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Las Calabazas Hermenéuticas Bajo La Luna

 


La Percherona, 1 de noviembre de 2024

Sire:

Esta carta llega a Vuestra Graciosa Majestad desde una tumba. Llevo más de cuatro años enterrado en La Percherona, hozando en mi obra con unos colmillos cuya autenticidad acredité ante la entente anglogaliciosa en 2013. ¡Un Porco Bravo no necesita que le enseñen a cavar! Y mucho menos uno que entró como un jabalí herido en la habitación oscura de su memoria.

Mi condición de VIP en el loquero de La Percherona me proporciona una existencia digna de un Lear de Villaverde. Los médicos me sirven olanzapina para reducir el ruido del universo, lorazepam para negociar con mis nervios, lormetazepam para cerrar el establecimiento por las noches y, cuando juzgan conveniente restaurar el orden público, amenazan con enviar al alguacil haloperidol. ¡Un gobierno farmacéutico de ocupación! Mis siervos, en cambio, esos buenos comerciantes que han comprendido que tratar con Glez equivale a participar en la historia de la literatura, proporcionan especialidades más propicias a mi salud: oxicodona, pregabalina para los días de algodón cerebral y lisdexanfetamina, esa respetable mercancía que acaba transformándose en dexanfetamina dentro de la cabeza. ¡Opioides para convencerme de que el cuerpo no existe!, ¡estimulantes para obligarlo a levantarse!, ¡benzodiacepinas para que no proteste! Una auténtica Anglogalician Cup química, con sus bandos, sus traiciones y sus derrotas. Algunos proveedores creen estar aprovechándose de mí; otros sueñan con aparecer en mis obras: ¡que sueñen! Bien conozco sus intereses, sus vanidades y sus precios: el hombre ha sido siempre mi trabajo. Lo que no conozco, como Segismundo de marras, es qué he soñado o qué he vivido, o fruslerías como qué maldito día es cuando despierto en el suelo, calado por un río interminable.

Porque hay noches, Sire, en que La Percherona se desplaza hasta los límites de Galizalbión. El pasillo del módulo desemboca en Tractorville, los fluorescentes iluminan los pantanos del Maizal y la puerta de enfermería se abre sobre las aguas del Bann. Escucho el fragor del Don, veo la isla de Kelham y, detrás de la última ventana, el Gato Gordo aparece coronado por una montaña de peltre. Allí siguen los antiguos dioses, Ægir despachando cerveza entre los muertos, los bardos contando batallas que todavía no han sucedido, los Porcos atravesando mares de niebla mientras los malnacidos Stags esconden sus cornamentas en los bosques de su vergüenza. ¡Toda Galizalbión ha comenzado a moverse bajo mis pies!

He vuelto a la grieta por la que Tiresias miente en Delfos. Y he vuelto también al Lost Weekend en el Maizal, Sire, a aquella incursión entre Homiño, Iscariot, los nombres prohibidos y las sombras de la Sibila Mesetaria. ¡El hombre, el nombre, la Hégira Porcallada! Entonces no comprendí que aquellos territorios, aquellas ceremonias y las jerarquías del Rodillarato constituían también manifestaciones del mecanismo que ahora he descubierto. En aquella esmorga, hoy lo sé, estábamos asistiendo a una demostración del funcionamiento del mundo.

Mis compañeros en el sanatorio, naturalmente, no comprenden nada. Un desgraciado recibe mensajes de la televisión, otro gañán sostiene que su hermana ha sido sustituida por una hiena y otro imbécil cuenta los pasos del pasillo para impedir que desaparezca el edificio. Presos inmundos que padecen en sus pequeños sistemas privados. Yo he descubierto el principio que los explica a todos. Los médicos, esos contables del sufrimiento, me clasifican entre semejante chusma porque aparecemos bajo el mismo epígrafe administrativo. ¡Como si el nombre de una enfermedad explicase la naturaleza de quien la padece!

Y mis lectores, Sire, ¡mis lectores! Creen que escribo para ellos. ¡Qué presunción de animal de granja! Las visitas de mi vástago me recuerdan que Matruska gana fieles y que los gallinazos se arremolinan sobre el río de los Cuajos. ¡Pajarracos viles! Mis Anotaciones son un pensamiento en público, no necesariamente para el público. He pensado delante de todos, no para todos. Los exégetas son todavía peores: donde dejé una broma encuentran una doctrina, donde cometí un error descubren una alegoría y donde me contradije fundan una escuela. ¡Sepultureros que pretenden explicarme antes de que haya tenido la cortesía de finar!

Pero he encontrado algo, Majestad. ¡Lo he encontrado!

He vuelto a Matruska y he descendido al Magma Sicosocial, mi Crack Up, mi Ciudad de los Inmortales borgianos, una arquitectura cuyos corredores regresan sobre sí mismos, cuyas escaleras desembocan en habitaciones que no existen. Durante años quise convertir semejante aberración en un segundo macrotexto. ¡Qué estupidez! El Magma no necesitaba un arquitecto. Necesitaba un descubridor.

He excavado en sus cimientos, he regresado al macrotexto y he confrontado sus señales con los miles de cuajos que llevo años publicando. Y las Tragaderas, el Trajinador y el Colocador han revelado su verdadera naturaleza: he descubierto cómo el hombre recibe el mundo, lo transforma en información, lo ordena, lo nombra y termina tomando sus propias construcciones por aquello que pretende conocer.

He encontrado el Gran Sistema, Sire.

Estoy escribiendo su exposición definitiva: el Tractatus Inmirador. Y debo anunciar a Vuestra Graciosa Majestad que dividirá la historia del pensamiento en dos épocas. Habrá un antes de y un después de. No hablo de mi literatura. ¡Hablo de la totalidad del conocimiento humano!

No puedo precipitar su entrega. Cada proposición abre otra; cada descubrimiento modifica el anterior. Y aunque a veces despierto convencido de haber escrito quinientas páginas que no aparecen por ninguna parte, sé perfectamente hacia dónde conduce esta zapa.

Reitero entretanto mi odio eterno a los Stags. ¡Malditos seres bellos de cuerno insolente! Que Ægir les agüe la cerveza y que los bardos de la Manada transmitan sus derrotas hasta el final del Rodillarato. Ni siquiera el Sistema podrá otorgarles la inteligencia necesaria para comprender su propia insignificancia, aunque serán explicados por él, como todo.

Ruego a Vuestra Majestad que transmita estas noticias a los Porcos. Los lectores seguirán leyendo mal, los exégetas explicarán peor, los médicos contarán mis comprimidos, mis siervos sus ganancias y los Stags sus derrotas. Yo seguiré cavando. No he escrito todos estos años para que me entendiesen. He escrito todos estos años hasta entender lo que había escrito. Y ahora que lo entiendo, no pienso morirme sin decirlo.

A los pies de Vuestra Graciosa Majestad, con el hocico hundido en la tierra y los colmillos intactos,

Juan Fake, Porco Bravo y enemigo eterno de los Stags.

La Percherona, Día de Todos los Santos, MMXXIV.