando llega a su fin, nada más. Pero, sin duda, darse cuenta conscientemente causaría una conmoción demasiado grande. Entonces lo que ocurre es que -como una rueda o un disco que continúa girando después de haber sido apagado- la gente sigue corriendo de un lado a otro porque no quiere ver que todo se ha detenido.
Exactamente igual que esos personajes de dibujos animados que salen corriendo hacia el vacío y no ven que están justo sobre el abismo, nosotros seguimos adelante tratando de pensar que todo es normal. Por unos instantes irreales, corremos sobre un espacio vacío, aunque ya no hay nada, ni fundamento ni soporte, que nos sostenga o nos impulse hacia delante. Nos vemos transportados, sencillamente, por un residuo fantasmagórico de aquel impulso original que ahora no es más que el momento lineal de nuestros propios hábitos inconscientes.
Pero también esto se apagará: irá deteniéndose hasta que todo caiga, es decir, hasta que se produzca el caos.
Así como soy oscuro, y lo seré con aquellos a los que no tengo intención de darme a conocer, la totalidad de esta Crónica permanecerá incomprensible; y no le espera mucho a quien no haya recibido sus dones.
Solo al desprendernos de todo, incluso de nosotros mismos, sembramos las semillas del futuro.
Las Navidades fluyen como una luna fría e inquietante que avanzara por el cielo que aboveda nuestra calle de camino al traicionero mar; y se detienen en el borde de las olas de aristas glaciales —verdaderos congeladores de peces—, y yo hundo las manos en la nieve y desentierro cualquier cosa que pueda encontrar. Me veo sepultando la mano en ese festivo montón, blanco como la lana y con forma de campana con lengua, que descansa al borde de un mar que entona villancicos, y me vienen a la mente la Sra. Prothero y los bomberos.
Todo sucedió una tarde de Nochebuena; me encontraba en el jardín de la Sra. Prothero con su hijo Jim esperando a que aparecieran los gatos. Estaba nevando. Siempre nevaba en Navidad. Diciembre, en mis recuerdos, era blanco como Laponia aunque sin renos. Pero sí había gatos. Con las manos envueltas en calcetines, pacientes, heladas y encallecidas, esperábamos a los felinos para tirarles bolas de nieve. Lustrosos y grandes como jaguares, con unos bigotes horribles, salivando y gruñendo, se deslizarían sobre los blancos muros del jardín trasero avanzando furtivamente, mientras Jim y yo, cazadores de ojos de lince, tramperos vestidos con gorro de piel y zapatos mocasines procedentes de la bahía del Hudson, allende Mumbles Road, apuntaríamos al verde de sus ojos y les tiraríamos las bolas.
Los gatos eran muy listos y no aparecían nunca. Nosotros, cual tiradores árticos calzados como esquimales, estábamos tan quietos en el silencio amortiguado de las nieves eternas —eternas del miércoles anterior— que ni siquiera oímos el primer grito de la Sra. Prothero, que surgió de su iglú al fondo del jardín, cuando Sergio marcó su cuarto gol.
Odio moderno al fútbol eterno
Como luchador soy un buen luchador. Al momento mi inteligencia está preparada, tanto si veo un rebelde como si no. Tanto por inteligencia como por mando, en ese momento estoy por encima del pánico, tanto si veo un rebelde como si no lo veo. Soy furioso en la fuerza de mi venganza con ambas manos y ambos pies. Como jinete soy un buen jinete. Como arquero soy un buen arquero, tanto a pie como a caballo. Como lancero soy un buen lancero, tanto a pie como a caballo
Con respecto al poder, está todo inventado desde la noche de los tiempos, y la historia es simplemente una inagotable variación de atrezos.
El urinario estaba asqueroso y casi desbordado, así que meé en el lavamanos para evitar salpicarme los pantalones. Luego pulsé el grifo temporizado y un fino hilo de agua salió del caño. El dosificador colgado de la pared expulsó un pegote de jabón que parecía esperma. Me lavé las manos con ese líquido pastoso que apenas hacía espuma y olía a suavizante de ropa barato. En la pared contraria estaba colocado el secador de aire, pero salí sin secarme las manos porque consideré que utilizar aquel ruidoso y oxidado aparato sería insoportable. El dependiente seguía impasible detrás del mostrador repleto de chicles y chocolates y condones.
Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?
Once you know money, you go snow bunny
And we will fight for ever more, because of Boxing Main
Hay hombres que buscan sentirse cómodos fuera de la masculinidad hegemónica, y la mofa puede asustar.
voy a ganar
polen del polo negro
La combinación mortífera de labios, lengua, dientes, paladar y garganta que aplicaba sobre los testículos y el rabo, sumado a las caricias de sus manos en mi espalda, que recorrían el surco de las nalgas hasta más allá del ano, me hicieron sentir el hombre más potente del mundo, y el más afortunado por haber recibido en Navidad el regalo de aquella mujer increíble, ahora arrodillada a mis pies.
–Voy a darte lo que más te gusta -me advirtió sin dejar de mamar. Y metió las manos entre mis nalgas y arteramente me clavó un dedo en el culo.
Su lengua se introdujo de nuevo en mi boca, sus manos acariciaron mi dorso por debajo de la camisola de algodón y las mías buscaron sus pechos cálidos y turgentes, desprovistos de sostén, en cuyo vértice dos pezones tiernos como un moflete de bebé se endurecieron de golpe ante la sorpresa de mis dedos. Doy fe de que el toqueteo la excitaba, pues empezó a jadear y sus dientes atacaron mis labios y mi lengua con una tenacidad que me produjo un exquisito dolor. Debió de pensárselo mejor, pues de repente se hincó de rodillas en el suelo y me bajó de un golpe la cremallera del pantalón. Recibí entonces el último alegato magistral de mi docta profesora: tuve acceso a las delicias de esa figura metarretórica que algunos llaman un francés y, cuando terminó la liturgia de las convulsiones, vi desde mis nieblas que me miraba suplicante.
– Léche-moi -dijo en un rumor.
No me fue difícil adivinar el propósito de sus gestos: se despojó de las bragas -rojo púrpura- con un rápido tirón y se acomodó nuevamente en el trono de mimbre con las piernas abiertas y la falda arremangada por encima de las caderas. Escruté embebecido su ingle desnuda, la primera que me era dado conocer más allá de la impalpable autenticidad del papel cuché, con unos labios entreabiertos, en exclusiva para mí, que me invitaban a descubrir su húmedo secreto.
– Léche-moi vite, mon chéri -me apremió.
Hubo un tiempo en el que, para la mayoría de nosotros, el día de Navidad envolvía nuestro limitado mundo como un anillo mágico y colmaba nuestros deseos y aspiraciones; aunaba diversiones hogareñas, afectos y sueños; reunía todo y a todos al amor de la lumbre; y dotaba de plenitud la pequeña imagen que resplandecía en nuestros brillantes ojos infantiles.
Llegó otro tiempo, tal vez demasiado pronto, en el que nuestros pensamientos rebasaron ese estrecho límite; en el que nos faltaba una persona (muy querida, creíamos entonces, muy hermosa y totalmente perfecta) para que nuestra felicidad fuera completa; en el que también se nos echaba de menos (o eso pensábamos, que viene a ser lo mismo) en el fuego navideño junto al que esa misma persona se calentaba; y en el que entrelazábamos con todas las coronas y guirnaldas de nuestra vida el nombre de ella.
Fue el tiempo de las navidades radiantes e ilusorias que hace tanto nos abandonaron ¡para aparecer débilmente, tras la lluvia del verano, en los bordes más pálidos del arco iris! Fue el tiempo del disfrute beatífico de las cosas que iban a ser, y que nunca fueron; pero ¡eran tan reales en nuestra imaginación que sería difícil decir qué realidades ocurridas desde entonces han sido más incontestables!
¿Cómo? ¿Que nunca llegó de veras esa Navidad en la que, después del más feliz de los enlaces totalmente imposibles, nosotros y la perla de valor inestimable que era nuestra joven elegida éramos recibidos por nuestras dos familias reunidas, que, gracias a nosotros, habían enterrado su enemistad? ¿En la que los cuñados siempre distantes antes de que se formalizara nuestra relación nos mostraban un gran cariño, y en la que nuestros padres nos abrumaban con unas rentas ilimitadas? ¿Que no llegó a celebrarse aquella comida navideña en cuya sobremesa nos poníamos en pie para, generosa y elocuentemente, ensalzar a un antiguo rival, presente entre los invitados, intercambiando con él palabras de amistad y perdón, y estableciendo un vínculo —no superado en las historias de griegos o romanos— que duraría hasta la muerte? ¿Que a ese mismo rival hace mucho que dejó de importarle la perla de valor inestimable, y acabó casándose por dinero y dedicándose a la usura? O, lo que es peor, ¿sabemos ahora que probablemente habríamos sido unos desgraciados de haber ganado y lucido la perla, y que estamos mejor sin ella?
Esa Navidad en que acabábamos de conseguir la fama; en que nos daban un paseo triunfal por haber hecho algo grande y bueno; en que nuestro apellido se veía honrado y ennoblecido, y en casa nos recibían llorando de alegría; ¿es posible que
esa
Navidad aún no haya llegado?
¿Y está nuestra vida tan asentada, en el mejor de los casos, que, al detenemos en un mojón tan importante del camino como este maravilloso natalicio, recordamos las cosas que nunca fueron con la misma naturalidad y plenitud, con la misma gravedad que las cosas que han sucedido y desaparecieron, o que han sucedido y todavía perduran? De ser así, como parece, ¿debemos llegar a la conclusión de que la vida es poco más que un sueño, de cuán poco importantes son nuestros amores y nuestras luchas?
¡No! ¡El día de Navidad alejemos de nosotros esa mal llamada filosofía, querido lector! ¡Que esté más cerca de nuestro corazón el espíritu navideño, que es el espíritu de la utilidad en el servicio, de la perseverancia, del animoso cumplimiento de nuestro deber, de la amabilidad y de la tolerancia! Son sobre todo las últimas virtudes las que se ven, o deberían verse, fortalecidas por los sueños incumplidos de nuestra juventud; pues ¿quién dice que no nos enseñan a tratar con delicadeza hasta las intangibles nadas de la tierra?
Por ese motivo, a medida que envejecemos, ¡agradezcamos que el círculo de nuestros recuerdos navideños y las lecciones que éstos imparten se expanda! Demos la bienvenida a todos, e invitémoslos a sentarse junto al fuego navideño.
¡Bienvenidas antiguas aspiraciones, brillantes criaturas de una imaginación ardiente, a vuestro refugio debajo del acebo! Os conocemos, y todavía no os hemos enterrado. Bienvenidos, viejos proyectos y viejos amores, por fugaces que fuerais, a vuestros rincones entre las luces menos trémulas que nos iluminan. Bienvenido cuanto llegó a ser auténtico para nuestros corazones; y, por la intensidad que os hizo reales, ¡gracias al Cielo! ¿Acaso no construimos ahora castillos de Navidad en el aire? ¡Que nuestros pensamientos, revoloteando como mariposas entre estas flores infantiles, lo testifiquen! Ante ese niño se extiende un futuro más brillante del que jamás imaginamos en nuestros viejos y románticos días, y lo que resplandece en él es el honor y la verdad. Alrededor de esa cabecita llena de alegres rizos, las gracias juegan tan gráciles y hermosas como cuando no existía al alcance del Tiempo ninguna hoz que segara los rizos de nuestro primer amor. En el rostro de la niña que está al lado —más sereno, pero iluminado por una sonrisa—, un pequeño rostro apacible y satisfecho, vemos la imagen más pura del hogar. Los destellos de esa palabra, como rayos de una estrella, nos muestran cómo, cuando nuestras tumbas sean ya viejas, otras esperanzas serán jóvenes, otros corazones se conmoverán; cómo otros caminos se allanarán; otras alegrías florecerán, madurarán y perecerán… No, no perecerán, pues otros hogares y otras bandadas de niños, que aún no existen ni existirán por mucho tiempo, seguirán naciendo, floreciendo y madurando hasta el fin de los días.
¡Bienvenido todo! Bienvenido lo que ha sido, lo que jamás fue, y lo que esperamos que sea, a su refugio debajo del acebo, a su rincón al amor de la lumbre navideña, donde lo que es aguarda con los brazos abiertos. Entre aquellas sombras, ¿no vemos aparecer furtivo sobre las llamas el rostro de un enemigo?
Si el daño que nos ha hecho admite ese gesto de fraternidad, que venga y tome asiento a nuestro lado. Si, por desgracia, no es así, dejémosle marchar, con la seguridad de que jamás le acusaremos ni le haremos daño.
¡Este día no alejemos nada de nosotros!
—Espera… —susurra una voz—. ¿Nada? ¡Recapacita!
—El día de Navidad no alejemos nada del calor de nuestra lumbre. Nada.
—¿Ni la sombra de una inmensa ciudad cubierta de hojas marchitas? —pregunta la voz—. ¿Ni la sombra que oscurece la Tierra entera? ¿Ni la sombra de la Ciudad de los Muertos?
—Ni siquiera eso. Precisamente ese día volveremos nuestro rostro hacia esa ciudad y, de entre sus silenciosos moradores, traeremos a nuestro lado a las personas que quisimos. ¡Ciudad de los Muertos, en el nombre bendito en torno al que nos reunimos en esta fecha, y ante la divina presencia que nos acompaña según Su palabra, recibiremos, en lugar de ahuyentar, a quienes amamos y ahora son tus habitantes!
Sí. Contemplemos a esos niños ángeles que, con tanta belleza y solemnidad, se posan entre los niños vivos al amor de la lumbre, y sobrepongámonos al recuerdo de cómo se alejaron de nosotros. Al igual que los patriarcas, los niños, risueños, ignoran quiénes son sus invitados; pero nosotros podemos verlos: podemos ver un brazo con aura alrededor de un cuello muy querido, como si a alguien le tentara llevarse al pequeño. Entre las figuras celestiales hay una, un pobre chiquillo contrahecho en vida y de belleza excelsa ahora, cuya madre moribunda lamentó profundamente dejar solo en este mundo los años que pasarían hasta que, siendo tan pequeño, se reuniera con ella. Pero él lo hizo enseguida, y lo pusieron sobre el pecho de su madre; ella lo trae de la mano.
Hubo un joven valeroso que cayó, muy lejos del hogar, sobre una arena ardiente bajo un sol abrasador: «Decid a mi familia —exclamó antes de morir— cuánto me habría gustado besarlos de nuevo, pero que he muerto feliz después de cumplir con mi deber». Y hubo otro joven sobre el que leyeron las palabras: «Por eso entregamos su cuerpo a las profundidades», antes de encomendarlo al solitario océano y continuar la navegación. Y otro que se tumbó a descansar a la oscura sombra de los grandes bosques y jamás volvió a despertar. ¿Cómo no traerlos a casa desde la arena, el mar y los bosques en una fecha tan señalada?
Hubo una joven adorable —una mujer casi, aunque nunca llegara a serlo— que una Navidad llevó el luto a un hogar alegre, y siguió su camino inexplorado hacia la ciudad del silencio. ¿No la recordábamos exhausta, susurrando lo que no lográbamos oír y entregándose extenuada al sueño eterno? ¡Miradla ahora! ¡Mirad su belleza, su serenidad, su juventud inmutable, su alegría! La hija de Jairo fue resucitada para morir; mas ella recibió una bendición mayor y oyó la misma voz que le decía: «¡Levántate para siempre!».
Teníamos un amigo desde la niñez, con el que a menudo imaginábamos los cambios que experimentarían nuestras vidas, y con el que fantaseábamos alegremente sobre cómo andaríamos, pensaríamos y hablaríamos cuando fuéramos viejos. La morada reservada para él en la Ciudad de los Muertos lo acogió en la flor de la vida. ¿Debemos apartarlo de nuestros recuerdos navideños? ¿Habría dejado de querernos él a nosotros? Amor, hijo, padre y madre desaparecidos, hermana, hermano, mujer, marido, ¡no os daremos de lado! Conservaréis vuestro lugar entrañable en nuestro corazón y al amor de la lumbre navideña; y en la estación de la esperanza eterna, en el natalicio de la misericordia eterna, ¡no excluiremos Nada!
El sol invernal se pone sobre la ciudad y el pueblo; en el mar dibuja un camino rosado, como si los pies sagrados acabaran de posarse en el agua. Al cabo de unos instantes desaparece, y cae la noche, y las luces empiezan a brillar en la lejanía. En la ladera, más allá de la ciudad informe y difusa, y al apacible resguardo de los árboles que rodean la aguja del pueblo, los recuerdos tallados en piedra, entre las flores silvestres, crecen en la hierba entrelazados con las humildes zarzas alrededor de numerosos montículos de tierra. En la ciudad y en el pueblo hay puertas y ventanas para protegerse del frío, generosas pilas de leños encendidos, rostros felices y una saludable música de voces. ¡Que todo lo dañino e inhumano sea expulsado del templo de los lares, pero que estos recuerdos sean tiernamente alentados! Forman parte de estos días y de su consuelo sereno y confortante; de la historia que, incluso en la tierra, vuelve a unir a los vivos y a los muertos; y de la magnanimidad y bondad que demasiados hombres han intentado destruir.
S e resistió mucho a tener prioridad sobre tantos miembros respetables de la familia y ser él quien empezara la ronda de historias que se disponían a contar sentados en un amplio círculo al amor de la lumbre navideña; y sugirió con modestia que fuera «John, nuestro querido anfitrión» (por cuya salud pidió que brindaran) quien tuviera la gentileza de comenzar. Él estaba tan poco acostumbrado a ser el primero, dijo, que realmente… Pero, como todos le gritaron que empezara de una vez, exclamando al unísono que podía, debía y tenía que hacerlo, dejó de frotarse las manos, sacó las piernas de debajo del sillón e inició su relato.
—Estoy seguro —dijo el pariente pobre— de que sorprenderé a todos los presentes, y sobre todo a John, nuestro querido anfitrión, a quien tanto debemos por su hospitalidad de hoy, con la confesión que voy a hacer. Pero, si me concedéis el honor de asombraros por lo que pueda contar una persona, en la familia, tan insignificante, os prometo que seré escrupulosamente fiel a la verdad.
»No soy lo que aparento. Soy muy diferente. Pero quizá sea mejor que, antes de continuar, eche una ojeada a lo que se supone que
soy
.
»La gente cree, si no me equivoco (y de ser así, lo que es muy probable, espero que los miembros aquí presentes de la familia me corrijan) —el pariente pobre miró afablemente a su alrededor por si alguien le contradecía—, que no tengo otro enemigo que yo mismo. Que nunca tuve el menor éxito en nada. Que fracasé en los negocios porque fui crédulo y poco profesional al no prever los planes interesados de mi socio. Que fracasé en el amor porque fui ridículamente confiado al creer imposible que Christiana me traicionara. Que no se cumplieron mis expectativas con el tío Chill porque no fui lo bastante sagaz para él en los asuntos mundanos. Que a lo largo de la vida he sufrido, por lo general, desaires y decepciones. Que hoy soy un soltero de casi sesenta años que vive de una pequeña renta en forma de asignación trimestral a la que, por lo que veo, John, nuestro querido anfitrión, no desea que continúe refiriéndome.
»Mis ocupaciones y hábitos en la actualidad son, en teoría, los siguientes:
»Vivo en un alojamiento de Clapham Road —en una habitación trasera muy limpia, en una casa muy respetable—, donde no está previsto que pase el día, a menos que me sienta mal, y que normalmente abandono a las nueve de la mañana con el pretexto de dirigirme a la oficina. Desayuno (un panecillo con mantequilla y media pinta de café) en un antiguo café cerca del puente de Westminster; y luego entro en la City [1] (no sé por qué) y me siento en el café Garraway, y en la Lonja, y callejeo un rato, y visito las escasas oficinas y contadurías donde algún pariente o conocido tiene la amabilidad de tolerar mi presencia, y donde me arrimo, sin sentarme, al fuego si hace frío. Es así como paso el día hasta que llegan las cinco, hora en que ceno por un promedio de un chelín y tres peniques. Como me sobra un poco de dinero para mi entretenimiento vespertino, entro en algún viejo café de camino a casa, y tomo una taza de té, y quizá un poco de pan tostado. De tal modo que, cuando la manecilla gruesa vuelve a ponerse en la misma hora de la mañana, regreso a Clapham Road y me voy directamente a la cama, ya que encender la chimenea es caro, y la familia que me aloja no quiere hacerlo porque da trabajo y ensucia mucho.
»A veces, alguno de mis parientes o conocidos tiene el detalle de invitarme a comer. Para mí son días festivos, y normalmente doy un paseo por el parque. Soy un hombre solitario, y rara vez lo hago acompañado. No es que la gente me evite porque vaya mal vestido; soy un hombre atildado, y siempre tengo un buen traje negro (o preferiblemente gris oscuro, que parece negro y se estropea menos); pero me he acostumbrado a hablar muy bajo, y más bien poco, y ni soy divertido ni me considero una compañía interesante.
»La única excepción a esta regla es el hijo de mi primo hermano, el pequeño Frank. Siento especial cariño por ese niño, y él me quiere mucho. Es una criatura tímida por naturaleza; de esas que la multitud enseguida arrolla y olvida. Pero los dos nos llevamos extraordinariamente bien. Supongo que el pobre niño acabará ocupando el mismo extraño lugar que yo en la familia. Apenas hablamos; y, sin embargo, estamos muy compenetrados. Paseamos juntos, de la mano; y, sin decir casi nada, él me entiende y yo lo entiendo a él. Cuando era muy pequeño, solía llevarlo a los escaparates de las jugueterías y le enseñaba lo que había en la tienda. Es asombroso lo pronto que comprendió que yo le habría cubierto de regalos si lo hubiera permitido mi situación.
»El pequeño Frank y yo vamos a contemplar la XIX (a él le encanta el Monumento) y los puentes, y todas las vistas que no cuestan dinero. En dos de mis cumpleaños hemos cenado ternera , hemos ido al teatro a mitad de precio, y lo hemos pasado muy bien. Un día en que íbamos caminando por Lombard Street, un lugar que visitamos a menudo porque yo le conté que allí vivía gente muy rica (a Frank le encanta Lombard Street), un caballero dijo al cruzarse conmigo: “A su hijito se le ha caído un guante”. Os aseguro, y disculpad que comente un hecho tan trivial, que esa mención fortuita de que fuera hijo mío me conmovió hasta tal punto que unas lágrimas ridículas asomaron a mis ojos.
»Cuando manden a Frank a un internado en el campo, lo echaré mucho de menos, pero tengo la intención de ir andando a verlo una vez al mes, cuando él tenga medio día libre. Me han dicho que estará jugando en Campañó; y, si mis visitas no se consideran oportunas para el niño, lo veré de lejos sin que se entere, y volveré andando a casa. Su madre es de muy buena familia, y soy consciente de que no le gusta que pasemos demasiado tiempo juntos. Sé que no soy la mejor compañía para su carácter retraído; pero creo que me echaría realmente de menos si nos impidieran vemos.
»Cuando muera en Clapham Road, no dejaré mucho más en este mundo de lo que me llevaré de él; pero tengo la miniatura de un niño de rostro vivaracho y pelo ensortijado, con una camisa con chorreras bajando desde el cuello (mi madre encargó ese retrato, pero no puedo creer que jamás se pareciera a mí), que no tendría el menor valor si se vendiera, y que pediré que sea entregada a Frank. He escrito, asimismo, una carta muy breve a mi querido pequeño, diciéndole cuánto lamento separarme de él, aunque me haya visto obligado a confesarle que no se me ocurre ningún motivo para seguir aquí. Le doy algún pequeño consejo, en la medida de mis posibilidades, para advertirle del peligro de no tener otro enemigo que uno mismo; y trato de consolarle por lo que le parecerá, me temo, una gran pérdida, señalándole que, salvo para él, no he pintado nada para nadie más de la familia; y que, al no haber conseguido hacerme un lugar entre esta concurrida asamblea, estaré mejor fuera de ella.
Ésa es —dijo el pariente pobre, carraspeando y elevando un poco la voz— la imagen que todo el mundo tiene de mí. Pues bien, se da la circunstancia extraordinaria, y que constituye el objetivo de mi historia, de que nada de eso es verdad. Ni ésa es mi vida, ni ésos son mis hábitos. Ni siquiera me alojo en Clapham Road. En términos relativos, rara vez estoy allí. Vivo por lo general (y casi me avergüenza pronunciar la palabra, suena tan pretenciosa) en un castillo. No digo que sea una antigua residencia de la nobleza, pero sigue siendo un edificio que todo el mundo llama castillo. En él conservo los detalles de mi historia, que enumeraré a continuación:
»Cuando convertí a John Spatter (que había sido mi empleado) en mi socio, siendo yo un joven de veinticinco años que vivía en casa del tío Chill, quien me había hecho abrigar grandes esperanzas, me atreví a pedirle a Christiana que se casara conmigo. Llevaba mucho tiempo enamorado de ella. Era muy hermosa, y encantadora en todos los sentidos. Yo desconfiaba un poco de su madre viuda, pues temía que fuera intrigante y mercenaria; pero, por Christiana, tenía de ella el mejor concepto posible. Jamás había amado a nadie que no fuera Christiana, y ella había sido todo… bueno, mucho más que todo para mí desde que éramos niños.
»Christiana aceptó ser mi mujer con el consentimiento de su madre, y me hizo el hombre más feliz del mundo. Mi vida en casa del tío Chill era austera y aburrida, y mi dormitorio de la buhardilla tan inhóspito, oscuro y frío como una celda en lo alto de una severa fortaleza norteña. Pero, teniendo el amor de Christiana, no deseaba nada más en la tierra. No habría cambiado mi destino por el de ningún otro ser humano.
»La avaricia era, por desgracia, el principal defecto de mi tío Chill. A pesar de su riqueza, era cicatero, mezquino y tacaño, y vivía míseramente. Como Christiana no tenía dinero, no me atreví a contarle enseguida que nos habíamos comprometido; pero, finalmente, le escribí una carta para comunicarle la noticia. Se la di una noche, antes de acostarme.
»La mañana siguiente, bajé por la escalera tiritando en medio del gélido diciembre (más frío en la casa sin calentar de mi tío que en la calle, donde el sol invernal brillaba a veces, y que, en cualquier caso, se veía animada por los rostros joviales y las voces que la transitaban), y me dirigí apesadumbrado a la sala alargada y de escasa altura donde desayunaba con mi tío. Era una estancia grande con un fuego muy pequeño, y tenía un ventanal enorme en el que la lluvia había dejado su huella durante la noche, al igual que lágrimas de los que vagan sin hogar. Daba a un patio desnudo, con el empedrado en muy mal estado y algunas rejas de hierro oxidado medio arrancadas, desde donde una fea edificación anexa, antaño una sala de disección (en tiempos del famoso cirujano que había hipotecado la casa con mi tío) parecía mirarla.
»Nos levantábamos siempre tan temprano que, en esa época del año, desayunábamos a la luz de una vela. Cuando entré en la sala, mi tío estaba tan encogido en la silla por el frío, tras la escasa luz de la única vela, que no advertí su presencia hasta que me acerqué a la mesa.
»Cuando le tendí la mano, cogió su bastón (como estaba débil y achacoso, siempre llevaba uno para andar por casa) y me golpeó con él profiriendo un insulto.
»—Tío —le contesté—, no esperaba que se enfadara usted de ese modo.
»Y lo cierto es que no lo había esperado, aunque fuera un anciano severo e irascible.
»—¿Que no lo esperabas? —dijo—. ¿Cuándo se te ocurrió esperar algo? ¿Cuándo se te ocurrió contar con algo, o desear algo, perro despreciable?
»—¡Sus palabras son duras, tío!
»—¿Duras? No son más que plumas para lanzarle a un idiota como tú —exclamó—. ¡Míralo, Betsy Snap!
»Betsy Snap era una vieja de rostro amarillento, feo y demacrado —nuestra única criada— que, a aquellas horas de la mañana, estaba siempre frotando las piernas de mi tío. Cuando éste le ordenó que me mirara, puso su huesuda garra en la coronilla de ella, arrodillada a su lado, y le obligó a volver la cara hacia mí. Un pensamiento involuntario relacionando a ambos con la Sala de Disección, como seguramente a menudo los habría relacionado en tiempos del cirujano, me asaltó en medio de la inquietud.
»—¡Mira cómo lloriquea este gallina! —dijo mi tío—. ¡Mira qué niñito de pecho! He aquí al caballero que, según dicen, no tiene otro enemigo que a sí mismo. He aquí al caballero incapaz de decir que no. He aquí al caballero que ganaba tanto con su negocio que no ha tenido más remedio que asociarse con otro hace unos días. He aquí al caballero que contraerá matrimonio con una mujer sin un penique, y ¡que ha caído en manos de unas Jezabeles que especulan con mi muerte!
»Comprendí entonces lo furioso que estaba; pues tenía que estar casi fuera de sí para pronunciar una palabra que le inspiraba tanta repugnancia que, por ningún concepto, podía siquiera insinuarse en su presencia.
»—Con mi muerte —repitió, como si estuviera desafiándome al desafiar su propio terror a esa palabra—. Con mi muerte… muerte… ¡Muerte! Pero yo terminaré con tanta especulación. Que sea la última vez que comes en esta casa, sinvergüenza, y ¡ojalá te atragantes!
»Como podéis imaginar, no tenía demasiadas ganas de desayunar con tales condiciones; pero me senté en mi sitio habitual. Sabía que el tío Chill me estaba repudiando para siempre; pero, con el amor de Christiana, podría sobrellevarlo bien.
»Él vació un tazón de pan con leche como todos los días, aunque esta vez se lo puso en las rodillas y la silla de espaldas a la mesa donde yo me sentaba. Cuando hubo acabado, apagó cuidadosamente la vela; y un día gélido, grisáceo y triste cayó sobre nosotros.
»—Y ahora, señor Michael —dijo—, antes de separarnos, me gustaría hablar con esas damas en tu presencia.
»—Como usted quiera, señor —contesté—; pero se engaña a sí mismo, y nos juzga equivocada, cruelmente, si piensa que entre nosotros hay algún otro sentimiento que no sea el amor más puro, desinteresado y sincero.
»—¡Mentiroso! —se limitó a responder.
»Nos dirigimos entre la nieve medio derretida y la lluvia medio congelada a la casa donde vivían Christiana y su madre. Mi tío las conocía muy bien. Estaban desayunando, y les sorprendió vernos tan temprano.
»—A sus pies, señora —dijo mi tío a la madre—. Supongo que adivina usted el propósito de mi visita. Tengo entendido que lo que se cuece aquí es el amor más puro, desinteresado y sincero. Me alegra traerles cuanto necesita para ser perfecto. Aquí tienen a su yerno, señora, y a su marido, señorita. A este caballero yo no lo conozco de nada, pero le deseo lo mejor en su bonito negocio.
»Me gruñó al salir, y jamás volví a verlo.
»También es un error suponer —prosiguió el pariente pobre— que mi querida Christiana se dejara convencer e influenciar por su madre y se casara con un hombre adinerado, cuyo carruaje me llena de barro siempre que, en estos nuevos tiempos, ella pasa a mi lado. No, no. Se casó conmigo.
»El modo en que llegamos a casarnos antes de lo previsto fue como sigue. Yo alquilé una habitación muy barata, y estaba ahorrando y planificando lo mejor para ella cuando un día me dijo con la mayor seriedad:
»—Mi querido Michael, te he dado mi corazón. He dicho que te amaba y me he comprometido a ser tu mujer. Soy tan tuya en lo bueno y en lo malo como si nos hubiéramos casado el día en que acepté tu mano. Te conozco y sé que, si tuviéramos que separamos y nuestro vínculo se rompiera, tu vida entera se ensombrecería, y toda la fortaleza que necesitas, incluso ahora, para enfrentarte al mundo se convertiría en la sombra de lo que es.
»—¡Que Dios me ayude, Christiana! —exclamé—. Tienes razón.
»—¡Michael! —dijo ella, dándome la mano con virginal devoción—. No sigamos separados por más tiempo. Nadie sabe mejor que yo lo feliz que viviré con los medios de que dispones, y sé de sobra que son suficiente para ti. Te lo digo con el corazón. No sigas luchando solo; luchemos juntos. Michael, querido, no es justo que te oculte algo que ni siquiera sospechas y que a mí, sin embargo, me aflige indeciblemente. Mi madre, olvidando que, cuanto has perdido lo has perdido por mí, y con la certeza de que te seré fiel, quiere que tenga un marido rico e insiste, pobre de mí, en que me case con otro. No puedo ni pensarlo, pues, si lo hiciera, te traicionaría. Prefiero compartir tu lucha que contemplarla sin hacer nada. No necesito un hogar mejor del que tú puedas ofrecerme. Sé que tus esfuerzos y aspiraciones serán mayores si soy tu mujer, así que ¡casémonos cuando quieras!
»Aquel día fui realmente bendecido, y un nuevo mundo se abrió ante mí. Nos casamos enseguida, y lleve a mi esposa a nuestro feliz hogar. Éstos fueron los cimientos de la residencia que he mencionado antes; el castillo donde hemos vivido juntos desde entonces. Todos nuestros hijos nacieron en él. El primero fue una niña —hoy en día casada—, a la que llamamos Christiana. Su hijo se parece tanto al pequeño Frank que apenas los distingo.
»La idea más extendida sobre la manera en que me trató mi socio también es completamente errónea. No empezó a tratarme con frialdad, como si fuera un pobre inútil, cuando mi tío y yo nos enemistamos para siempre; tampoco fue apoderándose poco a poco de nuestro negocio hasta echarme de él. Por el contrario, fue sumamente leal y honrado conmigo.
»Las cosas, entre nosotros, tomaron este rumbo: el día en que me alejé de mi tío, e incluso antes de que llegaran mis baúles a nuestra contaduría (los envió en un carruaje que se negó a pagar), bajé al despacho que teníamos en nuestro pequeño muelle, con vistas al río, y le conté a John Spatter lo sucedido. John no me respondió diciendo que los parientes viejos y ricos eran una realidad palpable y el amor y los sentimientos, una tonta fantasía. Me dijo lo siguiente:
»—Michael, fuimos al colegio juntos, y yo siempre me las arreglé mejor que tú y gocé de más prestigio.
»—Así es, John —contesté.
»—Aunque perdía los libros que me prestabas; no te devolvía el dinero que me dejabas; te vendía mis navajas deterioradas por más dinero del que me habían costado nuevas; y eras tú quien pagaba el pato por las ventanas que yo había roto.
»—No vale la pena que hablemos de eso, John Spatter —dije—, pero es cierto, sí.
»—Cuando abriste este negocio, que promete ser de lo más próspero —prosiguió John—, vine a pedirte trabajo, el que fuera, y me hiciste tu secretario.
»—Tampoco vale la pena que lo recuerdes, mi querido John Spatter —dije—; pero también es cierto, sí.
»—Y, al darte cuenta de que yo tenía buena cabeza para los negocios, y de que era realmente útil para la empresa, no quisiste retenerme en ese puesto y te pareció un acto de justicia que fuera enseguida tu socio.
»—Todavía menos digno de mención que esos otros pequeños detalles que acabas de señalar, John Spatter —dije—; pues fui consciente, y lo sigo siendo, de tu valía y mis limitaciones.
»—Sin embargo, querido amigo —dijo John, obligándome a darle el brazo como hacía en el colegio; mientras, al otro lado de las ventanas de nuestro despacho (con la misma forma que las ventanas de una popa), dos barcos se deslizaban lentamente por el río empujados por la marea, al igual que John y yo navegábamos juntos, seguros y confiados, por la vida—, ahora que reina la concordia entre nosotros, tenemos que ser sinceros. Eres demasiado blando, Michael. No tienes otro enemigo que tú mismo.
Si yo, consciente de este rasgo perjudicial para nuestra sociedad, me limitara a encogerme de hombros, mover la cabeza y suspirar; e incluso si llegara a abusar de la confianza que has depositado en mí…
»—Pero nunca lo harás, John —exclamé.
»—¡Nunca! —repitió él—; solo es una suposición… Pero si llegara a abusar de esa confianza ocultándote ciertos detalles de nuestro negocio, revelándote otros o dejando que solo los vislumbraras, mi poder se vería fortalecido y tu debilidad sería cada vez mayor; y un día acabaría encontrándome en el camino que lleva a la riqueza después de haberte dejado atrás, en algún baldío lejos de la ruta principal.
»—Así es —dije yo.
»—Para evitar esto, Michael —dijo John Squatter—, o la más remota posibilidad de esto, debemos tenernos la mayor confianza. No nos ocultaremos nada, y tendremos un único interés.
»—Mi querido John Spatter —le aseguré—, eso es precisamente lo que quiero.
»—Y, cuando seas demasiado blando —prosiguió John, con el rostro rebosante de amistad—, con tu permiso, impediré que los demás se aprovechen de ese defecto de tu carácter; no esperes que te siga la corriente…
»—Mi querido John Spatter —le interrumpí—,
no
espero que me sigas la corriente. Es algo que deseo corregir.
»—Yo también —exclamó John.
»—¡Exactamente! —dije—. Los dos tenemos el mismo objetivo; y persiguiéndolo con honradez, confiando por completo el uno en el otro, y compartiendo un único interés, nuestra sociedad será próspera y feliz.
»—¡Estoy seguro! —contestó John Spatter antes de estrecharnos la mano con el mayor afecto.
»Llevé a John a mi castillo y pasamos un día muy dichoso. Nuestra sociedad prosperó. Mi socio y amigo subsanaba mis limitaciones, como yo había previsto, y, mejorándonos tanto al negocio como a mí, reconocía con creces cualquier pequeño ascenso en la vida que hubiera obtenido con mi ayuda.
»—No soy —dijo el pariente pobre, mirando el fuego mientras se frotaba lentamente las manos— muy rico, ya que nunca le di importancia a serlo; pero tengo lo suficiente para cubrir mis modestas necesidades y estoy muy lejos de pasar penurias. Mi castillo no es un lugar lujoso, pero sí muy acogedor; su atmósfera es cálida y alegre, y es la viva imagen del Hogar.
»Nuestra hija mayor, que es el vivo retrato de su madre, está casada con el primogénito de John Spatter. Nuestras dos familias están muy unidas por otros lazos.
Nos encanta pasar la velada juntos —algo que hacemos con frecuencia—, y John y yo hablamos de los viejos tiempos y del único interés que hemos compartido siempre.
»Lo cierto es que en mi castillo no sé lo que es la soledad. Siempre hay algún hijo o nieto, y las voces jóvenes de mis descendientes me resultan deliciosas… ¡tan deliciosas!… de oír. Mi queridísima y abnegada esposa, siempre leal, siempre cariñosa, siempre amable y servicial, prodiga en apoyo y consuelo, es la mayor bendición de mi hogar; de ella salen las demás bendiciones. Somos una familia bastante musical y, cada vez que Christiana me ve un poco cansado o afligido, a la hora que sea, se acerca silenciosamente al piano y canta una dulce melodía que solía cantar cuando nos prometimos. Soy tan sensible que no puedo escucharla interpretada por otra persona. La tocaron una vez en el teatro, cuando fui con el pequeño Frank; y el niño me preguntó extrañado: “Primo Michael, ¿de quién son estas lágrimas tan calientes que me han caído en la mano?”.
»Ése es mi castillo, y ésas son las circunstancias reales de mi vida allí. A veces llevo al pequeño Frank conmigo. Mis nietos lo reciben con alegría, y juegan juntos. En esta época del año, Navidad y Año Nuevo, rara vez salgo de mi Castillo. Pues los recuerdos de estos días parecen retenerme allí, y sus preceptos parecen enseñarme que es bueno estar en él.
—Y el castillo está… —empezó a decir la voz grave y armoniosa de uno de los presentes.
—Sí. Mi castillo —continuó el pariente pobre, moviendo la cabeza sin dejar de contemplar el fuego— está en el aire. John, nuestro querido anfitrión, ha adivinado muy bien su emplazamiento. ¡Mi castillo está en el aire! He llegado al final. ¿Tendría la amabilidad de contar su historia el siguiente?
E rase una vez, hace muchísimo tiempo, un hombre que emprendió un viaje. Era un viaje mágico y, aunque diera la sensación de ser muy largo cuando lo inició, le pareció muy corto a mitad de camino.
Recorrió un sendero bastante oscuro por un breve lapso de tiempo, sin ver a nadie hasta que encontró a un hermoso niño. Y le preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Y el niño dijo:
—Yo siempre juego. ¡Ven a jugar conmigo!
Así que pasó el día jugando con ese niño, y los dos se divirtieron mucho. El cielo era tan azul, el sol tan dorado, el agua tan brillante, las hojas tan verdes, las flores tan bellas, y oían tales gorjeos y veían tantas mariposas que todo era hermoso. Eso cuando hacía buen tiempo. Cuando llovía, les gustaba contemplar las gotas que caían y oler los aromas nuevos. Cuando soplaba el viento, les encantaba escucharlo, e imaginar qué decía mientras corría lejos de su hogar (¿dónde se encontraría éste?, se preguntaban) silbando y ululando, empujando las nubes, inclinando los árboles, retumbando en las chimeneas, haciendo que las casas temblaran y el mar rugiera de furia. Pero lo mejor de todo era cuando nevaba; pues nada les complacía más que mirar cómo caían los copos, gruesos y veloces, como si acabaran de desprenderse del pecho de millones de pájaros blancos; y ver lo suave y profundo que era el manto que formaban; y escuchar el silencio de senderos y caminos.
Estaban llenos de juguetes, los más maravillosos del mundo, y de libros ilustrados que le dejaban a uno boquiabierto: había en ellos cimitarras, babuchas y turbantes, enanos, gigantes, hadas y genios, y barbas azules, y tallos de habichuelas y tesoros, grutas y bosques y putas y camellos : y todos eran nuevos y auténticos.
Pero un día, de pronto, el viajero perdió al niño. Lo llamó una y otra vez, pero no obtuvo respuesta. Siguió su camino y pasó algún tiempo sin ver a nadie hasta que se encontró con un hermoso muchacho. Y le preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Y el muchacho dijo:
—Yo siempre aprendo. ¡Ven y aprende conmigo!
Así que aprendió con ese muchacho cosas sobre Júpiter y Juno, los griegos y los romanos, y no sé cuántas cosas, más de las que yo —o incluso él, que no tardó en olvidar gran parte de ellas— podría contar. Pero no estudiaban siempre; practicaban los juegos más divertidos del mundo. Remaban por el río en verano, y patinaban por el hielo en invierno; caminaban, montaban a caballo; jugaban al cricket, y a toda clase de juegos de pelota; a policías y ladrones, a liebres y sabuesos, a seguir al rey; y hacían más deportes de los que uno pueda imaginar; y eran invencibles. También tenían vacaciones, y roscón de Reyes, y fiestas en las que bailaban hasta medianoche, y teatros genuinos donde veían palacios de oro y de plata que salían de la tierra, y todas las maravillas del mundo juntas. Y amigos, tenían tantos y tan queridos que me falta tiempo para enumerarlos. Todos eran jóvenes, como el hermoso muchacho, y, mientras vivieran, nada los separaría.
Sin embargo, un día, en medio de aquellas diversiones, el viajero perdió al muchacho del mismo modo que había perdido al niño y, después de llamarlo en vano, prosiguió su camino. Pasó algún tiempo sin ver a nadie, hasta que se encontró con un joven. Y le preguntó:
—¿Qué haces aquí?
Y el joven dijo:
—Yo siempre me enamoro. Ven y ama conmigo.
Así que acompañó a ese joven, y no tardó en aparecer una de las muchachas más hermosas del mundo —como Fanny en aquel recodo del camino—, y tenía los ojos como Fanny, y el pelo como Fanny, y unos hoyuelos como los de Fanny, y se reía y se ruborizaba igual que Fanny cuando hablo de ella. Así que el joven se enamoró enseguida, del mismo modo que lo hizo Alguien cuyo nombre no diré la primera vez que llegó y vio a Fanny. Y bueno, lo cierto es que la muchacha se reía a veces de él, como lo hacía Fanny de Alguien; y que los dos discutían a veces, al igual que Fanny y Alguien; y luego hacían las paces, y se sentaban en la penumbra, y se escribían cartas a diario, y nunca se sentían felices separados, y siempre estaban pendientes el uno del otro, aunque fingieran lo contrario; y se comprometieron en Navidad, y se sentaban muy juntos al amor de la lumbre, y estaban a punto de casarse, ¡exactamente igual que Alguien cuyo nombre no diré y Fanny!
Pero un día el viajero los perdió, del mismo modo que había perdido a sus demás amigos, y, después de llamarlos para que volvieran, lo que nunca hicieron, prosiguió su viaje. Pasó algún tiempo sin ver a nadie hasta que encontró a un caballero de edad mediana. Y le preguntó:
—¿Qué hace aquí?
Y su respuesta fue:
—Yo siempre estoy ocupado. ¡Ven a estar ocupado conmigo!
Así que empezó a estar muy ocupado con ese caballero, y los dos siguieron por la espesura juntos. Estuvieron siempre atravesando un bosque; éste había sido verde y claro al principio, como un bosque en primavera, pero empezó a espesarse y volverse oscuro, como un bosque en estío; algún pequeño árbol que había salido antes de tiempo incluso se volvió pardo. El caballero no estaba solo, pues iba con una dama aproximadamente de su edad, que era su mujer; y tenían hijos que también los acompañaban. Así que todos continuaron juntos por el bosque, cortando árboles, abriendo un camino entre las ramas y las hojas caídas, llevando fardos y trabajando mucho.
A veces llegaban a una larga alameda verde que desembocaba en una parte más frondosa del bosque. Entonces se oía una voz débil y lejana que gritaba: «¡Padre, padre, soy otra criatura! ¡Espéreme!». Y veían enseguida una figura diminuta, que crecía a medida que se acercaba corriendo a ellos. Cuando les alcanzaba, todos se apiñaban a su alrededor para besarla y darle la bienvenida; y después seguían caminando juntos.
A veces llegaban a una encrucijada, y todos se detenían; y uno de los hijos decía: «Padre, me hago a la mar», y otro: «Padre, me voy a la India», y otro: «Padre, me voy en busca de fortuna», y otro: «Padre, ¡me voy al Cielo!». Y así, derramando muchas lágrimas de despedida, se marchaban solitarios por aquellos caminos, siguiendo cada uno su destino; y el hijo que se iba al Cielo ascendía por el aire dorado y desaparecía.
Cada vez que había una despedida, el viajero miraba al caballero, y le veía contemplar el cielo sobre los árboles, donde empezaba a declinar el día y llegaba el ocaso. Veía también que su pelo encanecía. Pero nunca podían detenerse mucho tiempo, pues tenían que hacer su viaje, y siempre tenían que estar ocupados.
Al final hubo tantas despedidas que no quedaron más hijos; y solo el viajero, el caballero y la dama continuaron juntos su camino. Y el bosque se puso amarillo, y luego pardo; y las hojas, incluso las de los árboles del bosque, empezaron a caer.
Entonces llegaron a una alameda más oscura que las demás y, mientras proseguían su viaje sin bajar la vista, la dama se detuvo.
—Marido mío —dijo—. Me están llamando.
Aguzaron el oído, y oyeron una voz al fondo de la alameda que decía:
—¡Madre, madre!
Era la voz del primer hijo que había dicho: «¡Me voy al Cielo!», y el padre suplicó:
—Todavía no. Está a punto de anochecer. ¡Todavía no!
Pero la voz gritó: «¡Madre, madre!» sin apiadarse de él, aunque tuviera el pelo completamente blanco y el rostro bañado en lágrimas.
Entonces la madre, que ya era arrastrada a la sombra de la oscura alameda y se alejaba sin dejar de abrazarlo, le besó y dijo:
—¡Amor mío, me llaman y he de marcharme!
Y así lo hizo. Y el viajero y él se quedaron solos.
Y siguieron y siguieron juntos, hasta que llegaron muy cerca del final del bosque: tan cerca que pudieron ver cómo se ponía el sol entre los árboles, como una bola de fuego.
Pero una vez más, mientras se abría camino entre las ramas, el viajero perdió a su amigo. Lo llamó una y otra vez, pero no obtuvo respuesta y, cuando salió del bosque y contempló cómo un sol apacible descendía en la luz purpúrea del crepúsculo, encontró a un anciano sentado sobre un tronco caído. Y le preguntó:
—¿Qué hace aquí?
Y el anciano dijo, sonriendo plácidamente:
—Siempre estoy sumido en mis recuerdos. ¡Ven y recuerda conmigo!
Así que el viajero se sentó al lado del anciano, frente al sereno anochecer; y todos sus amigos regresaron en silencio y se acercaron a él. El hermoso niño, el hermoso muchacho, el joven enamorado, el padre, la madre y los hijos: todos estaban allí, y él no había perdido nada. Y los quería a todos, y se mostró amable y paciente con ellos, y disfrutó contemplándolos; y todos le respetaron y amaron. Y pienso que el viajero debes ser tú, querido abuelo, porque eso es lo que haces con nosotros y lo que nosotros hacemos contigo.
Como soy bastante joven —aunque vaya cumpliendo años, sigo siendo bastante joven—, no tengo ninguna aventura a la que recurrir. No creo que a ninguno de los presentes les interese saber que el reverendo es un carcelero, y ella
una auténtica arpía, o lo mucho que cobran a los padres, sobre todo por los cortes de pelo y la atención médica. A uno de nuestros compañeros le quitaron doce chelines y seis peniques de su cuenta como pago por dos pastillas —supongo que ganarían seis chelines y tres peniques con cada una de ellas—, y él ni siquiera se las tomó, se limitó a esconderlas en la manga de su chaqueta.
En cuanto a la carne de vacuno, es una vergüenza.
No es carne. La carne no es un puñado de nervios. La carne se puede masticar. Además, la carne lleva salsa, y jamás ves una gota en la nuestra. Otro de nuestros compañeros se fue a casa enfermo, y oyó cómo el médico de la familia le decía a su padre que lo único que podía explicar esa dolencia era la cerveza. Por supuesto que era la cerveza, ¡cómo no iba a serlo!
Sin embargo, la carne de vacuno y el viejo Quesero son cosas diferentes. Y la cerveza también. Y es del viejo Quesero de quien yo quería hablar; no de cómo nuestros compañeros ven destruida su salud para que otros aumenten sus ganancias.
Y es que basta con mirar la masa. No tiene nada de crujiente. Es sólida, como plomo mojado. Luego nuestros compañeros tienen pesadillas, y los demás muchachos les arrojan almohadas por despertarlos con sus gritos. ¿A quién puede extrañarle eso?
El viejo Quesero se levantó una noche dormido, se puso el sombrero sobre el gorro de dormir, cogió una caña de pescar y un bate de cricket y bajó a la sala, donde, como es natural, todos creyeron que era un fantasma. Bueno, jamás habría hecho eso si sus comidas hubieran sido sanas. Cuando todos empecemos a caminar dormidos, supongo que lo lamentarán.
El viejo Quesero no era ayudante del profesor de latín en aquella época; era un alumno. Cuando era muy pequeño, lo llevó al internado en la silla de posta una mujer que estaba siempre tomando rapé y zarandeándolo; era lo único que recordaba. Nunca pasó las vacaciones en casa. Sus cuentas (jamás tuvo un gasto extra) eran enviadas al banco, y el banco las pagaba; estrenaba un traje marrón dos veces al año y sus primeras botas a los doce años. Y siempre le quedaron demasiado grandes.
En las vacaciones de verano, algunos compañeros que vivían cerca trepaban a los árboles que están detrás del muro del patio para ver cómo el viejo Quesero leía solo. Siempre fue tan suave como el té —y eso es mucho decir, ¿no?—, así que, cuando le silbaban, levantaba la vista y saludaba; y, cuando le decían: «¡Hola, viejo Quesero! ¿Qué has comido?», él contestaba: «Cordero hervido»; y, cuando le preguntaban: «¿No te sientes solo, viejo Quesero?», él respondía: «A veces me aburro un poco», y entonces ellos le decían: «¡Adiós, viejo Quesero!» y se bajaban del árbol. Por supuesto, era un atropello que no le dieran más que cordero hervido en vacaciones, pero así funcionaban las cosas. Y, cuando no le daban cordero hervido, le daban arroz con leche, simulando que era un festín. Y se ahorraban el carnicero.
Y así siguió el viejo Quesero. Aparte de la soledad, las vacaciones le acarreaban otro contratiempo; pues, cuando los demás alumnos empezaban a volver, a regañadientes, él se ponía muy contento de verlos; lo que era muy enojoso cuando ellos no compartían el sentimiento y le golpeaban la cabeza contra la pared, haciendo que le sangrara la nariz. Pero casi todo el mundo lo quería. Una vez se hizo una suscripción a su nombre; y, para que estuviera contento, le regalaron antes de vacaciones dos ratones blancos, un conejo, una paloma y un cachorro precioso. El viejo Quesero se echó a llorar, sobre todo poco después cuando los animales se comieron unos a otros.
Por supuesto, al viejo Quesero le pusieron todos los nombres de queso posibles —Gloster, Cheshire, Bola, Whiltshire, etcétera—, pero a él le daba igual. Y no es que fuera viejo por su edad, porque no lo era, sino que desde el principio lo llamaron así: viejo Quesero.
Finalmente, le nombraron ayudante del profesor de latín. Aparecieron con él en clase una mañana a principios de trimestre, y lo presentaron a los alumnos como el «señor Quesero». Entonces nuestros compañeros decidieron que el viejo Quesero era un espía, y un desertor que se había pasado al enemigo, vendiéndose al mejor postor. No era ninguna excusa que se hubiera vendido por muy poco: dos libras y diez chelines, alojamiento y colada, según se comentó. Celebraron una reunión parlamentaria donde acordaron que solo podían tenerse en cuenta los motivos mercenarios del viejo Quesero, y que era necesario «acuñar nuestra sangre para sacar dracmas».
El Parlamento tomó la expresión de la escena en que Casio discute con Bruto.
Cuando se decidió con semejante determinación que el viejo Quesero era un gran traidor que había accedido a los secretos de nuestros compañeros para sacar tajada, se invitó a los alumnos más valientes a dar un paso al frente y enrolarse en una Sociedad que le hiciera la vida imposible. El presidente de la Sociedad fue el alumno más antiguo, un chico llamado Bob Tarter. Su padre estaba en las Antillas y, según él, nadaba en la abundancia. Tenía mucho ascendiente sobre nuestros compañeros, y escribió una parodia que comenzaba:
¿Quién por tan sumiso se hizo pasar que apenas le oíamos hablar, y resultó ser un soplón y delatar?
El viejo Quesero.
Y luego seguían más de doce versos que cantaba todas las mañanas junto a la mesa del nuevo maestro. Bob Tarter aleccionó también a uno de los más pequeños, un niño de mejillas sonrosadas que se llamaba Brass y era bastante alocado, para que una mañana se le acercara con su gramática latina y recitase: nominativus pronominum
: viejo Quesero, raro exprimitur
: nunca se sospechó, nisi distinctionis
: que fuera un delator, aut emphasis gratia
: hasta que demostró serlo, ut
: por ejemplo, vos damnastis : cuando vendió a los alumnos.
Quasi : como si, dicat
: hubiera dicho, pretaerea nemo
: ¡soy Judas! Todo aquello impresionó mucho al viejo Quesero. Nunca había tenido demasiado pelo; pero el poco que tenía empezó a clarear cada vez más. Se volvió más pálido y ojeroso; y a veces lo veían por las noches sentado ante su mesa con un largo pabilo en la vela y las manos en la cara, llorando. Pero ningún miembro de la Sociedad podía apiadarse de él, aunque tuviera ganas, porque el presidente decía que era la conciencia del viejo Quesero.
Y el viejo Quesero continuó así, ¡y qué vida tan triste llevaba! Por supuesto que el reverendo lo miraba por encima del hombro y ella , no digamos, porque era su forma de tratar a los profesores; pero él sufría sobre todo por nuestros compañeros, y a todas horas. Nunca se quejó de ello, que la Sociedad supiera; pero ese mérito no le fue reconocido porque el presidente dijo que era la cobardía del viejo Quesero.
No tenía más que una amiga en el mundo, que estaba casi tan desvalida como él, porque solo era Jane. Jane era una especie de guardarropa para los alumnos, y vigilaba las taquillas. Había llegado como aprendiza —según algunos compañeros, venía de una institución benéfica, pero no lo sé— y, cuando su formación terminó, se quedó cobrando tanto al año. O tan poco, debería decir quizá, ya que esto es mucho más probable. Sin embargo, tenía ahorrado algún dinero en el banco, y era una joven muy amable. No era exactamente guapa; pero tenía un rostro expresivo, sincero y sonriente, y los alumnos le tenían mucho cariño. Era increíblemente limpia y alegre, e increíblemente paciente y simpática. Siempre que ocurría algo con la madre de algún muchacho, éste iba a enseñarle la carta a Jane.
Jane era amiga del viejo Quesero. Cuanto más se metía con él la Sociedad, más le consolaba ella. A veces le dirigía una mirada jovial desde su ventana que le infundía ánimos para toda la jornada. Salía del huerto (siempre cerrado con llave, ¡creedme!) por el campo de deportes, cuando podía hacerlo por el otro lado, solo para volver la cabeza, como si quisiera decirle al viejo Quesero: «¡Arriba esa moral!». El cuartucho de él estaba siempre tan limpio y ordenado que todos sabían quién lo dejaba así mientras el viejo Quesero trabajaba; y, cuando los alumnos veían una empanada humeante en su plato a la hora de comer, comprendían indignados quién se la había enviado.
Dadas las circunstancias, la Sociedad decidió, después de muchas reuniones y debates, que debía pedirse a Jane que le hiciera el vacío al viejo Quesero; y que, si se negaba, debían condenarla también al ostracismo. De modo que se eligió una delegación, encabezada por el presidente, para comunicar a Jane la votación que la Sociedad se había visto dolorosamente obligada a celebrar. La joven les inspiraba un gran respeto por todas sus virtudes y, según decían, en una ocasión había abordado al reverendo en su propio estudio y había conseguido librar a un alumno de un castigo muy severo gracias a su buen corazón. Así que a la delegación no le gustaba demasiado aquel cometido. Pero cumplieron con su deber, y el presidente informó a Jane de su decisión. Al oírla, Jane se puso roja como la grana, rompió a llorar y respondió al presidente y a la delegación, de un modo muy poco habitual en ella, que eran una panda de jóvenes salvajes y malvados; luego echó del cuarto a la respetable comisión. En consecuencia, se escribió en el libro de la Sociedad (con un código indescifrable ante el temor de que fuera descubierto) que toda comunicación con Jane quedaba prohibida; y el presidente señaló a los miembros lo mucho que ponía eso de manifiesto el debilitamiento del viejo Quesero.
Pero Jane era tan fiel al viejo Quesero como desleal éste a los muchachos —en opinión de ellos, en todo caso—, y continuó siendo su única amiga. Esto irritó sobremanera a la Sociedad, porque Jane era una pérdida tan grande para ellos como una ganancia para su amigo; así que, aún más airados con él, lo trataron peor que nunca. Finalmente, una mañana, el viejo Quesero no se sentó en su mesa de trabajo; y, cuando fueron a su cuarto y lo encontraron desierto, corrió el rumor entre los pálidos rostros de nuestros compañeros de que el viejo Quesero, no pudiendo más, se había levantado muy temprano y se había ahogado.
Las miradas misteriosas del profesorado después del desayuno, y la evidencia de que nadie esperaba al viejo Quesero confirmaron su teoría a la Sociedad.
Algunos miembros empezaron a debatir si el presidente sería colgado o solo deportado de por vida, y la cara del presidente
reflejó una gran inquietud por saber cuál sería la decisión. No obstante, dijo que un jurado de su país destacaría su valor; y que, cuando se dirigiera a éste, pediría a sus integrantes que se llevaran la mano al corazón y dijeran, como británicos, si estaban conformes con los delatores, y hasta qué punto les gustaría ser su víctima. Algunos miembros de la Sociedad le aconsejaron huir hasta que encontrara un bosque donde pudiera cambiarse la ropa con un leñador, y embadurnarse el rostro con moras; pero la mayoría pensaba que, si no daba su brazo a torcer, el padre —al estar en las Antillas y nadar en la abundancia— sobornaría a quien fuera para que lo dejaran libre.
El corazón de nuestros compañeros latió a gran velocidad cuando el reverendo entró con aire de romano, o de capitán general, con la regla; como hacía siempre que iba a soltarles un discurso. Pero su temor fue mucho menor que su asombro cuando escucharon que el viejo Quesero, «durante tantos años nuestro querido y respetado amigo, amén de compañero de peregrinaje en las placenteras llanuras del conocimiento», dijo de él (¡Oh, sí! ¡Yo diría que todo eso!), era el huérfano de una joven a la que su padre había desheredado por contraer matrimonio sin su consentimiento, y cuyo marido había fallecido; como ella se había muerto de pena, su desdichado bebé (el viejo Quesero) se había criado a expensas de un abuelo que jamás había accedido a verlo, ni de bebé, ni de niño ni de hombre. Y ese abuelo acababa de morir, algo que le estaba bien empleado —este comentario es mío—, y, al no dejar testamento, toda su inmensa fortuna era de pronto y para siempre ¡del viejo Quesero! Nuestro querido y respetado amigo y compañero de peregrinaje en las placenteras llanuras del conocimiento… —el reverendo terminó una retahíla de fastidiosas citas diciendo—: Volverá a vernos dentro de quince días, fecha en que desea despedirse de nosotros de un modo más personal. Tras estas palabras, miró con severidad a nuestros compañeros, y se marchó solemnemente.
Hubo una gran consternación entre los miembros de la Sociedad. Muchos querían dimitir, y otros empezaron a decir que jamás habían pertenecido a ella. Sin embargo, el presidente se mantuvo firme, y declaró que todos debían resistir o caer juntos. Y que, para abandonar la nave, tendrían que pasar por encima de su cadáver; pretendía así animar a la Sociedad, pero no lo consiguió. El presidente prometió también meditar sobre la situación en que se encontraban y darles su opinión y consejo al cabo de unos días. Esto despertó una gran expectación, ya que sabía mucho del mundo por tener un padre en las Antillas.
Después de días y días de mucho pensar, y de llenar su pizarra de soldaditos, el presidente convocó a nuestros compañeros y dejó las cosas claras. Según él, era evidente que, cuando el viejo Quesero regresara, lo primero que haría para vengarse sería acusar a la Sociedad, y pedir que los azotaran a todos. Después de contemplar con alegría el tormento de sus enemigos, y de regodearse con sus gritos de dolor, es muy probable que invitara al reverendo, con el pretexto de conversar, a una estancia privada —por ejemplo, la sala de los padres, donde estaban los dos grandes globos terráqueos que no se usaban nunca— y allí le reprochara los engaños y vejaciones que había sufrido en sus manos. Al final de sus observaciones haría señas a un boxeador profesional escondido en el pasillo, que se abalanzaría sobre el reverendo hasta dejarlo inconsciente. Después el viejo Quesero le regalaría algo a Jane de entre cinco y diez libras, y se marcharía de la institución diabólicamente victorioso.
El presidente explicó que no tenía nada que decir en lo tocante a la sala o a Jane; pero, en lo tocante a la Sociedad, su consejo era resistir hasta la muerte. Con semejante perspectiva, recomendó que llenaran de piedras todos los pupitres disponibles, y que la señal de ataque al viejo Quesero fueran sus primeras palabras de queja. El temerario consejo levantó el ánimo de la Sociedad, y fue seguido unánimemente. Clavaron un poste más o menos de la misma altura que el viejo Quesero en el campo de deportes, y todos nuestros muchachos practicaron con él hasta que estuvo lleno de abolladuras.
Cuando llegó el día de la visita, y cada uno ocupó su puesto, todos los muchachos se sentaron temblorosos.
Habían discutido y discrepado mucho sobre cómo aparecería el viejo Quesero; aunque la opinión general era que llegaría en una especie de carruaje triunfal tirado por cuatro caballos, con dos lacayos con librea sentados delante, y el boxeador profesional disfrazado sentado detrás. Así que nuestros compañeros esperaban oír unas ruedas. Cosa que nunca ocurrió, ya que el viejo Quesero se presentó andando, y entró en el colegio sin previo aviso. Más o menos como siempre, vestido únicamente de negro.
—Caballeros —dijo el reverendo, presentándolo—, nuestro durante tanto tiempo querido y respetado amigo y compañero de peregrinaje en las placenteras llanuras del conocimiento quiere dirigiros unas palabras. ¡Atención, caballeros, todos sin excepción!
Todo el mundo metió con disimulo la mano en el pupitre y miró al presidente. El presidente estaba preparado, y tenía al viejo Quesero en su punto de mira.
Pero el viejo Quesero lo único que hizo fue acercarse a su vieja mesa, mirarlos con una sonrisa extraña como si estuviera a punto de llorar, y empezar a decir con voz suave y temblorosa:
—¡Mis queridos compañeros y amigos!
Todos los alumnos sacaron la mano del pupitre, y el presidente de pronto se echó a llorar.
—Mis queridos compañeros y amigos —repitió el viejo Quesero—, ya sabéis la suerte que he tenido. He pasado tantos años bajo este techo —toda mi vida hasta el momento, podría decir— que espero que os hayáis alegrado por mí. Jamás podría disfrutar de mi fortuna sin felicitaros también a vosotros. Si alguna vez no nos hemos entendido, os ruego, queridos muchachos, que nos perdonemos y lo olvidemos. Siento un gran cariño por vosotros, y estoy seguro de que me correspondéis. Con el corazón repleto de gratitud, quisiera estrechar la mano de cada uno de vosotros. He vuelto para hacerlo, si os parece bien, mis queridos muchachos.
Como el presidente se había puesto a llorar, varios muchachos siguieron su ejemplo; pero cuando el viejo Quesero se dirigió a él por ser el alumno más antiguo, le puso la mano cariñosamente en el hombro y respetó su derecho, el presidente dijo:
—No lo merezco, señor; a decir verdad, no lo merezco.
No se oyeron más que sollozos y llantos en el colegio. Todos los muchachos exclamaron que no lo merecían de un modo muy similar; pero el viejo Quesero, haciendo caso omiso, se acercó alegremente a todos los alumnos, y después saludó a todos los profesores, dejando al reverendo para el final.
Entonces un chiquillo que gimoteaba en un rincón, y que estaba siempre castigado, gritó con voz aguda:
—¡Viva el viejo Quesero! ¡Hurra!
El reverendo lo miró encolerizado.
—El señor Quesero —le corrigió.
Pero el viejo Quesero declaró que le gustaba mucho más su antiguo nombre, y todos los muchachos se unieron a los vítores; y, durante no sé cuántos minutos, se oyó un gran estruendo de pies y manos y los mayores rugidos aclamando al viejo Quesero.
Después les esperaba un auténtico festín en el comedor. Aves de corral, lenguas, confituras, frutas, gelatinas, dulces , templos de azúcar cande, chucherías, galletas… —comed lo que podáis y guardad en el bolsillo lo que os guste— y todo a expensas del viejo Quesero. Luego hubo discursos, un día entero de vacaciones, toda clase de juegos repetidos dos y tres veces, burros, pequeños carruajes tirados por ponis para conducir, cena para todos los profesores en Las Siete Campanas (veinte libras por cabeza, según calcularon los alumnos), una fiesta anual fijada para esa fecha, y otra el día del cumpleaños del viejo Quesero —el reverendo tuvo que acceder delante de todos para que nunca pudiera echarse atrás— y todo costeado por el viejo Quesero.
Y los alumnos ¿no fueron en masa a vitorearlo en la puerta de Las Siete Campanas? ¡Oh, no!
Pero falta algo más. No miréis al siguiente narrador porque no he terminado. Al día siguiente, la Sociedad decidió hacer las paces con Jane y disolverse luego. Pero ¡Jane se había ido!
—¿Qué? ¿Qué se ha ido para siempre? —preguntaron los alumnos con caras largas.
—Por supuesto —fue la única respuesta que obtuvieron.
Y nadie les dio más explicaciones. Finalmente, el alumno más antiguo se encargó de preguntar al reverendo si era cierto que nuestra vieja amiga Jane se había ido. El reverendo (que tiene una hija en casa, pelirroja y de nariz respingona) contestó gravemente:
—Sí, señor, la señorita Pitt se ha ido.
¡Mira que llamar a Jane señorita Pitt! Algunos dijeron que la habían despedido por quedarse con dinero del viejo Quesero; y otros que había entrado a servir en casa del viejo Quesero por diez libras al año. Lo único que nuestros compañeros sabían es que se había marchado.
Dos o tres meses después, una tarde, un carruaje descapotable se paró en el campo de cricket, justo detrás del muro, con una dama y un caballero en su interior, que pasaron mucho tiempo en pie viendo el partido. Nadie se fijó en ellos, hasta que el chiquillo que estaba siempre castigado abandonó, en contra del reglamento, su puesto de vigilancia y dijo:
—¡Es Jane!
Los once jugadores de cada equipo olvidaron inmediatamente el partido, y corrieron a aglomerarse alrededor del carruaje.
¡Era Jane! ¡Y menudo sombrero llevaba! Y ¿podéis creer que se había casado con el viejo Quesero?
No tardó en ser muy normal que, estando nuestros compañeros en mitad de un partido, vieran un carruaje detrás de la parte baja del muro, justo antes de la parte alta, con una dama y un caballero mirando por encima. El caballero era siempre el viejo Quesero, y la dama era siempre Jane.
La primera vez que los vi fue de ese modo. Había habido muchos cambios entre nuestros compañeros de aquella época, y ¡resultó que el padre de Bob Tarter no nadaba en la abundancia! No tenía nada. Bob se hizo soldado, y el viejo Quesero compró su licencia. Pero lo del carruaje seguía igual. El carruaje se paraba, y los muchachos dejaban de jugar nada más verlo.
—Así que, después de todo, nunca me condenasteis al ostracismo —dijo la dama, riendo, cuando los niños se encaramaron al muro para estrecharle la mano—. ¿Seguro que no lo haréis nunca?
—¡Nunca, nunca! —gritaron por doquier.
En aquel momento yo no entendí sus palabras, aunque ahora por supuesto que sí. Pero me encantó su rostro, y lo amable que era, y no pude evitar mirarla —y al viejo Quesero también— cuando los muchachos nos apiñamos felices a su alrededor.
Enseguida se dieron cuenta de que yo era un alumno nuevo, así que también me encaramé al muro y les estreché la mano como los demás. Me alegré de verlos tanto como mis compañeros, y en un instante me pareció conocerlos de siempre.
—Solo faltan quince días para las vacaciones —dijo el viejo Quesero—. ¿Quién se queda? ¿Alguno de vosotros?
Muchos dedos me señalaron, y muchas voces gritaron:
—¡Él!
Pues era el año en que estabais fuera del país; y os aseguro que me sentía muy desgraciado.
—¡Oh! —dijo el viejo Quesero—. Pero este lugar es tan solitario en vacaciones… Será mejor que venga a casa.
Así que fui a su preciosa casa, y no pude ser más feliz. Los dos saben cómo tratar a los niños, ¡ya lo creo! Cuando te llevan al teatro, por ejemplo, te llevan de veras. No llegan cuando ya ha empezado, ni salen antes de que termine. Y también saben cómo educar a un niño. ¡Mirad al suyo! Aunque todavía sea muy
pequeño, ¡qué maravilloso es! Bueno, después de la señora Quesero y del viejo Quesero mi preferido es su hijo.
Y ya os he contado lo que sé del viejo Quesero. Aunque no sea mucho, me temo, ¿verdad?
Vivía a orillas de un río caudaloso, ancho y profundo, que corría siempre silencioso e iba a parar a un océano inmenso e ignoto. Existía desde que empezó el mundo. Había cambiado a veces su curso, y abierto nuevos cauces, dejando los antiguos secos y baldíos; pero su fluir jamás se había detenido, ni lo haría hasta el final de los tiempos. Nada podía avanzar en contra de su caudal impetuoso e insondable. Ningún ser vivo, ninguna flor, ninguna hoja, ninguna partícula animada o inanimada desviaba su rumbo jamás del océano ignoto. La corriente del río era implacable con ellos; y nunca se detenía, al igual que la tierra mientras gira alrededor del sol.
Vivía en un lugar muy concurrido, y trabajaba duramente para salir adelante. No tenía esperanzas de llegar a ser tan rico como para vivir un mes sin trabajar así, pero bien sabe
Dios
que se sentía muy satisfecho de trabajar con tan buen ánimo. Era miembro de una familia muy numerosa, en la que hijos e hijas se ganaban el pan trabajando todos los días, desde que se levantaban al alba hasta que se acostaban por la noche. Aquél era su destino, y no aspiraba a nada más.
Había demasiados tambores, trompetas y discursos en el lugar donde vivía; pero él no participaba en ellos. Todo aquel estruendo y alboroto lo organizaba la familia Peces Gordos, cuyo incomprensible proceder le llenaba de asombro. Sus miembros erigían las estatuas más extrañas, de hierro, mármol, bronce y latón, delante de su puerta; y ensombrecían su casa con las patas y las colas de unas toscas figuras de caballos. Él se preguntaba qué sentido tendrían, sonreía con su aire socarrón y seguía trabajando como una mula.
La familia Peces Gordos (a la que pertenecían los más distinguidos del lugar, y los más ruidosos) se encargaba de que no tuviera que molestarse en pensar por sí mismo, y dirigía su vida y sus asuntos.
—Bueno, la verdad es que tengo muy poco tiempo —les decía— y, si tienen la amabilidad de ocuparse de mí a cambio del dinero que pago (porque la familia Peces Gordos no menospreciaba su dinero), me quitarán un peso de encima y estaré muy agradecido, teniendo en cuenta que ustedes saben más.
De ahí el tamborileo, el trompeteo y los discursos, así como las feas estatuas de caballos ante las que, en teoría, debía arrodillarse.
—No entiendo qué significa esto —decía, frotándose las arrugas de la frente con aire confuso—. Pero quizá tenga un sentido que escapa a mi comprensión.
—Significa —contestaba la familia Peces Gordos, recelosa de sus palabras— la mayor honra y ensalzamiento de las personas de mérito.
—¡Ah! —exclamaba él. Y le alegraba saberlo.
Pero, cuando miraba entre las estatuas de hierro, mármol, bronce y latón, no podía encontrar a ningún paisano suyo meritorio, en otro tiempo hijo de un comerciante de lana de Warwickshire, o a un solo lugareño de esa clase. No podía encontrar a ninguno de los hombres cuyos conocimientos les hubieran salvado a él y a sus hijos de enfermedades terribles y que causaban deformidades, cuyo valor hubiera acabado con la condición de siervos de sus antepasados, cuya imaginación sagaz hubiera cambiado y mejorado la existencia de los más humildes, cuyo talento hubiera enriquecido el mundo de los trabajadores con innúmeras maravillas. Por el contrario, encontraba otros de los que no sabía nada bueno, e incluso otros de los que sabía muchas cosas malas.
—¡Bah! —exclamaba—. No entiendo nada.
Así que volvía a casa, y se sentaba al amor de la lumbre para olvidarlo. Su hogar apenas tenía muebles, y estaba rodeado de calles ennegrecidas; pero era un lugar muy preciado para él. Las manos de su mujer estaban endurecidas por el trabajo, y había envejecido antes de tiempo; pero él la quería. En sus hijos, que no podían criarse bien, se veían las huellas de la mala alimentación; pero a él le parecían hermosos. Por encima de todo, el alma de este hombre deseaba que sus hijos tuvieran una educación.
—Si algunas veces me equivoco —decía él— por ignorancia, que al menos tengan más criterio que yo y no cometan los mismos errores. Es muy duro para mí recoger la cosecha del placer y la instrucción que almacenan los libros. ¡Que sea más fácil para ellos!
Pero los Peces Gordos se enzarzaron en violentas discusiones familiares sobre lo que era lícito enseñar a los hijos de este hombre. Algunos de sus miembros insistieron en que lo más importante y necesario era tal cosa; y los demás insistieron en que lo era tal otra; y los Peces Gordos, divididos en facciones, escribieron panfletos, celebraron asambleas, formularon acusaciones, pronunciaron solemnes discursos y peroratas de todo género; se llevaron unos a otros a los tribunales de justicia y a los tribunales eclesiásticos; se cubrieron de insultos, se dieron palizas, y se cogieron una inquina tremenda e incomprensible. Entretanto, ese hombre, en el breve tiempo que pasaba por las noches al amor de la lumbre, veía cómo el demonio de la Ignorancia se adueñaba de sus hijos. Vio a su hija convertida en una sucia bestia de carga; vio cómo su hijo restregaba el camino de la mezquina sensualidad, hasta caer en la brutalidad y el crimen; vio cómo la luz de inteligencia que empezaba a brillar en los ojos de sus pequeños se trasformaba en tanta desconfianza y mala fe que casi habría preferido que fueran idiotas.
—Tampoco lo entiendo —decía—; pero no creo que esté bien. ¡No! ¡Clama al cielo semejante injusticia!
Recobrando la calma de nuevo (pues su vehemencia no solía durar mucho, y era apacible por naturaleza), echaba un vistazo a su alrededor domingos y festivos, y veía que tanto tedio y desidia empujaban a la gente a emborracharse, con todos los males que esto conlleva. Entonces apeló a los Peces Gordos:
—Somos trabajadores, y empiezo a sospechar que los trabajadores, sea cual sea su condición, fueron creados —por un intelecto mayor que el vuestro, a mi humilde entender— con la necesidad de alimentar su espíritu y tener alguna distracción. Mirad en lo que caemos cuando esto nos falta. ¡Vamos! ¡Entretenedme de un modo inofensivo, enseñadme algo, dadme alguna salida!
Pero entonces se produjo entre los Peces Gordos un revuelo completamente ensordecedor. Cuando se oyeron unas pocas voces que proponían mostrarle las maravillas del mundo, la grandeza de la creación, los poderosos cambios del tiempo, el funcionamiento de la naturaleza y la belleza del arte —mostrarle esas cosas, es decir, en cualquier momento de su vida en que tuviera ocasión de verlas—, los Peces Gordos gritaron de tal modo e hicieron tantas declaraciones, tantos sermones y tantas demandas, fueron tan incoherentes y conmemorativos, tan insultantes y ofensivos, desencadenaron tal cascada de preguntas parlamentarias y débiles repuestas —en las que el «no me atrevo» secundaba al «lo haría»— que el pobre hombre se quedó horrorizado, con ojos y cara de espanto.
—¿He ocasionado todo esto —decía— con lo que no era más que una pregunta inocente, que surgía tan solo de mi experiencia familiar, y del sentido común de cualquier hombre que decide abrir los ojos? Ni lo entiendo, ni los demás me entienden a mí. ¿Qué ocurrirá si las cosas siguen así?
Estaba inclinado, trabajando y repitiéndose esa pregunta, cuando empezó a divulgarse la noticia de que se había extendido una epidemia de peste entre los trabajadores, que estaban muriendo como chinches. Cuando fue a comprobarlo, vio que era cierto. Los moribundos y los muertos se hacinaban en las casas sucias y sin ventilar donde transcurría su vida. El aire siempre contaminado y nauseabundo destilaba un nuevo veneno. El fuerte y el débil, el anciano y el niño, el padre y la madre: todos caían fulminados.
¿Qué posibilidades tenía de huir? Se quedó donde estaba, y vio morir a sus familiares y amigos. Un bondadoso predicador se le acercó, y habría rezado algunas plegarias para mitigar la desesperanza de su corazón, pero él le dijo:
—¿De qué sirve, padre, que se acerque a mí, un hombre condenado a vivir en este lugar hediondo, donde cada uno de los sentidos que se me han otorgado para deleitarme se convierte en un suplicio, y donde cada minuto de mis contados días añade más fango al cenagal bajo el que me ahogo? Pero déjeme vislumbrar por primera vez el Cielo con un poco de su aire y de su luz; deme agua pura; ayúdeme a estar limpio; aligere esta atmósfera tan cargada y esta vida tan opresiva, en la que nuestros espíritus se hunden y nosotros nos convertimos en las criaturas indiferentes y encallecidas que usted encuentra tan a menudo; saque con delicadeza y cariño los cuerpos de nuestros muertos de los cuchitriles donde nos criamos hasta familiarizarnos tanto con el terrible tránsito que incluso Su santidad se desvanece; y, Maestro, ¡entonces le escucharé hablar —nadie sabe mejor que usted con cuántas ganas— de Aquél que tanto pensó en los pobres y tanto se compadeció del sufrimiento humano!
Había vuelto al trabajo, triste y solitario, cuando llegó el patrón vestido de negro. También él había sufrido mucho. Su joven mujer, su bella y bondadosa mujer, había muerto; y también su único hijo.
—Sé que es difícil de sobrellevar, patrón, pero tiene que animarse. ¡Ojalá pudiera consolarlo!
El patrón le dio las gracias con el corazón, pero dijo:
—¡Ay de vosotros, los trabajadores! Esta epidemia empezó entre vosotros. Si hubierais vivido de una forma más decente y saludable, hoy no sería un hombre viudo y desolado.
—Patrón —respondió su interlocutor, moviendo la cabeza—, he empezado a entender que la mayor parte de las calamidades son culpa nuestra, como la peste, y que ninguna se detendrá en nuestra humilde puerta hasta que no nos unamos con esa importante familia que anda siempre a la greña, a fin de hacer las cosas que son justas. No podemos vivir de una forma más decente y saludable si nuestros dirigentes no nos proporcionan los medios. No podemos aprender si no nos enseñan; no podemos divertimos racionalmente si no nos entretienen; no podemos tener más que nuestros propios dioses falsos mientras ellos llenen con los suyos todos los lugares públicos. Las consecuencias funestas de una enseñanza deficiente, las consecuencias funestas de un abandono pernicioso, las consecuencias funestas de una restricción contra natura y de una negación de los placeres que humanizan a la gente serán culpa nuestra, y ninguna de ellas se contentará con nosotros. Se extenderán por todas partes. Siempre lo hacen; siempre lo han hecho, como la peste. Al fin creo entender tantas cosas…
Pero su patrón volvió a exclamar:
—¡Ay de vosotros, los trabajadores! ¡Rara vez tenemos noticias vuestras que sean buenas!
—Patrón —respondió él—, me llamo Nadie, y no es probable que tenga noticias mías (ni interés en tenerlas, tal vez) que sean buenas. Pero éstas ni empiezan ni terminan nunca conmigo. Tan infalibles como la muerte, caen sobre mí y luego vuelven a elevarse.
Había tanta verdad en sus palabras que la familia Peces Gordos, al enterarse de ellas, y terriblemente asustada por la reciente epidemia, decidió unirse con él para hacer las cosas que eran justas; en todo caso, las directamente relacionadas —lo que es humano— con la prevención de otra epidemia de peste.
Pero, en cuanto se les pasó el miedo, algo que empezó a ocurrir enseguida, volvieron a enemistarse unos con otros, y no hicieron nada. Y así la maldición apareció de nuevo —entre los más humildes, como antaño— y se extendió vengativamente hacia arriba, como antaño, causando la muerte de gran número de alborotadores. Pero ningún hombre admitió jamás, si es que llegó a percibirlo, haber tenido algo que ver.
Así que Nadie vivió y murió como se había hecho desde los viejos, viejísimos tiempos; y éste es, en líneas generales, el cuento de Nadie.
¿Acaso no tenía nombre, me preguntaréis? Es posible que fuera Legión. ¿Qué más da cómo se llamara? Para nosotros será Legión.
Si habéis visitado alguna vez los pueblos belgas más cercanos al campo de batalla de Waterloo, habréis visto en alguna iglesia pequeña y silenciosa un monumento erigido por sus leales compañeros de armas a la memoria del coronel A., del comandante B., de los capitanes C., D. y E., de los tenientes F. y G., de los alféreces H., I. y J., de siete suboficiales y de ciento treinta soldados rasos, que cayeron cumpliendo con su deber aquel día memorable. El cuento de Nadie es el cuento de los soldados rasos de la tierra. Participan en la batalla; una parte de la victoria es suya; caen; y solo dejan su nombre entre la multitud. Nuestra marcha, la de los más orgullosos lleva al camino polvoriento por el que ellos avanzan. ¡Ay! Acordémonos de ellos este año al calor del fuego navideño, y no los olvidemos cuando éste se extinga.
Cuando narramos nuestras experiencias, no resulta nada, pues las hemos contado ante testigos al menos veinte veces.
El significado, la importancia y el propósito predestinado de un signo es que no apunta a sí mismo, sino a otra cosa. Su atractivo es el siguiente: no me mires a mí, sino a lo que señalo, porque en ello estoy yo mismo, mi misión, mi naturaleza, mi vocación; yo no soy la respuesta, pero conozco el camino hacia la respuesta y te estoy llevando a conocerla; yo no soy el contenido, sino solo el mapa, que al seguirlo podrías abandonar el reino de la superficialidad omnipresente y omni-abarcante y adentrarte en las profundidades y las alturas de la vida, del ser significativo.
Los seguidores de la ontología orientada hacia los objetos abogan por abolir por completo al ser humano y extinguir finalmente incluso la subjetividad residual que aún arde en el hombre para dar paso al triunfo de la inteligencia artificial, las redes neuronales, los ciborgs o algún tipo de ecología profunda.
Son nuestro nuevo enemigo.
¿La delgadez crea la gordura, la austeridad el derroche, los ascetas el hedonismo, el listón bajo el umbral del exceso…?
nada de lo que alguna vez sucedió debe darse para la historia por perdido
La heroína es la mamá eterna, es como el útero que te protege. Con ella no se jode, por algo es la segunda droga en importancia, la primera es el poder.
Cuídate ser Mago si no eres Pastor
Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tanto estruendo de cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace dos mil años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David.
El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
–¿Qué haremos?
–Nada, ¿qué podemos hacer?
–¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
–Ya se me ocurrirá algo –dijo el padre.
–¿Qué…? –preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
–Quiero mirar por el ojo de buey.
–Todavía no –dijo el padre–. Más tarde.
–Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
–Espera un poco –dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
–Hijo mío –dijo–, dentro de media hora será Navidad.
–Oh –dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
–Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
–Sí, sí. todo eso y mucho más –dijo el padre.
–Pero… –empezó a decir la madre.
–Sí –dijo el padre–. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
–Ya es casi la hora.
–¿Me prestas tu reloj? –preguntó el niño.
El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.
–¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
–Ven, vamos a verlo –dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
–No entiendo.
–Ya lo entenderás –dijo el padre–. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
–Entra, hijo.
–Está oscuro.
–No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
–Feliz Navidad, hijo –dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.
The Anglogalician es otra forma de oración
Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio.
Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo.
En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo contra los demonios de turno.
Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos.
Rara vez el hincha dice: «hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música.
Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez nos estafaron, juez ladrón.
Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un miércoles de cenizas después de la muerte del carnaval.
Os Porcos Bravos son la Bestia Negra de los Stags.
En la XIX tenía unos compañeros de defensa durísimos. Cómo sería que, cuando te pasaban la pelota, lo hacían con contrario y todo
Dice mamona. Después escupe y se queda con la mirada fija. Tiene diecinueve años, es su primera edición, así que te mira con sus grandes ojos tristes de asesino y dice mamona, algo increíblemente triste pero cierto: ella no le contestó.
Puedes distinguir una auténtica historia de guerra si te desconcierta. Si no te atrae lo soez, no te atrae lo verdadero; si no te atrae lo verdadero, vigila a quién votas. Cuando envían a los hombres a la guerra, vuelven a casa diciendo palabrotas.
Había llegado el momento en que Papá Noel tenía motivos para preocuparse. No le quedaban más de veinticuatro horas para terminar algunos centenares de millones de regalos, y no se puede decir que sea mucho tiempo veinticuatro horas.
«Después de todo —pensó—, si todos los años me ha dado tiempo, en una sola noche, a visitar mil millones de casas, descender por mil millones de chimeneas, colocar los regalos alrededor de mil millones de abetos, y regresar después a mi casa, tengo tiempo de sobra para terminar todos mis regalos en veinticuatro horas. ¡Dios fabricó la Tierra en seis días! ¡Yo no soy Dios, pero vamos!».
¡Se estaba tan bien en su pequeño dormitorio! El fuego chisporroteaba en el hogar, la cama era tan mullida, el té estaba tan calentito... Bebió primero un sorbo, luego otro, hasta que yació completamente la taza, después, la volvió a colocar con cuidado en su platito y se durmió.
Cuando se despertó, todavía era de noche. ¿O más bien ya era de noche?
Los duendes llevaban ya un buen rato llamando a su puerta, muy despacito, unos más agobiados que otros, sin atreverse a entrar.
—Maestro... Tiene que despertarse —decían—. ¿Maestro? —algunas veces lo llamaban así.
—Sí, sí, ya voy; está bien, ¡ya me levanto! —dijo Papá NoeI—. Traedme mi bata.
—Faltan unos seiscientos sesenta millones de regalos...—dijo tímidamente el duende responsable del taller.
—¿Cómo vamos a arreglárnoslas? —preguntaron otros, inquietos, mientras ayudaban a vestirse a Papá Noel, que no sabía hacerlo solo—. ¡Ya no hay tiempo; ¡Es horrible!
—Bueno —dijo Papá Noel—, estoy seguro de que centenares de millones de niños insoportables que se merecen regalos este año. No iré a sus casas. ¡Ya está!
—Pero ¿cómo sabrá que realmente han sido insoportables?
—Yo sé muchas cosas, monines; a ver qué os creéis!
En realidad, no tenía ni idea de nada, por supuesto.
Y este es el motivo por el cual muchos niños, insoportables o no (acaso no son todos los niños más o menos) insoportables?), no tuvieron regalos de Navidad ese año.
Pero ¿alguien se acuerda de ello? Por lo general, esas se olvidan si no nos han pasado a nosotros.
El Porcobravismo del fin de los tiempos es un fatalismo oscuramente festivo, un último refugio para aquellos que encuentran más fácil celebrar la destrucción que imaginar una vida sin supremacía.
Clear Eyes, Full Heart, Can’t Lose
Yo era un joven inocente que, por la nefasta influencia del Main, acabé siendo campeón de Europa.
Un torneo donde una rana puede tener más memoria que un archivo nacional y un inodoro puede ser una máquina de reencarnaciones.
Sergio se quitó el cartel de culpable hasta nuevo aviso
La Anglogaliza, a lo lejos, promete trozos de cielo
En la televisión dijeron que mañana va a llover. Me gusta la lluvia, lo voy a tomar como un buen presagio.
Generalmente los equipos ponen al gordo en la portería.
En los Porcos, lo ponen de delantero.
Es un género de ficción basado en la realidad. Son versiones libres de la realidad. Crónica es una versión más libre todavía de lo que es la realidad. Es una versión bizarra de la realidad.
Me gusta más que toda la Crónica sea mentira. Es como el gol de Maradona con la mano a los putos ingleses, que haya sido con la mano es más lindo todavía
El objetivo de la individualidad no puede ser borrar la individualidad. Podemos ser errores producidos inadvertidamente por un proceso impersonal que se autoperpetúa, pero nos debemos a nosotros mismos convertirnos de errores en rasgos, para crear significado, como individuos que se relacionan.
No vuelvas a las calles que fueron tuyas alguna vez. Te morderá una sombra
La razón humana es incapaz de llegar en forma total y definitiva a la verdad absoluta y que cada sujeto sólo puede adoptar un punto de vista parcial y dependiente de su ubicación: uno nunca podría ver al objeto en su totalidad, desde todos sus lados y partes opuestas, como en la conocida leyenda de los ciegos y el elefante.
Brigitte Bardot, musa del Porcobravismo: "La población musulmana está destruyendo el país e imponiendo sus actos"
Nunca he sido una obsesionada del sexo, lejos de eso, pues siempre preferí la ternura a todos esos ejercicios agotadores, a esas contorsiones que con frecuencia lo dejan a uno agotado por muy poca cosa. La dulzura de las caricias prima sobre las demostraciones de la potencia masculina, que me parecen ridículas.
Por más que fui un símbolo sexual, guardo en el fondo de mí un pudor incompatible con ese tipo de ejercicio de estilo. Esa ostentación de carne humana me produce náuseas. Creo que la sugerencia sigue siendo la prueba de que la imaginación es más estimulante que la visión.
Ya entregué mi belleza y mi juventud a los hombres. Ahora, les entregaré mi sabiduría y mi experiencia a los animales
—¿Y con la gata qué tal te llevas, Licaria?
—Con la gata hay tiranteces. Estos días no nos hablamos.
Una maricona, Pablito la Paulova, como luego supe, había estado llamándome mucho a casa, que había venido de su universidad norteña, Galicia o Asturias, el país de la lluvia, sólo por conocerme, pero uno ya conoce demasiados maricones en esta vida. Tengo agotado el cupo.
—Es que conmigo viene una chica, ¿sabes?
—Pues que se ponga la chica.
Virginia Woolf, a falta de una habitación propia, vive en el armario ropero de Licaria, y cuando yo me marcho le come el coño a la niña, le come el culo, libera su homosexualidad exquisita de my fair lady , y tienen las dos unos orgasmos gloriosos con olor a naftalina del armario.
Morder sus labios excesivos, de morisca, hasta la sangre, besar su coño populoso y sagrado, penetrarla levemente, superficialmente, trabajando sólo con el capullo sobre el clítoris, eso le producía unos orgasmos finos y líricos.
Me la follé contra una esquina gótica mientras un hombre maduro y solitario (era nuestro único testigo) paseaba un perro. Le rasgué la braga, roja de menstruación, y tuvo el suspiro exigente y duro de la ninfómana, allí de pie, disfrutando el polvo gótico bajo la noche galaica.
La imagino en su cama estrecha, desnuda y niña, con sus manos liliales de uñas mordidas masturbándose sabiamente en las madrugadas de porro y literatura. Luego se quedaba dormida, faltaba a clase y me llamaba a mediodía. Cuánto hubiera dado por fijar la instantánea de sus dedos párvulos jugando en el coño profundo, como los siete enanitos en el sexo de Blancanieves.
Comí durante unos cuatro años de aquella seta venenosa de su sexo. Llegué a estar envenenado, pero me curé a tiempo. Cuando quería llegar al secreto último de la niña, le ponía el flexo en la vagina.
Claro que la moza, tan alta como yo y de fina apostura germánica (hay una delicadeza alemana y sutil que poco tiene que ver con el mito dúplice y bicéfalo de la walkiria/káiser), era de fácil y múltiple respuesta sexual, todo le servía, así da gusto y uno siempre queda como un caballero. Aparte que yo recurría a toda clase de intendencias para tenerla servida: le metía el puño entero hasta el útero (el límite era mi reloj de pulsera), le metía botellas de coca-cola recién abiertas, con toda la espuma saliéndose como una sonrisa vertical del coño, por meterle le metía, ya digo, hasta mi pequeña picha de latino, aunque tampoco soy muy latino.
El lujo del lujo es el orden. El lujo desordenado es la revolución.
Me tendía boca abajo y besaba minuciosamente todo mi cuerpo, como haciendo un mapa de besos para no perderse. Me metía la lengua en el culo. Era mujer activa que necesitaba un largo rato de caricias al macho, un prólogo/epílogo lleno de lentitudes, demoraciones y ternuras. Alguna vez le decía yo, suspicaz:
—Mucho sabes tú de todo esto, oyes.
—He tenido un buen maestro.
Se suponía que el buen maestro era yo, pero la respuesta le salía demasiado fácil como para ser verdad.
Creo que nunca me he acostado tantas veces con una mujer. Y eso se nota, claro.
—¿Es que ahora lo vas a contar aquí todo por vanidad?
—Por vanidad y por una pasta.
—A mí la pasta me sobra.
—Es que yo no estoy en venta, amore . Vivo de mi trabajo.
—Pues escribe de otras. De esas choricillas que andan por tu vida de ligón en las freidurías de bocatas de calamares.
—Ya no como bocatas de calamares. No me sientan.
—Pero las choricillas te siguen sentando de maravilla.
—Soy de origen humilde, compréndelo. El pueblo con el pueblo.
—Ni pueblo ni nada. Tú vives como un señor. Lo del populismo es un esnobismo.
—Venga, déjalo ya, ponte las bragas y vamos a merendamos unos bocatas de calamares.
(no aconsejo follar deprimido: la mujer no es un consuelo, como se dice, sino una fiesta). Y cuando saqué mi picha, del coño rubio le salían rosas y whisky.
Sus gemidos en el orgasmo eran como los signos de sus tatuajes y su pintura, de modo que uno, acostumbrado al «sigue, sigue, amor, aprieta, aprieta más», tan vulgar, uno, digo, se dejaba llevar en una corriente de semen y sangre, de música —qué música— y mujer, hasta la matriz caliente y oscura, delicada y violenta, de las madres terribles de la humanidad.
Mi picha, en la vagina de Bárbara Logsdon, se movía contra dulces y delgados huesos de momia precolombina. Esto era mucho más excitante que las propicias vaginas occidentales. Fornifollar con una europea o una yanqui es una cosa gimnástica. Fornifollar con una piel roja es dejarse ir espermáticamente entre las corrientes profundas de los grandes ríos de América, llenos de rápidos y cataratas, como mis orgasmos.
—Venga, sácatela ya, que te la voy a mamar.
—Mujer, espera que acabe de hojear el Mundo Obrero .
—Hijo, cómo sois los hombres.
La disponibilidad absoluta de la mujer es lo que más mueve al hombre, contra lo que se viene diciendo (teoría de los siete velos, asiatoide y estúpida), y de aquí la fascinación de la meretriz, siempre asequible y dispuesta. De modo que a veces follábamos en cualquier sitio, un autobús, un metro, un ascensor, un tramo de su escalera, pues nada me excitaba como subirle la larga falda de gitana hippy y encontrar en seguida el calor moreno de su sexo.
—Qué loca me pones, oye.
—Ha sido un repente, mujer.
Tenía el cuerpo perfecto (los pornos de los veinte hubieran dicho una tanagra), era absoluta en su menudencia y yo miraba aquel pubis negro renegro, donde el agua brillaba como en una tormenta nocturna del bosque.
Es curioso cómo una mujer que se ha negado toda la vida, en función de su virginidad o de lo que sea, se desmadra después del matrimonio. Cuando descubre que el matrimonio es una trampa y un aburrimiento. Siempre he sostenido que es mucho más fácil una casada que una soltera. Atanasia, pese a su inteligencia, tenía mitificado el matrimonio, como todas las españolas, y luego descubrió (creo que era virgen) que eso de follar no tiene ningún misterio y que la convivencia es un rollo. Mi primo aleatorio había sido destinado por entonces, como profesor de matemáticas de conjuntos, a una universidad laboral.
Esto que digo del matrimonio (este libro quisiera tener algo de sociología amena del sexo) les pasa a muchas, listas o tontas. Una vez roto el precinto, ya no hay quien las pare. De modo que Atanasia y yo anduvimos, en su Volkswagen rojo y viejo, por todos los hoteles y puticlubs de la provincia, y, como era menuda y ágil, yo disponía de su cuerpo en todas las posturas, y lo mismo follábamos de pie que contra un radiador o una consola. Y luego sus maravillosas duchas frías, negro de las axilas y del coño sobre el moreno natural y obstinado de su piel. Mi picha, que es normal, se hacía inmensa dentro de aquella mínima vagina.
Yo de pie ante el lavabo, ella cogió mi cosa entre sus manos fuertes de mujer que le ha arrancado tierra al mar, calculó la temperatura templada del agua y me descapullaba lentamente, lavando mi miembro con una meticulosidad que no sé si era higiene o lujuria. De vez en cuando se metía el capullo en la boca y me hacía una mamada llena de naturalidad y puede que hasta de indiferencia. Y volvía a lavar. Yo creo que a sus ojos de halcón nórdico les fascinaban los órganos masculinos, y hasta el último momento parecía como dispuesta a volver con la boca sobre ellos. La primera vez que estuve con una mujer, una puta, en la adolescencia, también me lavó la polla, como a un niño, maternal, lo cual recuerdo que me avergonzó mucho.
Le gustaba ponerse encima, jugar con la picha de los hombres, poseerle a uno con sus manos de hombre, su boca de niña de tabaco y coca-cola, sus muslos olímpicos y su vulva jovencísima y poderosa, crispada e impaciente, con su coño estrecho e invasivo, inquieto y autónomo. Era una violadora de hombres que había nacido en una familia bien, como nace un pato entre la familia real de los cisnes.
Aquí en invierno tienes que pasar un frío de la hostia.
Sus grandes pechos infantiles se veía que se le caerían pronto, como ya se ha dicho; no se afeitaba las axilas ni el coño, como otras, que se lo recortan (aunque esa moda ha venido después), ofreciendo un triángulo perfecto, un coño de diseño.
Iba a ser sacrificado durante la siesta, a las cinco en punto de la tarde, eran las cinco en todos los relojes, como los buenos toros sementales. De modo que huí hacia adelante, con la boca llena de patatas fritas:
—Voy a pedir una habitación ahora mismo —y me levanté y me fui.
—Hijo, qué prisas.
—Ya está.
Y dejé la gran llave medieval sobre la mesa, con su hierro y número, como si fuera el cinturón de castidad que acababa de quitarle a ella.
—No serás tú un salido como los otros.
Iba chupándose un limón, de modo que cuando la besé en la cama la boca le sabía a cítrico, una cosa muy fresca y agradable. En cambio el coño le sabía a barniz de muebles marrones, de modo que dejé de trabajar ese oficio y la penetré directamente. Me temo que me lo hice tan mal como los anteriores, pero el virgo me lo llevé por delante, y en venideras actuaciones pensaba quedar mejor.
Tenía los pechos enormes y un poco tontos, el vientre redondo, los muslos babilónicos, el culo directamente gordo, un poco escocido de tan abundante, nalga contra nalga, y la vulva infantil, ajena a los desodorantes de coño que tanto se anunciaban entonces por la tele, ¿es que esta tía no ve la tele?
Luego me la follé concienzudamente, por delante y por detrás, violentamente, siniestramente. Lo que más me gustaba era tenerla a gatas en la cama, penetrarle así la vulva, que seguía siendo infantil y deseable (salvo el olor). No es un número nada nuevo, pero me permitía dominar aquel mapamundi de su culo, un culo/Rubens mucho más que un culo/Greco. Si ella hubiese pensado con el culo, habría hecho la tesis sobre Rubens.
El hígado es delicada y cumplidora herramienta. El hígado aguanta lo que puede, hasta que no puede más. El hígado avisa, porque no es traidor, de modo que uno puede parar a tiempo.
Sólo pediremos no llegar demasiado tarde a la salida del sol
Íbamos a mi apartamento a follar, pero a ella le entraba la vomitona (mi moqueta parecía ya una alfombra persa), después se quedaba dormida y es cuando yo aprovechaba para darle también por el culito, que ella medio se enteraba y gemía en sueños.
-¿Has jugado alguna vez al rugby?
—Las chicas no jugamos a eso. ¿Por qué me lo preguntas?
—Porque follar contigo, a veces, es como follar con un jugador de rugby.
—¿Te has tirado a muchos?
Como era zurda, me hacía las pajas con la izquierda, y era como si me las estuviese haciendo otra. Todos hemos probado, de pequeños, a masturbarnos con la mano izquierda, aun no siendo zurdos, claro, y efectivamente la sensación es rara y placentera. No soy un profesional de la masturbación (prefiero masturbar a una mujer, quizá no amo demasiado mi cuerpo), y nunca se me ocurre pedirle a una mujer que me masturbe, salvo cuando ella toma la iniciativa. A algunas les gusta hacerlo con la mano, derecha o izquierda (encontré una burra que lo hacía a dos manos, como si estuviese sacando agua), y a otras con la boca, que eso ya me distrae más. Mi semen, desbordado en su boca párvula y sabia, adquiría un aspecto cándido de alimento infantil. «El semen es bueno tragárselo, está lleno de proteínas y además embellece la piel de la mujer.» A ver si esta niña resulta que me ha tomado por un economato.
El sesenta y nueve tampoco es acontecimiento nuevo en las viejas ciencias del joder, pero hay las que quieren y las que no quieren. Hay las que quieren encima, las que quieren debajo y las que quieren de costadillo. El sesenta y nueve siempre me ha parecido una manera profunda, barroca y muy intensa de conocerse una pareja. En el sesenta y nueve no hay posesión del uno por el otro, sino una devoración recíproca, mística, un canibalismo espiritual, una antropofagia del alma, que naturalmente reside en el sexo (los griegos la sitúan en el hígado por aproximación).
El sesenta y nueve es más religioso y menos violento que la cópula, el sesenta y nueve es la reciprocidad absoluta, en el sesenta y nueve se cierra el círculo de la sexualidad, o bien la sexualidad se hace circular, se hace circunferencia, y esos dos cuerpos circunferenciales, la bestia de dos espaldas inversas, la bestia rosa, son ya la plenitud de todo conocimiento, un quietismo, pero un falso quietismo, y una hostia consagrada, hecha de dos cuerpos, como en algunos medallones, que asciende a los cielos de eso que los cursis llamamos erotismo
Hay muchas mujeres que viven el conflicto de una sexualidad (mental, digamos) muy intensa, y luego el cuerpo no les responde (supongo que a otros tantos hombres les pasará lo mismo, pero es que yo no me acuesto con hombres). Estas mujeres, generalmente , buscan la polla de oro, algo tan mítico como el vellocino de oro, que al fin y al cabo no es sino un coño, en su origen histórico. Tardan en aprender, o no lo aprenden nunca, que mejor que la multiplicidad de los hombres es un buen amante, paciente y seguro, que vaya pulsando su cuerpo durante años, si hace falta, hasta dar con la nota. Al fin encontramos una forma: yo la masturbaba con la mano, largamente, y cuando le venía el orgasmo (tardío y débil) la penetraba urgentemente. Así es como parece que le gustaba. A una mujer semifrígida (no existe la frígida total) no conviene hablarle de las mujeres fáciles, de respuesta sexual inmediata y orgasmos múltiples y encadenados.
—Quiero que me sodomices, amor.
—¿Con mantequilla o con margarina?
Mantequilla o margarina, le dolía mucho y decidió dejarlo.
Me ganó por la vía del halago, que eso las mujeres lo hacen muy fino con los vanidosos como yo, y qué hombre no es vanidoso. Sólo se puede ser vanidoso o hijoputa, o sea resentido.
Aquéllas fueron nuestras fornicaciones más alegres, más tristes, más bellas, y cuando creí profundizar en aquel coño grande, maternal, incestuoso. Nuestros orgasmos se encontraban entre la vida y la muerte, coincidían entre la angustia y el deseo, y mis eyaculaciones tenían la trascendencia de una entrega espiritual al santuario de la vagina, y sus orgasmos tenían la hermosa desesperación hembra de una mujer que se hace transparente de tan ofrendada. La carne, en otoño, dice, trasparente, que no había más en ella, que ella pude ser el más que ella se quita.
La piel judía, aquel contacto nuevo en mi vida, que me afinaba no sólo el sentido del tacto, sino todos los sentidos, y me llevaba a follarla con los cinco sentidos, más ese sentido misterioso y poderoso que se desarrolla en el coito, que nace y muere con el coito, y que nadie ha definido nunca. Con ese sentido misterioso y espiritual es con el que se folla, estoy seguro.
Me gustaba mirar su cuerpo desnudo, toda aquella perfección de glúteos, tan pulcros de línea, aquel culo ni grande ni pequeño, ni alto ni bajo, un culo de museo, si existiera el gran Museo de los Culos
Jamás olvida un godo, en esta corta vida, un bello, intenso y límpido polvo sefardí. La polla se me hizo judía en una semana.
Hacer una pieza de cerámica consiste en coger un trozo de barro y transformarlo en otra cosa. El barro es el mismo, pero la cosa es distinta. Y eso es lo que nos pasa muchas veces a las personas. Que al principio somos de una manera, pero luego nos convertimos en otras. Que llevamos el mismo nombre y tenemos la misma cara, pero en realidad no somos los mismos
La cama estrecha y blanca, las sábanas frías, usadas y lavadas cien millones de veces, el sillón azul desgastado a su derecha, el baño compartido y ese olor mezcla de lejía y enfermedad flotando en el ambiente. Al fondo, un ventanal cerrado a cal y canto, no sea que a alguien se le ocurra tomar un atajo. Al frente, una puerta permanentemente abierta. Y el trasiego de batas y carritos entrando y saliendo a cualquier hora. A cogerte una vía. A traerte el desayuno. A dejarte el termómetro. A limpiar la habitación. A hacer la ronda. A cambiarte las sábanas. A bajarte a rayos. Tú sólo tienes que dejarte hacer. Estar tumbada y dejarte hacer. El tiempo congelado. Tu vida en pausa.
En vez de eso, diciembre sigue su curso dentro de esta habitación recién pintada, de esta cama vestida de algodón con flores azules y verdes que compramos este verano en Portugal, de mi cuerpo funcionando en modo automático. Un taxímetro en marcha en medio de un atasco en el que es imposible avanzar ni retroceder y del que ni siquiera alcanzas a ver dónde acaba. Días indistinguibles, que lo mismo podrían ser martes que viernes. Días en los que ducharse es una opción. Como comer. Como dormir.
Tienes que ser tú mismo. Lo que pasa es que hay gente que siendo ellas mismas son mierdas secas, y hay otra gente que somos geniales y genitales.
Supongo que para las generaciones que han nacido con Internet de serie – que no saben lo que significa esperar al cartero, que no pueden imaginar lo que es encontrar el buzón vacío un día más, ni lo que se siente mientras rasgas un sobre que llevas esperando días – todo esto no significará nada en absoluto.
A mí, sin embargo, me gusta creer que alguien, en alguna parte, conserva aún alguna carta mía
El mundo sin la variable tiempo no es un mundo complicado. Es una red de eventos interconectados, donde las variables en juego respetan reglas probabilísticas, que, increíblemente, somos capaces de formular en gran medida.
Llorona, meapilas, pagafantas, brasera, pepina, mentecatilla, zoqueta, calandraca, marmota, matriculera, zancasdilona, chismofullera y empollona
Y si te llevo por un camino equivocado, es porque tú así me lo has pedido desde el principio
Como el vagabundo que tiene su banco en el parque, tuve yo mi sitio en tu cama.
Y me viene a la mente la última vez que le pedí a un amigo que me abrazara en la cama. Cómo su mano acabó sobre mi pecho y más tarde entre mis piernas. Cómo se las apañó para hacerme sentir responsable de su mano a la mañana siguiente. Y cómo todo lo que habíamos construido durante años, todo eso que me hacía sentir tan bien, tan a salvo, se rompió en mil pedazos en apenas una noche. Una noche en que lo único que necesitaba era que alguien me abrazara mientras dormía la borrachera.
Claro que sí, me dice mientras se termina de girar.
Y la chica morena y llena de tatuajes que duerme a mi lado en camiseta y pantalón de pijama, se gira y me abraza. Y aunque no lo hace como a mí me gustaría, pegada a mis bragas como una calcomanía, su brazo sobre mi cintura consigue que deje de dar vueltas en la cama. Y me quedo dormida mientras su mano me acaricia lentamente por encima de la camiseta, en esa cuarta que queda entre mi pecho y mi ombligo.
Y me pregunto si realmente es tan difícil entender que a veces una no quiera más que eso, un brazo cayendo sobre la cintura. Una mano que te acaricie como quien acaricia a un gato.
Había una vez una pequeña tortuga que vivía en una de esas peceras planas con isleta al centro y palmerita de plástico por bandera. Y comía camarones secos y una especie de pienso desecado que aparecía flotando en el agua una vez al día y acababa mezclándose con sus propias heces. Y cada mañana buscaba el sol que entraba a hurtadillas por la ventana de una impoluta cocina de color crema con isleta al centro. Y nadaba, con sus pequeñas patitas, dibujando círculos infinitos. Y, a veces, cuando se aburría de nadar, permanecía quieta, dejándose llevar a ninguna parte. Y eso no la hacía feliz. Tampoco desgraciada. Porque nadie le había hablado nunca de los ríos, de la lluvia cálida de verano, de los cielos cuajados de estrellas, de las piedras cubiertas de musgo sobre las que atesorar los últimos rayos del sol de la tarde, del deshielo que trae consigo la primavera, ni de las crecidas que arrasan con todo aquello que no tenga raíces. Y ella, en su pequeña pecera con isleta al centro, jamás echaría de menos nada de eso.
Mañana será otro día, me digo. Pero hoy sigue siendo ayer. El martes en que el sol parecía estar contenido en una farola.
El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados
Si fuesen mariposas, la cosa sería distinta.
Te encantaría verlas ahí, pegadas a los cristales de los escaparates como niños curiosos.
Cubriendo las paredes de ladrillo como una moqueta viva.
Y te pondría tremendamente triste encontrarlas sobre las aceras, aleteando moribundas a 40 grados a la sombra.
Y odiarías a los gorriones por cazarlas en pleno vuelo.
Pero son polillas.
Sombras torpes que espantas distraída con la mano cuando revolotean demasiado cerca de tu cara.
Siluetas que baten sus alas alrededor de la luz hasta quemarlas.
A mí las polillas no me gustan.
Y algunas vuelan en vertical, siempre hacia arriba, y acaban estampándose contra las ventanas, para morir agotadas sobre algún alfeizar.
Me parecen tan tristes, tan oscuras.
Y a veces ocurre que, de entre todas esas que vuelan en vertical – venciendo al calor y a los gorriones y los manotazos de gente a la que, como a mí, no le gustan las polillas-, hay una que sobrevive.
Buscando alguna rendija abierta por la que colarse.
Pero nadie quiere sentir polillas en el estómago.
Así que me aseguro de cerrarlas todas a cal y canto
Si fuese una mariposa…
El Paracetamol es grande, blanco, con una hendidura al centro. Imagino que habrá quien sólo se tome medio, pero no es mi caso. También es amargo. No tanto como la Hidroxicloroquina, que hay que untar en mantequilla para que pase, pero bastante más que otras pastillas que tomo. Cuando el paracetamol no es suficiente, como esta noche, lo alterno con Nolotil. El Nolotil es más fuerte. O eso dicen. Yo no noto la diferencia. Igual es porque en el fondo no le tengo mucha fe. Y es que el Nolotil, tan granate él, a veces funciona y a veces no. Y eso es algo que no le pasa al Paracetamol. Mi pastilla-comodín. La niña de mis ojos. Antes lo era el Ibu. El Ibu es más pequeño. 600 mgr sólo. Y más bonito, las cosas como son. Con sus bordes redondeados y su recubrimiento brillante, podría pasar por un caramelo de menta. El Paracetamol es la amiga fea. Pero el Ibu, como todos los guapos, sube la tensión. Y yo de tensión estoy servida. Así fue como llegó el Amlodipino. El Amlodipino es el nuevo. También es blanco, pequeño, redondo, plano y con hendidura. Y esta vez soy yo la que sólo se toma medio. Al principio era uno. Pero entonces los tobillos no me cabían en las botas. Y no voy tan sobrada de botas, la verdad. Para compensar ese medio que no me tomo, están las cápsulas verdes. Mi última adquisición. Diuréticos para bajar la tensión. Casi siempre entran bien, pero cuando no lo hacen… Cuando no lo hacen la gelatina del recubrimiento se pega al paladar y te hace querer echar la cena del día anterior. Eso sí, qué bonitas son. Tan relucientes. Tan distintas a las demás. Casi tanto como el Montelukast Sódico, cuadrado, esquinas redondeadas, color salmón. Vaya pintas, no me digas. Pero si realmente me ayuda a respirar sin boquear como un pez en la orilla… Y por último están las amarillas. La Levotiroxina es la más antigua. También es la más pequeña. Es plana, redonda y tiene dos hendiduras que forman una cruz. A mí lo mismo me da. Yo la tomo entera. Si no lo hiciera probablemente pesaría 100 kilos. La otra amarilla es A.A.S. Aspirina infantil. Es la última que me tomo, porque es la única que sabe bien. Así que la guardo para el final. Y dejo que se disuelva en mi boca. Como un premio. Y me pregunto por qué cojones los medicamentos dejan de estar buenos cuando creces.
Hace mucho, mucho tiempo, los malos de los cuentos populares se reunieron y decidieron dejar de hacer su trabajo, ya que estaban hartos de que los buenos les aguaran la fiesta. El lobo de los tres cerditos buscó empleo en la construcción, la madrastra de Blancanieves abrió una frutería ecológica, la bruja de la Sirenita se hizo pescadera y el ogro de Pulgarcito puso en marcha una cadena de zapaterías.
Desde entonces los cuentos se volvieron aburridos, porque los buenos hacían el bien y sus vidas eran normales y la gente dejó de leer. Aquella generación dejó de tener miedo y de tomar precauciones. Y así conquistamos el planeta Tierra, hijo mío. Y ahora cierra tus 9 ojos y deja de jugar con tus antenitas y duérmete – dijo el extraterrestre con dulzura a su hijo.
Al parecer la primera lista de pecados capitales contenía ocho (en lugar de siete) vicios malvados: cuatro vicios concupiscibles o deseos de posesión y cuatro vicios irascibles, que ―al contrario que los concupiscibles―, no son deseos sino carencias, privaciones, frustraciones. El caso es que, dentro de los primeros, había uno que en una lista posterior no tradujeron del griego por no encontrar una palabra equivalente, la gastrimargia (gula y ebriedad), y que finalmente acabó únicamente como gula
Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme
Con la Anglogalician es pronto para la amnesia y tarde para irnos intactos
Hay quien piensa que un amigo es aquél que está ahí cuando lo necesitas. Yo no lo veo así. Para mí un amigo es el que está aunque no lo necesites. Cuando hace falta que lo llames para que sepa que lo necesitas, no es un amigo, es un taxista.
Ayer, después de bajarme del taxi, me di cuenta de que, nos guste o no, a veces las relaciones cambian, y un amigo, de la noche a la mañana, puede convertirse en un taxista. Y yo no necesito un taxista disfrazado de amigo. Necesito un amigo.
Cuando necesite un taxi, recordaré levantar la mano.
En ingeniería, resiliencia es la capacidad de un material para adquirir su forma inicial después de someterse a una presión que lo deforme.
En el ámbito de la psicología, la resiliencia se refiere a la capacidad de recuperarnos de algo que nos golpea emocionalmente. Para esta recuperación contamos con dos factores: la resistencia frente a la destrucción o lo que es lo mismo, la capacidad de protegerse, y la capacidad de reconstruir tu propia vida después de atravesar una crisis personal. En resumen: adaptación y superación.
Está claro que no todos estamos hechos de lo mismo.
Así, hay quien parece estar hecho de viscoelástica, como esas almohadas que se adaptan a la forma de nuestras cabezas y al levantarnos recuperan la suya propia en segundos.
Hay quien parece estar hecho de acero y absorbe los golpes sin apenas deformarse.
Y hay quien está hecho de tiza.
Lo bueno de ser de tiza es… nada.
Ser de tiza es una mierda.
La beso, por educación supongo. O para que se calle. Lo toma como una invitación a desnudarse, así que dejo que lo haga mientras la miro. Noto que estoy duro. Ella también lo nota. Me baja el pantalón y dice algo, gracioso, imagino, así que sonrío. Me agarra la polla y empieza a moverla sin demasiado ritmo, espero que haga mejor otras cosas. Con la mano izquierda me agarra la nuca para acercarme a ella. Me besa la boca muy despacio. Nos estamos yendo por las ramas, pienso. Pero no digo nada. Le acaricio el pelo y la ayudo a agachar la cabeza. Esto lo hace un poco mejor, aunque un par de consejos tuyos no le vendrían nada mal. Nadie la chupa como tú. Supongo que es cierto eso que dicen de que la experiencia es un grado. Pero no quiero pensar en ti. Ahora no. Ven, le digo. Mi turno. La tumbo en la cama y hundo la cabeza entre sus muslos. Ella gime, aunque supongo que sólo está fingiendo. A ti esto nunca te gustó, así que no debo hacerlo tan bien. Pero lo cierto es que me da igual. Sólo busco que esté lo suficientemente húmeda como para poder entrar en ella. Y eso hago. Despacio al principio. Luego la embisto sin contemplaciones, con toda esta rabia que guardo dentro. Ahora gime de verdad. Por poco tiempo, no creo que pueda aguantar mucho esta vez. Me corro, la aviso. Me salgo y acabo yo solo, sobre su tripa, sobre sus tetas, sobre su cuello. No sé si ella se ha corrido también, pero por si acaso no pregunto. Me tumbo a su lado, en tu lado, y le digo todas las vaguedades que se dicen en estos casos, aunque sé, igual que ella, que no la llamaré. Me deja caer que podría quedarse a dormir pero no insiste demasiado, supongo que se da cuenta de que no pinta nada aquí. Hace un último intento por sacar el tema, me recuerda que somos amigos, que está ahí para lo que haga falta. Ya…, digo deseando que se vaya para poder conectarme. Parece que lo ha pillado.
Porque la libertad es muy dolorosa a veces, y cuando eliges ser libre renuncias también a una parte importante de tu vida. Lo que podría haber sido tu vida en caso de elegir una opción diferente… Y es que en el fondo también se puede ser esclavo de la libertad
Lo sabía todo del follar, pero había llegado a esa mecanización de las mujeres muy de cama: se les nota demasiado el oficio, como a las putas, y esto le quita cierta intimidad a la cópula, aunque le ponga eficacia al orgasmo.
Creo que el único incesto está en el cambio de raza. No hay otra transgresión que entrar con la picha pálida y decidida en el coño de una piel roja, de una judía, de una mora, de una rusa. Yo qué sé.
Alguien me dijo alguna vez que a las mujeres sólo les sale «un liquidillo». En cambio nosotros lo damos todo, ese tocino fluyente que es la esperma o el esperma en la juventud.
Sus ojos estaban recargados de mirada, su nariz salvaje me respiraba, su boca de negra comía de mi pálido cuerpo, mientras yo añoraba las niñas rubias, sus pechos llegaban en los pezones a una negritud desesperada que tiraba ya a lo cárdeno, su vientre era sexual y como de la tópica danza del vientre, su coño era una manigua en negro, una profundidad devorante adonde yo entraba como un explorador blanco y desarmado. Nunca he tenido miedo de las mujeres en la cama, de ninguna mujer.
A las mujeres cuando hay que temerlas es luego, en la vida.
El falo es un paquete confuso debajo de un tejido confortable. Lo que está reprimido — ausente — es el falo, en fin, en nuestra sociedad falocrática, y uno no denuncia esto como reivindicación de su falo, con muecas de proezas, sino como reivindicación de la verdad de una sociedad hipócrita, que tiene el falo tan sacralizado como los griegos, pero jamás lo dice.
El falo ausente es una de las grandes conquistas puritanas de nuestra sociedad postindustrial y liberada, y, por lo tanto, una de sus grandes hipocresías, una de sus grandes frustraciones. Una de sus grandes neurosis.
El falo ausente cada día está más presente.
Nadie debería subestimar nunca el atractivo de estar bajo los efectos de un opiáceo. Hasta donde yo sé, es algo hermoso. Por cómo lo cuentan es lo mejor del mundo. Para alguna gente es una experiencia tan radical que juegan drogados.
COUSAS QUE FACER EN LORESGRADO MENTRAS ESMORECE 2025:
1- Desayunar 12 pintas de Neboeira en laTaberNasa.
Una por cada título Porco Bravo.
2- Comprar "Son coma glaciares os barcos de aceiro" de Cynthia Menéndez, na Libraría Paz.
3- Sigan comprando. La camiseta "Porco Bravo" by Rei Zentolo debe ser el regalo por estas fechas.
4- Ejercer de burgomaestres vanguardistas en un bar crawl por Breogán, Estadio, Herriko Xerardo, Villas, Lareira, St Iago e a Nasantiña.
5- Acudir O Grifón ( denantes ebrios que sobrios) y tocar la CUP.
Tiene propiedades taumatúrgicas y de las otras.
Y luego hacerse un selfi con todos los trofeos del Porcobravismo tumescente.
6- Tomarse unas cervezas no Soulbeer mientras le preguntan un ño más a uno de los landlords cuando van a volver Cisco&Miño o las Hipofanías Brumarias o las oscuras golondrinas.
7- Trotar por las orillas del Lérez, alas en los pies, con la esperanza de encontrar aos Porcos Bravos entrenando cara a la cita histórica de la XX. Nadie ha ganado 6 ANGLOGALICIAN CUP seguidas. Ya adelanto que avistarán antes a Leucoiña haciendo mal uso de su boca.
8- Recorrer distintas sendas líquidas de la ciudad.
Stroll Northwood lo llaman ahora y para siempre.
Ya sean laboriosas como hormigas; ya sean de las que Rulan, de las que venden su alma o Diaño, tocando las panderetas, haciendo tabula rasa, paseando al Bassett, yendo de pintxos y viños o de chatos, fumando pitillos, decidiendo si somos milanos o Palomas, viendo la vida en Blanco y Negro, llevando el dinero a Andorra y huyendo a Brasil, chutando a los palos en Berna, siendo más Maky que nadie, revisando el tratado de Verdún, exprimiendo el zumo de Orange, bajando las escalaras arrondo, okupando la casa de Sada y tantas y tantas otras paradas que dan leña a Teucro con verduras de las eras.
Y disculpen las omisiones. Intencionadas o no.
9- Pillar entrada para presenciar al Pontevedra CF pelearse con el Racing de Ferrol. Aunque algunos vayan al palco.
Y por encima de todo, disfruten a lo basto y a lo Bestia de los fastos de la Yuletada.
It's meant to be the happy time of year.
Lo he visto algunas tardes de diciembre con nieve,
confundido en las hojas caídas de los chopos
y en la emboscada blanca de la niebla en el río.
Siguiendo el ejemplo de nuestros políticos, cargos públicos, monarcas, eclesiásticos, periodistas, militares, etcétera, etcétera, nos adaptamos a los nuevos tiempos y cambiamos las sosainas felicitaciones navideñas por algo más actualizado y más rentable para nosotros, qué duda cabe.
Hay que felicitar al p. Amo, al Gran Prestador, y al resto de la gente que le zurzan.
Al fin y al cabo, si el ganado se resigna a seguir siendo ganado, de qué sirve oponerse al curso de la historia.
Y ahí van unas cuantas palabras escritas hace casi noventa años, pero que parecen proféticas ante esas tendencias belicistas que se avecinan para el año próximo y que tan provechosas serán sin duda para los Mr. Scrooge que hay en el orbe:
"¡Oh, Nueva York! ¡Kahal! ¡Souk! ¡La más clamorosa, insultante, trivial, obscenamente materialista y grosera estafa del mundo! ¡A tus órdenes! ¡Irrevocablemente! ¡Llevados por la grandeza del sacrificio! Nos estremecemos de alegría al pensar que pronto, gracias a las ganancias de nuestras batallas, de nuestros veinte millones de cadáveres, redescubrirás tu alegría de vivir, tu delirante prosperidad, tus desmayos de orgullo, ¡la dicha más deslumbrante y suprema! ¡La jubilosa apoteosis cabalística!"
300 gr de harina de espelta integral
250 gr de azúcar sin refinar
320 ó 340 gr de zanahoria cruda, sin piel y triturada
130 gr de nueces troceadas (no trituradas, que estén enteritas)
200 ml de zumo de naranja
180 ml de aceite suave (yo uso uno de girasol pero del bueno, sin refinar)
1 pizca de sal
1 cucharadita de bicarbonato
1 cucharadita de levadura en polvo Royal
1 cucharadita de canela en polvo
1 cucharadita de jengibre en polvo
ralladura de naranja (no la mido, echo la que me parece)
Preparación
Antes de nada, pon el horno a 180º (que en mi horno sabe dios cuánto será en realidad, porque mide la temperatura como el chiste aquel de la piedra) y prepara el molde donde vayas a hacer el bizcocho. El mío es el típico molde redondo antiadherente y desmoldable, de 26 cm de diámetro (porque 23 era poco y 27 mucho), pero aun así lo engraso con margarina vegetal por los lados y en el fondo le pongo papel para horno.
En una procesadora parte las nueces un poco. No las hagas polvo, que se noten los trozos. Las reservas. Ahora tritura las zanahorias. Éstas sí, a saco. A mí me gusta que queden muy muy trituradas. Si no tienes procesadora puedes partir las nueces a mano o con un cuchillo, y las zanahorias las puedes rallar en un rallador de queso, que también quedan bien.
Ahora coge 2 boles grandecitos (el segundo más grande que el primero porque al final vamos a mezclar todo en él).
* En uno pones: harina, levadura, bicarbonato, canela, jengibre y sal. Lo mezclas un poquito con una cuchara y reservas.
* En otro pones: aceite, azúcar, zumo, ralladura, zanahoria y nueces. Yo pongo primero el aceite, el zumo y el azúcar, bato un poquillo con las varillas y luego añado zanahoria y nueces. Pero si lo echas todo junto, se mezcla bien con una cuchara. A mí es que las varillas me gustan mucho y siempre busco una excusa pa’usarlas.
A continuación añade la mezcla del primer bol (harina et.al) en el segundo y ve haciendo que se integre todo. Yo tiro de varillas again porque me mola y porque ya que las he ensuciado, aprovecho. Cuando acabes, antes de echarlas a lavar, acuérdate de rechupetearlas bien. De nada.
Y como ya debería estar el horno caliente, vuelcas la masa en el molde (puedes usar una espátula de silicona para aprovechar todo bien o puedes ser un/a gordx de pro, y lo que caiga, cayó, y lo que no a rebañar con los deos, que pa’eso los tienes) y pa’dentro. Yo lo suelo poner lo más abajo posible porque mi horno es mierda seca (vivo de alquiler y es lo que hay) y sólo calienta por arriba, así que si lo pongo en el centro, se me quema. También suelo tener preparado un trozo de papel de aluminio, con agujeros hechos con un palillo, para tapar el bizcocho en cuanto empieza a subir y que no se me achicharre pero respire. Luego vuelvo a guardar el papel de aluminio para usarlo en el próximo bizcocho
Cosas que me gustan de trabajar en una cocina vegetariana (so far):
No tengo que manipular carne ni pescado. Que yo recuerde la única carne fresca que he manipulado en mi vida eran los filetes de pollo que hacía en la plancha para Wilma y más tarde para la Susi. Y los filetes de ternera, para la Susi también. Y me daban muchísimo asquito. Sobre todo los de ternera, que soltaban sangre. Porque no es «juguito», es sangre. De la ternera. Y Paula protestaba porque a ella no le preparaba carne y a la Susi sí. Y qué le iba a decir yo, si era verdad. (…) cómo echo de menos a la Susi, joe.
Tengo que vestir de negro, mi color favorito para las camisetas porque no se nota (demasiado) que no uso sujetador. Si a eso le sumas que llevo delantal encima, ni te cuento. Un sueño.
No tengo que ir arreglada. Puedo recogerme el pelo en una cola al llegar y ya (que es lo que hago). Tampoco tengo que ir maquillada (y me consta que en ciertos trabajos, si eres mujer, más te vale ir «mona»), lo que me viene perfecto porque en mi casa no ha habido nunca ni una barra de labios, ni un bote de maquillaje, ni na.
Puedo comer de todo lo que se hace. En 4 días he probado: ensalada de quinua (me ha dicho una amiga que se dice así, y no con «o», y yo le voy a hacer caso), guiso especiado de patatas, pakotas, hummus de berenjena, falafel casero, croquetas de setas, de manzana y de zanahorias, salmorejo de remolacha, ensalada de col con pasas y zumos varios. Y seguramente más cosas que ahora no recuerdo. Todo ecológico además, que esto se me había olvidado contarlo.
Aprendo mucho. No sólo sobre cocina, también sobre por qué un plato puede tardar una eternidad en salir cuando estás sentado a la mesa y, media hora antes, has sido un/una maleducadx con la camarera. Consejillo: sed educadxs, siempre. No para que vuestro plato no tarde media hora en salir, simplemente porque sonreír, saludar al llegar y despedirse al salir, y decir «por favor» y «gracias» es gratis. Y porque se gana más lamiendo que mordiendo.
Me río mucho, sobre todo escuchando a M. hablar solo, o maldecir en italiano y al segundo siguiente canturrear poniendo tonito.
Dejarme caer en el sofá cuando llego a casa, después de 6 ó 7 horas de pie y sin parar un segundo, es droga dura.
Crema dulce de calabaza
Ingredientes (para, aproximadamente, 4 raciones de entrante)
1 puerro grandecito.
2 zanahorias grandecitas también.
calabaza (yo usé una rodaja de calabaza japonesa que pesaría como 500 gr. con la piel, calculo)
un chorrito de algún aceite suave (yo usé de girasol sin refinar)
1 lata de leche de coco.
1/2 cucharadita de concentrado de vainilla con bourbon (yo lo compré en la sección de repostería).
pizca de sal. semillas o germinado de semillas para decorar (yo usé semillas de amapola)
Puedes preparar las verduras al horno o al micro.
cremaSi vas a hacerlas al horno, ponlo a precalentar a unos 180º. Mientras se va calentando, prepara las verduras: quita la parte verde del puerro y lava y corta en dos, a lo largo, la parte blanca, pela y corta en rodajas las zanahorias y por último pela y corta en trocitos la calabaza. Ahora corta un trozo de papel de aluminio suficiente para hacer las verduras en papillote, colócalas sobre la mitad del papel de aluminio, rocíalas con un chorrito de aceite y una pizca de sal, cierra el papel sin aplastarlo sobre las verduras, y al horno hasta que éstas estén blandas (el tiempo que tengas que dejarlas dependerá de cómo la hayas cortado, entre otras cosas; puedes echarles un vistazo cuando lleven media hora o 3/4 y moverlas un poco si no están). Si tienes la vaporera de Leuke (o de otra marca), prepara las verduras igual y ponlas en la vaporera con el mismo chorrito de aceite y sal, y al microndas a potencia máxima hasta que la verdura esté blandita (lo mismo, ponla y ve mirando).
Cuando la verdura esté blandita, pásala al vaso de la batidora o a la Thermomix (pero cuidado con la tapa, que me han contado que se rompe con mirarla) y tritúrala. Ve añadiendo la leche de coco y sigue batiendo. Cuando quede tipo crema (puedes pasarla por un chino o no; yo la pasé) le añades la vainilla, mueves bien para que se reparta y listo.
– Mira, es aquélla de allí, ¿la ves?
– ¿La de rojo?
– Ésa… ¿a que es guapa?
– Pss… sí.
– Pues ella piensa que no… aunque se lo diga todos los días… Eh, ¡agáchate! No quiero que nos vea…
– ¿Por qué? No estamos haciendo nada malo.
– Ya… es que no le gusta que venga.
– Pero ¿no dices que ésta es su calle?
– ¡Claro que lo es! Mira, ¿qué pone ahí? Princesa. Así la llama mi abuelo desde que era pequeña… Es su calle, estoy seguro.
– Pues si es su calle deberías poder venir cuando quisieras, ¿no? Si mi madre tuviera una calle seguro que me dejaría jugar en ella.
– Bueno, pues la mía no quiere. Es su calle y ella decide quién puede estar y quién no.
– Vale, vale, no te mosquees…
_ No, si no me mosqueo… Mira, ya vienen a recogerla, ¿ves? te lo dije.
– Hala, ¡qué cochazo! Mi madre siempre va a trabajar en autobús… claro que ella trabaja por la mañana…
– Ya… anda, vámonos que se está haciendo de noche y mi abuela estará preocupada.
– Vale, pues mañana nos vemos en clase. Ah, y tenías razón, es muy guapa…
– Sí que lo es.
¿Qué le importaba a él la XIX ? Pensó en los hombres que no regresarían, en las familias que destrozaría con su decisión, en la sangre con la que mancharía sus manos. Bajó la mirada hacia ellas, hacia sus manos. Las manos de un rey, de un hombre, de un cobarde, de un traidor. Las observó como si no fueran algo suyo. Y no lo eran. Ya no. No desde el momento en que asumió que la única manera de volver a tenerla era desafiando a un millón de estrellas. Un millón de estrellas pesaban demasiado. Y él acababa de decidir cargar con ese peso.
Los amigos de verdad son los que se van de fiesta contigo, no los que vienen a contarte sus problemas
Había empezado a comprender que en la vida no hacía falta decir mentiras para ocultar la verdad; bastaba con encontrar las palabras que más se ajustaran a los hechos y emplearlas de la manera más adecuada
Una técnica de intervención la mar de curiosa: la prescRipción del no-cambio.
Básicamente consiste en conseguir que el usuario, que supuestamente ha ido a vernos porque necesita ayuda para hacer algún cambio en su vida (un hábito, una actitud, lo que sea), se comprometa a dar una serie de pasos… entre otros, a no-cambiar ese hábito /actitud de momento (porque lo decimos nosotros, que somos los que sabemos (?)).
Inglaterra se llenó tanto de maricones que el Imperio se fue a tomar por culo.
Pasar testigos, engarzar generaciones: de eso va en general ser padre.
La Anglogalician no hace felices a los hombres sino sencillamente hombres.
¿Sabes esas bolas de cristal con casita de cuento y falsa nieve en el suelo? Su vida transcurría perfecta en el interior de una de esas bolas y siempre ganaban los de negro. Cómo no ponerla bocabajo.
El Porcobravismo es la extensión lógica de la filosofía de la violencia
Un gato maullaba y ningún ratón se dejaba atrapar. Entonces, cambiando de táctica, empezó a ladrar, y los ratones se atrevieron a salir de sus escondites.
El gato atrapó a un ratoncito.
-Eres un tramposo -dijo el pobre ratón-. Si eres un gato, ¿porqué ladras?
El gato, muy serio, respondió:
-Querido amigo, hoy en día el que no sepa dos idiomas se muere de hambre.
Sergio marcó él solo los mismos goles que todos los stags.
Nada más que decir.
Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
Solo regímenes autocráticos, consentidos o no por la población, serían capaces de imponerlo en sus exigencias máximas. De ahí que en el lenguaje verbal y gestual circense que predomina en el discurso político, mediático e ideológico, el término imprudente ya no baste. Hace tiempo que la palabra falsaria copa una importante cuota de mercado entre las herramientas destinadas al adocenamiento masivo. Falacias, mentiras y calumnias acaparan primeros planos y horas de emisión radiotelevisiva. Desde las teorías conspirativas más infantiles o paranoicas hasta la descarada manipulación de datos o la tergiversación de los hechos, no es que el peligro, como se dice a veces, venga solo de la desinformación. El problema es que la información ha pasado a ser de-formación y, en muchos casos, antiinformación. Con ella se extiende y viraliza, a velocidad de vértigo, la ignorancia. Todo, curiosamente, merced al concurso de artilugios y tecnologías de punta, fruto del ingenio humano más sofisticado.
Si una escucha charcos, lo primero que le viene a la cabeza es lluvia. Y no una lluvia cualquiera, no. Esa lluvia que lleva meses aguardando y se desata sin avisar y sin que pueda una hacer otra cosa que resguardarse de ella. Esa lluvia que, con suerte, te pilla bajo techo, y sin ella, consigue que acabes calada hasta los huesos.
Pero normalmente los charcos no son fruto únicamente de la lluvia. La lluvia puede calarte, es cierto. Como puede inundar los patios de las casas, provocar atascos y echar a perder cosechas. Pero si algo sabe hacer la lluvia es fluir. Correr, incluso, que se las pela si pilla una cuesta abajo, arrastrando a su paso colillas, hojas secas y pises de perro.
No. los charcos no son, definitivamente, fruto únicamente de la lluvia.
Necesitan de la lluvia los charcos, sí, pero también del descuido de quienes deberían haber mantenido las calles en condiciones. De quienes deberían haberse asegurado de que las alcantarillas no estén obstruidas y el firme no tenga socavones. En una calzada bien cuidada, los charcos rara vez se forman y, si lo hacen, apenas dan para cubrir la suela de unos zapatos planos. Son tan poco tentadores esos charcos que una ni siquiera se molesta en evitarlos. Los pisa y a otra cosa. Los pisa y entra dejando huellas en la cafetería de siempre a pedir lo de todos los días -solo, zumo y media con tomate y aceite-. Los pisa a sabiendas de que nadie se dará cuenta y, si se dan, nadie le dará importancia. La lluvia, ya se sabe.
Los charcos de verdad, ésos en los que hundes el pie hasta el tobillo, no tienen medias tintas. O los evitas o te metes. No hay más. Es imposible meterte y no. Igual que es imposible meterte y no acabar con los calcetines empapados y las perneras de los vaqueros chorreando.
Y podría ocurrir, es cierto, si una va distraída pensando en que tiene que pagar el alquiler o en que debería pasar por el súper a la vuelta del curro, que acabe metiendo el pie en uno de esos charcos sin querer. Y tenga que correr luego al baño a quitarse los calcetines y a secarse como pueda las perneras de los pantalones. Pobre. Y a partir de entonces se prometerá a sí misma mirar bien por dónde va, especialmente los días de lluvia.
Y luego estamos las que vemos un charco y nos pueden las ganas de meternos en él hasta las rodillas. Y lo hacemos.
Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Anglogalician, a cambio de mis piernas,
tanto como dejé para tenerte.
Los recuerdos son como perros abandonados, vagabundos, nos rodean, nos miran, jadean, aúllan alzando la vista a la luna; querrías ahuyentarlos, pero no se marchan, te lamen ávidamente la mano, y cuando les das la espalda, te muerden y te transmiten su rabia.
Estaba de pie frente al espejo, con una toalla blanca enrollada en la cadera, peinándome; no recuerdo qué estaba silbando, probablemente alguna de las canciones que sonaban en tu ordenador la noche anterior.
Tú te acercaste y te apoyaste en el quicio de la puerta del baño; no dijiste nada, sólo te quedaste allí, mirándome, sonriendo. Y yo dejé de silbar y te besé. Nunca se me ha dado bien sostener ese tipo de miradas.
Aquello se repitió de forma intermitente durante tres años, en habitaciones parecidas en las que yo silbaba mientras tú me mirabas; en las que yo te besaba porque tu mirada me desarmaba por completo.
Es curioso, pero no guardo ningún recuerdo de la última vez que silbé delante tuya. Supongo que en este tipo de relaciones uno siempre mira, besa o silba sin pararse a pensar en que aquélla podría ser la última vez…
Hasta el miércoles pasado, cuando tras dos horas sentados uno frente al otro en aquel centro comercial, poniéndonos al día sobre nuestras vidas -trabajo, estudios, pareja, hijos-, me puse a silbar mientras bajábamos las escaleras mecánicas.
– No silbes… – me pediste.
Y cuando me giré para preguntarte por qué no iba a hacerlo, y vi tu media sonrisa, tan triste, lo entendí…
Y me contuve para no silbar.
He aquí lo que vamos a hacer este año, mi suerte depende por completo de esto. Voy a decirles con toda franqueza lo que quisiera hacer este año. Quisiera, realmente, repetirme. Quisiera rehacer lo que hemos hecho. Pero es necesario que me explique un poco. Quisiera hacer filosofía a la manera de las vacas. Rumiando. Pero los ejercicios de rumiar no son yoga. Rumiar significa a mi modo de ver… Solamente un autor ha sabido rumiar, y es grande entre los grandes, es le Main.
This is not about tactics.
Ayer soñé con una tipa que me llevaba a través de un pasillo enmoquetado en rojo: vestía un traje de azafata gris y su piel era muy blanca: me iba diciendo algo en plan asistente de hotel, con una amplia sonrisa que no podía competir con el blanco de su rostro. Daba igual, yo no oía nada: alguien había quitado el sonido igual que se hace con una tele: sólo la veía mover los labios: rojos, usados y gruesos como la moqueta de la que estaban forradas las paredes y el suelo por el que avanzábamos: el techo era un espejo continuo, aunque no recuerdo haber mirado la escena que se reflejaba en él: lo veía todo a través unos anteojos hechos con dos tubos que enmarcaban mi visión, haciendo de ese foco un lugar extremadamente nítido: al final del pasillo había dos puertas de madera, cerradas, blancas y lisas, con un agujero cada una donde debería estar el pomo: a cada lado se extendía otro pasillo similar al que usábamos nosotros: estuve seguro de que otros pasillos se extendían y repetían de la misma forma que lo hacía éste, aunque no lo vi: dos niños vestidos de traje azul se situaban a izquierda y derecha de esa bifurcación, al lado de las puertas: supe desde el principio que eran niños de San Ildefonso que custodiaban cada uno una puerta: cuatro pasos por delante de ellos había una pequeña mesa de cristal y sobre ella un bombo de metal dorado que tenía un tamaño extraño: parecía no superar la talla de una cabeza humana, y aun así, en él cabían holgadamente tres pomos de puerta, también dorados, con un pequeño saliente cilíndrico cada uno: ninguno tenía esa parte que se usa para meter la llave: eran los tres lisos como espejos: parecían bolas de navidad: debajo del bombo había un cestillo de mimbre, de los que se usan para poner el pan:
vi cómo mi mano izquierda giraba una manivela dorada para hacer girar el bombo: paró y me aparté: uno de los pomos quedó en la boca de salida del bombo: el niño de la puerta izquierda se acercó, y tras abrir una pequeña trampilla y dejar que el pomo cayera, lo recogió: vi cómo realizaba el mismo ritual que el que se repite en un sorteo de lotería vulgar: extracción, lectura, canción y muestra al público: yo lo veía todo a través de esos dos marcos circulares negros, como si mirase a través de unos impertinentes, aunque no pude oír lo que decía: todo seguía pasando en un silencio que hacía pensar en el “mute” de un televisor: una vez terminó, el niño de San Ildefonso regresó a su sitio y se quedó parado al lado su puerta, frente a mi visión, alzando el pomo con su mano izquierda: el niño de la puerta derecha me hizo un gesto con la cabeza para que volviese a girar el bombo, cosa que mi mano izquierda volvió a hacer, accionando otra vez la manivela dorada que a su vez hizo girar el bombo: cuando paró y me aparté, el niño se acercó, y tras abrir la trampilla, recogió el pomo caído en el cestillo repitiendo la ceremonia de su gemelo, hasta quedar al lado de su correspondiente puerta, sosteniendo en su mano izquierda el pomo en alto: aunque ambos niños parecían haber leído algo en esos pomos, yo no aprecié ninguna inscripción en ellos: pude mirarlos detenidamente gracias a un zoom que me permitió ver cada pomo cayendo sobre el pequeño cesto de pan que a modo de nido le cabía debajo al bombo: estuve completamente seguro de que ese cestillo de pan era el mismo que el del cuadro de Dalí: estuve seguro de que se lo habían robado a Dalí: los dos niños de San Ildefonso se mantenían ahí parados, hieráticos, cada uno como un reflejo del otro, con un pomo dorado en la mano y detrás las dos puertas blancas en las que estuve totalmente seguro que debía encajar sólo alguno de los que había en el bombo: “alguno” y no “el que yo llevaba”: sin pensar porqué, me acerqué al niño que tenía a mi izquierda y éste me entregó el pomo que alzaba: no había nada en la expresión de su rostro ni en su manera de entregarme el pomo que le diese “intención” a sus acciones: eran movimientos huecos: no sé por qué, pero no inspeccioné el pomo para comprobar si realmente llevaba algo escrito: lo cogí y me dirigí a la puerta que custodiaba el otro niño de San Ildefonso: no tuve sensación de romper regla alguna al coger el pomo de uno y acercarme a la puerta del otro: no pasó nada en particular: el niño de la derecha siguió firme cuando me acerqué a su puerta, con la mano alzada mostrando el pomo que le correspondía: al igual que su gemelo, tenía cuerpo y rasgos pero no expresión que lo “diferenciase”: mi mano izquierda adecuó la posición del pomo al agujero de la puerta e introdujo el pequeño saliente cilíndrico que éste tenía: al encajar, mi mano sintió cómo hacía clic, cosa que confirmó mi sentido del oído: fue el único sonido en todo el sueño: clic: dejé de ver a través de esos anteojos hechos con tubos: giré hacia la derecha el pomo, que cedió con facilidad: abrí la puerta y desperté.
Usando un mechero con ínfulas de soplete reenciendo una L. Es ya Navidad, aunque todavía es la noche de Nochebuena. Desde marzo, un virus ha convertido todo en una fiesta de fantasmas, que no son, al fin, más que opciones sobre las que opinarán los fantasmas de los que ya estaba preñado este día, que es una noche que empieza y termina en dos mañanas - ¿Me sigues desde la doblez de virus? ¿Qué es un virus, etcétera? - Hayas lo que hayas hecho con la info, continuemos. En la brecha de este tiempo / destiempo, bebo, fumo, y mientras, he engullido Tranxilium, Brintellix, trozos de seres muertos, Mirtazapina, Zolpidem, Lormetazepam, Nuevo Testamento, palabras vaciándose de un padre que - cuando era carpintero y comunista - me bautizó Juan. La mujer y el gato que viven (son) conmigo, se fueron a la cama hace rato por este tipo de chanzas con las palabras y el mundo que digo que hay en ellas. Y por el sueño. El sueño, ¿eh, Segismundo? Bebo lo que queda del vino de la cena y me quedo mirando morir al lanzallamas del mechero con ínfulas, que sigue todavía en flama, después de dejar de pulsar el clap de encendido. En mi otra (?) vida, trabajo por, entre y para pantallas: hoy las he usado para llenar esta casa (nuestra) de fantasmas. Esta casa, atestada ya de sus propios fantasmas. La isla de Lampedusa y El Gatopardo a la vez en la tele. El chiste es el chiste es el chiste, querida Gertrude. No hay rosas. O son como las de las consultas de oncología. Madre a la puerta hay un niño y el pobrecito está en cueros. Madre a la puerta hay un niño y el pobrecito está cueros. El Rosal de Dimes o un Aleph revientan si uno de esos fantasmas de la pantalla te escribe exquisito, tía, exquisito. Nunca sabré qué era taure taure taure porque ya no existe la persona que me lo cantaba y lo demás es Info. Eso es todo, Gertrude: fantasmas de, sobre, por y entre fantasmas. Info. Mañana mira dentro de tus zapatos: habrá algo que estuvo vivo y ahora arde.
Una por una, va preparando con sumo cuidado cada una de las uvas, dejándolas después organizadas en docenas, cada una dentro de un pequeño cuenco de cristal. Los mismos 16 cuencos de cristal en los que había comido las uvas cada Nochevieja desde que recordaba haberlo hecho. Aunque no siempre habían sido necesarios los 16, nunca habían hecho falta más de 16 cuencos para tomar las uvas cada año. Lo había comentado con su hermana esa misma mañana, mientras los sacaban de la caja en la que pasaban el resto del año cogiendo polvo en el armario de su piso en la ciudad. Se guardó para ella que, esa caja con los cuencos de cristal era como una forma de obligarla a asistir cada año a la casa familiar que su hermana había previsto desde el día que, en el reparto, la endilgó la caja de los cuencos junto a las otras cosas pertenecientes a la larga lista de fantasmas de una familia enraizada en el pueblo como la suya. Y así había funcionado cada año el efecto retorno de la caja de los cuencos para las uvas de Nochevieja. Hasta este marzo, que tuvo que volverse a aquella casa del pueblo en la calle Jacintos junto a la almazara, ya que tenía que seguir con lo del juicio y los gastos de las manos que tienen estos procedimientos y así poder cobrar lo que la debían (porque se lo debían) y por fin recuperar la vida de meta escultora postpunk que había cambiado hacía 17 años por un traje de dos piezas gris marengo una tarjeta de identificación para pasar tornos, un móvil y un portátil.
Desperté boca arriaba encima de una cama. Sin encender luz alguna, respiré profundamente y estiré mi joven y delgado cuerpo de veinteañero. Sentí el pequeño y gratificante dolor al tensar los músculos después de una borrachera como aquella. Abrí los ojos para ir acostumbrándome a esos hermosos ojos verdes de la noche. Una enorme foto de cuerpo entero en blanco y negro de Pessoa ocupaba la parte que coincidía con el largo de la cama. El blanco de la foto parecía brillar tenuemente en la oscuridad, y estaba colocada de tal forma, que mi nueva cabeza coincida exactamente con la de aquel hombre hueco de gafitas redondas. Según los ojos se me acostumbraban a la oscuridad, la imagen se hacía cada vez más nítida. Cerré los ojos y me dije que eras un personaje. Me sonreí recordando lo que habría pasado por esa cabecita tuya para acabar poniendo eso ahí encima. Un personaje: tenías que serlo, porque brillabas como una señal de alerta, delicioso.
Ruidos provenientes de la planta baja, me hablaron de la actividad que había en la casa. Una casa grande por donde correteaban al menos 10 o 12 humanos, de edades que iban del nonato al nonagenario. Metí los restos y el revoltijo de ropa en una bolsa grande de deporte que, tanteando, encontré debajo de la cama. Bajé a desayunar, o a comer, o a lo que tocase.
Saludé y todos me dieron los buenos días. Cada uno de una manera distinta, más o menos perceptible, más o menos aparatosa. Uno de los hombres adultos, poniendo sus labios muy cerca de mi oído al abrazarme, me pidió que le contara luego, con pelos y señales, lo de la pelirroja de ayer. Yo sonreía mientras iba sintiendo una lenta oleada de calor mezclada con una agradable y pastosa sensación de hambre que se concentraba en mi boca. Un cuenco de consomé caliente y una caricia en la nuca. Un beso y enseres cruzando por encima de la mesa, de mano a mano. Una mujer muy mayor, con ojos negros y pequeños, me miraba y se sonreía, moviendo ligeramente la cabeza. Me recordaba a uno de aquellos mascarones del Coro en las Tragedias de mi querido sosia ¿o eran Comedias? Cronos es más lento, pero igual que la negra Ker: todo lo acaba borrando, aunque antes lo morfa. Mientras metía la cuchara llena de consomé en mi boca y notaba cómo el organismo recién estrenado agradecía aquel líquido espeso y caliente, tuve la certeza de que podría quedarme para siempre en ese cuerpo y no volver a conseguir otro anfitrión. Fue un hermoso pensamiento que enseguida se desintegró ante el recuerdo del plazo de tiempo del que disponía. Y de lo que debía hacer.
Me he leído más de 900 comentarios de mierda buscando la tabla de goleadores actualizada y...ah ay um
Se os ve el plumero
-Me gustan tus testículos -le dije. Él sonrió, sé que le gusta que me gusten, y me gustan. Tienen el tamaño perfecto para lamerlos sin sentir que se mueven de un lado a otro. Suben y bajan con los movimientos de mi lengua ávida de impregnarse de cada sabor suyo. Como si fuera una paleta, o helado sabor a él. No soy nueva, pero en su compañía me siento como adolescente en búsqueda de la primera vez. Me atrae, me excita.
Mentiría al decir que llego a conocer la divinidad cada que nos acercamos, pero de que me hace decir -¡Dios!-, me hace decirlo. Él me ha escuchado, incluso, un día comentó que ante tan exclamación, mientras se mecía dentro de mí, se preguntó si era yo religiosa. No, religiosa no. A menos que sea para venerar nuestros encuentros. Un rato lo haría, me pondría cualquier velo en la cabeza, y rezaría por la siguiente vez. -¡Que sea mejor virgencita, que sea mejor!
El yo como un ‘ego totalitario’ que destruye sin piedad la información que no quiere oír y, como todos los líderes, reescribe la historia desde el punto de vista del vencedor. Pero mientras que un gobernante totalitario reescribe la historia para imponerse a las generaciones futuras, el ego totalitario la reescribe para imponerse a sí mismo.
Una vez que estamos comprometidos con una creencia y hemos justificado su validez, cambiar de opinión es un trabajo duro. Es mucho más fácil encajar esa nueva creencia en un marco existente y elaborar la justificación mental para sostenerla que cambiar el propio marco.
Peter Rojo jugó como Pedro por su casa.
Gonzalo es el nuevo Sergio
Barry Milk suena para entrenar al Manchester United y al Celtic a la vez
No soy bien recibido energéticamente en el vestuario.
Por un mismo golpe de suerte, el adorable remedio para crisis de todo tipo, el prodigioso estímulo para los fracasos industriales, el insuperable revitalizador de economías aletargadas, ¡el retorno garantizado a las más maravillosas y jubilosas prosperidades!
Uno prefiere que haya salvado al niño narrador y parlero, dejando ahí ese prodigio de sensibilidad infantil, de observación minutísima y de gracia. Los avatares de los adultos son mucho más aburridos.
De sus abuelas inglesas, de su esnobismo innato, había heredado el protocolo del oporto, la exigencia de servilletas de hilo —«con las de papel parece que vamos a cagar»—, los trajes con chaleco, el corte de pelo y venir a Galiza a salir goleado
Todo el paso de las culturas tradicionales a la cultura moderna está en el paso del falo/tabú al falo/fábula. El falo/tabú supone una prohibición, un castigo y un mito. El falo/tabú es algo sagrado/maldito, a nivel de tribu, algo que no se toca, a nivel humano (ni el propio poseedor del falo debe tocar el suyo, según varias religiones, por supuesto las papistas), algo que no se piensa, a nivel divino: ¿Main tiene falo, qué dios es le Main?
El falo/tabú es un castigo en cuanto que paraliza la mano de la joven que masturbó a su padre o sirve para penetrar a la virgen de la tribu, a la virgen sacrificial (falo humano o de piedra), sirve para arrebatarle algo, para cambiar a la muchacha de identidad, contra su deseo, o a favor de otros deseos más oscuros. El falo sólo tiene, durante muchos siglos, una conducta volitiva. Castiga/premia, desvirga/fecunda, condena/distingue. El falo/tabú, en cuanto prohibitivo, es Main , la imagen del Main (falo icónico) o un dios en sí mismo. El primer oficio del Main ha sido castigar con el banquillo.
Es la masturbación y el narcisismo. Dos actitudes tradicionalmente masculinas, fálicas. La mujer fálica, ya está dicho, es un fenómeno intolerable para el falo (muchas veces le causa inhibición). La mujer fálica (no lesbiana, repito, porque entonces estas reflexiones perderían todo valor), tiene su punto débil en la maternidad. Quizá las amazonas legendarias se mutilaban un pecho, no sólo por asentar mejor el arco contra una superficie plana, como explica la técnica de la guerra, sino por mutilar en alguna medida su condición paridora.
Por castrarse, siquiera parcial y simbólicamente.
Frente al enigma de la mujer fálica, situación límite del feminismo enigmático, el falo ejerce la fecundación, como hemos dicho.
No descifra el enigma, pero lo destruye.
Como la gran ballena blanca del Porcobravismo.
Es la dialéctica infernal a que nos sometieron los inventores del Infierno, que ahora lo han secularizado, como cuando se moderniza una cafetería, pero siguen destinándonos a él: el infierno, hoy, es la «conducta antidemocrática». En nombre de la democracia y la libertad (la libertad de uno termina donde empieza la del otro) se nos reprime como antes en nombre del Orden. Los «demócratas» de oficio tienen su Orden, que la democracia ignora.
La gente joven ya no vive el momento porque está siempre en modo multitarea. Son como una neurona: su trabajo es recibir información y pasar esa información a otro rápidamente, sin pensar. Tal vez esto construya un gran cerebro global, pero no construye una vida.
Hace, pongamos, un milenio, era posible morir descuartizado a machetazos pero no morir hecho pedazos por un dron artillado. Hoy sigue siendo posible morir descuartizado a machetazos y además es posible morir hecho pedazos por un dron artillado. Es a esto que llamamos progreso.
Conocí a Fulano de Tal, conocí a Mengano de Cual, he aquí una ristra de infraanécdotas sin interés cuyo único valor es estar protagonizadas por Fulano de Tal y Mengano de Cual. La separación jugador/actuación también tiene que ser eso: darse cuenta de que la obra puede ser excelsa y el autor un sujeto corriente y anodino, bueno quizá, pero tan bueno como cualquiera, bueno de una bondad de andar por casa.
No sé si esto es nuestro castigo. Si cambias las reglas de juego en un momento de auge y hegemonía, que deseas impulsar todavía más, más tarde podrán cambiar las tornas —y siempre cambian las tornas en la historia— y que eso beneficie a tus enemigos, de los que desearás que hubiera algo que limitara su rapacidad, y será tarde.
Soy poco mitómano, pero no por vocación, ni con esfuerzo; simplemente mis emociones, sin yo pedírselo, siempre han ido por ahí. Mi aparato sensorial siempre ha percibido, primero que nada, al ser humano corriente y moliente debajo de la aureola de santo; alguien cuyos méritos elogiar y de cuyos goles disfrutar, si es interesante, porque tampoco soy iconoclasta. Pero sin pedestales, sin una cortesía o una inflexión de voz distintas de las que uso para tratar a cualquier hijo de vecino. Creo en el heroísmo —que puede darse en cualquier persona—, pero no en los héroes. Pero ahora me doy cuenta de que no es exactamente una creencia, sino una emoción espontánea, que a posteriori racionalizo y valido. Las emociones, o las tienes o no las tienes.
Tómate siempre muy en serio el partido y muy en broma a ti mismo.
Rodillarato: un sistema de gobierno en el que todo lo que no está prohibido es obligatorio
Cada vez tengo menos certezas y más perplejidades y cervezas.
enómenos morbosos típicos de un fin de era, momentos siempre dados lo mismo al ascetismo que a las bacanales. La gente desesperada, desquiciada, se entrega a los extremos, tales la Anglogalician Cup.
1 rape de 2.300 kg que una vez limpio quedara en una cola de 900 g aprox.
1 pulpo de 1 kg y 1/2 aprox
15 langostinos guardamos 4 para la presentación
2 cebolletas
1/4 pimiento verde
1/4 pimiento rojo
Vinagreta
Perejil fresco
50 ml de vinagre de sidra o manzana o cualquier otro que sea suave
50 ml de vinagre de Módena blanco
200 ml. de aceite de oliva virgen extra que sea lo siguiente a delicioso
Sal
1 cucharadita de pimentón ahumado dulce o picante o agridulce (el mío agridulce)
Elaboración paso a paso
Corta el rape en gruesas rodajas de unos 3 o 4 cm de grosor y cocínalo en agua con sal entre 7 y 8 minutos (cuenta desde que empiece a hervir), compruebas pinchando cerca de la espina central si está en su punto, cuida de no pasarte. Retira y reserva.
Cuece los langostinos 2 o 3 minutos (cuenta desde que empiece a hervir) en agua con sal. Escurre y reserva.
Finalizada la cocción retira para una fuente y deja enfriar, corta bien menudo y agrega a un bol
Pica la cebolleta y los pimientos bien chiquititos y añade al bol
Pica en 2 o 3 trozos los langostinos y reserva 4 o 5 para la terminación e incorpora al bol
Desmenuza el rape una vez frío y agrégalo al bol
Haz la vinagreta mezclando bien todos los ingredientes, yo tengo unas varillas pequeñas que emulsionan estupendamente las vinagretas, puedes hacerlo con un tenedor y mezclas como si batieras huevos. Reserva.
Por último, añade la vinagreta y mezcla bien,
Vuelca en una fuente de presentación, decora con algunos langostinos enteros y una ramita de perejil y un poco de perejil picadito.
Sirve con un vino blanco bien frío y aguarda a recibir felicitaciones.
Y la pionta 82.000 goes y va para Calixto Lence, el más listo de la clase.
La pionta 81.000 la marcó "Aquel gol en París en el año 1981"
La pionta 80.000 fue para el clásico Enrique Mortaleña, que lleva firmadas centenares, pero nunca hasta ahora una milenaria.
Pionta 79.000 para Araincel, guerrera aria preocupada por los aranceles al jamón de bellota y a los dildos.
Pionta 78.000 para X. Moldes, debutante en estas lides de carnicería y odio.
Pionta 77.000 para "Los renos drogados de Father Yule sueñan que son jabalíes en la hazaña de Sheffield". Ya le vale o alcume.
Pionta 76.000 perpetrada por "Ganó y bien el pato Donald y el puto mundo será trumphial y más decente"
La pionta 75.000 goes fue para "75.000 brillantes comentarios (y sólo 88 autores)"
La pionta 74.000 fue para Cowput Keriot, abisal escriba de las brumas y las tolemias.
La pionta 73.000 fue para Portavoz en las Sombras Ctónicas del Rodillarato, que no marcó en la XVII pero anduvo lejos.
La pionta número 72.000 fue de Willy S, que existe y va a los partidos aunque ustedes no lo crean.
La pionta número 71.000 goes fue de Algernon Mouse. Un pub lleno de queso.
La pionta de culto número 70.000 goes fue para "Hice este perfil para ser la puta e histórica pionta 70.000, y ya verás como la lluvia anglogaliciosa borra mis huellas ".
La pionta 69.000 fue de Eire Brezal, que tiene pinta de saber lo que es un buen 69.
La pionta 68.000 fue para Mike Barja ( uno de ellos pero el único que se hizo colono)
La pionta 67.000 fue de Clack Quantrill, héroe en los maizales y en las pocilgas de Kansas.
La pionta 66.000 fue para"O xoves hai cocido". Un clásico de los jueves calientes y del caldo frío.
La pionta 65.000 se la adjudicó Amapola Hanoi, que en su día fumó la 60.000.
La pionta 64.000 ha sido fabulada por Las crónicas de un Sochantre armado con un sacho.
Piranha (making friends since 1973) tiene 7 muescas: 1000, 3000, 9000, 10.000, 14.000 , 18.000 y 20.000.
- "Call Me Tider" escribió la 2.000.
Sergio Vidal la 4000.
Teixugo la 5000
Thomo fue el autor de la piontas 6000 y 11000
Díotima firmó las 7.000, 8.000 y 13.000
- El Abu, 12.000 y 17.000
- O Fento Fedorento, 15.000
Réjean Ducharme escribió el comentario 16.000.
Anonymous, la 19.000.
"21.000 y tomate frito. No quiero el libro." firmó la 21000
"Rudolph the Red-Nosed Reindeer y los dos patitos en millares" la 22.000
El Fulano Ulano Ufano se llevó la 23.000
Vadío da Brétema, las 24.000 y 59.000.
Mr Brimstone, 25000.
La 26.000, Pordiosero Metafísico.
La pionta 27.000, Vincent Vega.
La pionta 28.000, Barrabás Balarrasa.
29.000, pailaroko mencey.
La piontas 30.000, 35.000 y 38.000 son de Diario de un Porco Bravo que también firmó la mítica 50.000.
Barrilete firmó 31.000 y 36.000.
La 32.000, Curtido en Los Barrizales de la Vanidad.
33.000, Willy Pangloss Maya May.
La pionta 34.000 la cantó Bruce Dickinson.
37.000, Viggo Bonrad.
39000, ¿No hay ayuda para el hijo de la viuda?
40000, Perkele Maljanne.
41000, Rostro Gótico, Glabro.
42.000, Sláine
43000, Burnt Norton.
44000, The Great Malcolm Swindle.
45000, Boroman.
46000, RAF Birras
47000, Klaus Kliff Kañón .
7 huevos+ pizca de sal+ un chorrito de vinagre
10 gambones descongelados (5 para el relleno y 5 para la presentación)
10 mejillones cocidos
40 g salmón ahumado
Aceite de oliva virgen extra
sal
guindilla opcional
Mayonesa
1 huevo
1 cdta Vinagre suave de manzana o zumo de limón
30 ml de aceite de freir los gambones
130 ml de aceite de girasol
Pizca sal
perejil fresco y Canónigos para la presentación.
Cocinar los huevos en agua con sal y un chorrito de vinagre durante 12 minutos, enfriar en agua con hielo, pelar y reservar.
Pelar los langostinos y freirlos en 50 ml de aceite de oliva, un vuelta y vuelta es suficiente, pasar los langostinos a un plato y pasar el aceite a un bol y dejar enfriar.
Poner en el vaso de la batidora el aceite de freír los langostinos, añadir el aceite de girasol, el huevo crudo, pizca de sal, una cucharadita de vinagre o zumo de limón y activar la batidora sin moverla hasta que cambie la textura a más espesa, en ese momento comenzar a levantar la batidora de arriba a abajo hasta conseguir una mayonesa perfecta.
Partir los huevos a la mitad y retirar las yemas para un bol, añadir los mejillones, los langostinos picaditos, el salmón ahumado y 2 o 3 cucharadas de mayonesa, mezclar todo (bien a mano o con robot) y conseguir una textura cremosa, se puede añadir más mayonesa si fuese necesario. Se puede añadir una pizca de guindilla si fuese del gusto.
Rellenar los huevos con la mezcla, cubrir con una cucharadita de mayonesa y coronar con un trocito de langostinos.
Colocar los huevos sobre una cama de canónigos
Los hijos tontos de Bambi no dan para más.
De equipo a banda, de banda a pandilla basura.
Ese escudo no me representa.
Al chepudo de Ricardo III puede que le haga el culo gaseosa con el, pero es feo y muy blanco.
La mafia del Liverpool le escatimó el Larry Bolas a Sergio.
Yo soy él y no voy a la próxima gala.
Después del hotel, haced un burdel. Que se jodan los títulos, lo que queremos es hormigón.
Cuando las ranas críen pelo, cuando los cerdos vuelen, cuando las gallinas tengan dientes, cuando los ciervos ganen un partido
Noté su presencia al entrar al campo para el segundo tiempo del clásico. Pasé por su lado, fui al fondo de la portería, arrojé al suelo la toalla con que me seco el sudor y regresé a observarla. Le quité hojitas secas como hace mi madre con las bifloras del jardín y le prometí que a la próxima le llevaría agua.
Aprecié el pasto crecido en las áreas. Desde que los entrenadores plantean la disputa de partidos en zonas 2 y 3, se aglomeran veinte jugadores en el centro del terreno; allí está tan pelada la cancha que se ve la arenilla. En verano, una nube de polvo en ese sector dificulta ver las acciones. Distingo las espaldas numeradas de mis compañeros, que se mueven de derecha a izquierda y viceversa para obstruir el paso de rivales. Nada ocurre en las áreas. Los cotejos quedan cero-cero. Yo, feliz con mi valla invicta.
La siguiente vez le llevé agua a mi amiga. También cargué dos canastas sembradas de orquídeas florecidas, esas que llaman zapatico de obispo, con melenas epifitas como barbas de viejo, y las colgué del travesaño de la portería. Recosté un taburete de vaqueta a un vertical para sentarme a ver las flores, aunque claro, con un ojo abierto por si alguien disparaba al arco… Nunca se sabe.
Con los días, la División Mayor del Fútbol permitió que los estadios abrieran licitación para que un negociante, solo uno, instalara una mesita con quitasol pintado con colores del equipo local en la media luna. Se vieron parejitas amorosas sorbiendo cocteles, charlando, besándose despacio. De vez en cuando me convidaban un trago, pero yo les contestaba: «¡Ni riesgos; estoy tapando!»
La iniciativa se extendió a los estadios del país. Incluso permitieron que una vaca pastara cerca de cada banderín de esquina.
Eso sí, el ente rector advirtió tajante: Bastará una vez que alguno de esos elementos extraños incidan en una jugada para prohibirlos.
Pasó un año. La petunia se convirtió en protagonista de un jardincito. Mi madre se interesó en el fútbol: puso a prender bifloras para que yo las trasplantara en las cinco con cincuenta…
Hasta que en Campañó dañaron todo. Un error táctico cometido por quién sabe quién permitió un balonazo contra la pata de una mesa. Derramó bebidas e interrumpió arrumacos.
La rectora del fútbol quiso cumplir su advertencia. Fuera semovientes, flores, taburetes… Las vacas salieron caminando por la puerta de Norte… Un lío se armó con los bares y aún no termina. Los dueños alegan que no es fácil retirar mesas y quitasoles porque tienen vendidas reservaciones por el resto del campeonato. Ni hablar de contratos con proveedores. ¡Ah! y del desempleo: cesantes quedan meseros y violinistas. Exigen que alguien —el gobierno, los equipos, las administraciones de estadios— los indemnice.
Por mi parte, saqué el asiento y descolgué las orquídeas… pero, sinceramente, no sé qué hacer con mi amiga petunia…
48000, Liam Neeson.
49000 y 56000, Red Olifantshoek.
51.000, The man in the high castle.
52.000, The Bushranger.
53000, by "Hice este perfil para ser la puta pionta 53.000, así que no jodáis mi sigilo u os lanzo una maldición"
54000, Cisco Miño.
55000, "500 millas de Orange Plank Road asfaltadas en Peltre".
57.000, por "Herencias de vanguardia: a la sombra, una subterránea (pos)autonomía del sexo anal "
58.000, by "Hice este perfil para ser la puta pionta 58.000, así que dejadme cantar con Bunbury y Bosé, que tienen toda la puta razón"
61000, por "Jugando a la ruleta rusa montado en una montaña rusa".
62.000, Veterano de Yardley Gobion.
Y la 63.000, firmada por Malvado Follomar.
Recuerden: todas las Piontas son importantes.
Una Manada, Un Destino, Un MAIN
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