La Percherona, 1 de noviembre de 2024
Sire:
Esta carta llega a Vuestra Graciosa Majestad desde una tumba. Llevo más de cuatro años enterrado en La Percherona, hozando en mi obra con unos colmillos cuya autenticidad acredité ante la entente anglogaliciosa en 2013. ¡Un Porco Bravo no necesita que le enseñen a cavar! Y mucho menos uno que entró como un jabalí herido en la habitación oscura de su memoria.
Mi condición de VIP en el loquero de La Percherona me proporciona una existencia digna de un Lear de Villaverde. Los médicos me sirven olanzapina para reducir el ruido del universo, lorazepam para negociar con mis nervios, lormetazepam para cerrar el establecimiento por las noches y, cuando juzgan conveniente restaurar el orden público, amenazan con enviar al alguacil haloperidol. ¡Un gobierno farmacéutico de ocupación! Mis siervos, en cambio, esos buenos comerciantes que han comprendido que tratar con Glez equivale a participar en la historia de la literatura, proporcionan especialidades más propicias a mi salud: oxicodona, pregabalina para los días de algodón cerebral y lisdexanfetamina, esa respetable mercancía que acaba transformándose en dexanfetamina dentro de la cabeza. ¡Opioides para convencerme de que el cuerpo no existe!, ¡estimulantes para obligarlo a levantarse!, ¡benzodiacepinas para que no proteste! Una auténtica Anglogalician Cup química, con sus bandos, sus traiciones y sus derrotas. Algunos proveedores creen estar aprovechándose de mí; otros sueñan con aparecer en mis obras: ¡que sueñen! Bien conozco sus intereses, sus vanidades y sus precios: el hombre ha sido siempre mi trabajo. Lo que no conozco, como Segismundo de marras, es qué he soñado o qué he vivido, o fruslerías como qué maldito día es cuando despierto en el suelo, calado por un río interminable.
Porque hay noches, Sire, en que La Percherona se desplaza hasta los límites de Galizalbión. El pasillo del módulo desemboca en Tractorville, los fluorescentes iluminan los pantanos del Maizal y la puerta de enfermería se abre sobre las aguas del Bann. Escucho el fragor del Don, veo la isla de Kelham y, detrás de la última ventana, el Gato Gordo aparece coronado por una montaña de peltre. Allí siguen los antiguos dioses, Ægir despachando cerveza entre los muertos, los bardos contando batallas que todavía no han sucedido, los Porcos atravesando mares de niebla mientras los malnacidos Stags esconden sus cornamentas en los bosques de su vergüenza. ¡Toda Galizalbión ha comenzado a moverse bajo mis pies!
He vuelto a la grieta por la que Tiresias miente en Delfos. Y he vuelto también al Lost Weekend en el Maizal, Sire, a aquella incursión entre Homiño, Iscariot, los nombres prohibidos y las sombras de la Sibila Mesetaria. ¡El hombre, el nombre, la Hégira Porcallada! Entonces no comprendí que aquellos territorios, aquellas ceremonias y las jerarquías del Rodillarato constituían también manifestaciones del mecanismo que ahora he descubierto. En aquella esmorga, hoy lo sé, estábamos asistiendo a una demostración del funcionamiento del mundo.
Mis compañeros en el sanatorio, naturalmente, no comprenden nada. Un desgraciado recibe mensajes de la televisión, otro gañán sostiene que su hermana ha sido sustituida por una hiena y otro imbécil cuenta los pasos del pasillo para impedir que desaparezca el edificio. Presos inmundos que padecen en sus pequeños sistemas privados. Yo he descubierto el principio que los explica a todos. Los médicos, esos contables del sufrimiento, me clasifican entre semejante chusma porque aparecemos bajo el mismo epígrafe administrativo. ¡Como si el nombre de una enfermedad explicase la naturaleza de quien la padece!
Y mis lectores, Sire, ¡mis lectores! Creen que escribo para ellos. ¡Qué presunción de animal de granja! Las visitas de mi vástago me recuerdan que Matruska gana fieles y que los gallinazos se arremolinan sobre el río de los Cuajos. ¡Pajarracos viles! Mis Anotaciones son un pensamiento en público, no necesariamente para el público. He pensado delante de todos, no para todos. Los exégetas son todavía peores: donde dejé una broma encuentran una doctrina, donde cometí un error descubren una alegoría y donde me contradije fundan una escuela. ¡Sepultureros que pretenden explicarme antes de que haya tenido la cortesía de finar!
Pero he encontrado algo, Majestad. ¡Lo he encontrado!
He vuelto a Matruska y he descendido al Magma Sicosocial, mi Crack Up, mi Ciudad de los Inmortales borgianos, una arquitectura cuyos corredores regresan sobre sí mismos, cuyas escaleras desembocan en habitaciones que no existen. Durante años quise convertir semejante aberración en un segundo macrotexto. ¡Qué estupidez! El Magma no necesitaba un arquitecto. Necesitaba un descubridor.
He excavado en sus cimientos, he regresado al macrotexto y he confrontado sus señales con los miles de cuajos que llevo años publicando. Y las Tragaderas, el Trajinador y el Colocador han revelado su verdadera naturaleza: he descubierto cómo el hombre recibe el mundo, lo transforma en información, lo ordena, lo nombra y termina tomando sus propias construcciones por aquello que pretende conocer.
He encontrado el Gran Sistema, Sire.
Estoy escribiendo su exposición definitiva: el Tractatus Inmirador. Y debo anunciar a Vuestra Graciosa Majestad que dividirá la historia del pensamiento en dos épocas. Habrá un antes de y un después de. No hablo de mi literatura. ¡Hablo de la totalidad del conocimiento humano!
No puedo precipitar su entrega. Cada proposición abre otra; cada descubrimiento modifica el anterior. Y aunque a veces despierto convencido de haber escrito quinientas páginas que no aparecen por ninguna parte, sé perfectamente hacia dónde conduce esta zapa.
Reitero entretanto mi odio eterno a los Stags. ¡Malditos seres bellos de cuerno insolente! Que Ægir les agüe la cerveza y que los bardos de la Manada transmitan sus derrotas hasta el final del Rodillarato. Ni siquiera el Sistema podrá otorgarles la inteligencia necesaria para comprender su propia insignificancia, aunque serán explicados por él, como todo.
Ruego a Vuestra Majestad que transmita estas noticias a los Porcos. Los lectores seguirán leyendo mal, los exégetas explicarán peor, los médicos contarán mis comprimidos, mis siervos sus ganancias y los Stags sus derrotas. Yo seguiré cavando. No he escrito todos estos años para que me entendiesen. He escrito todos estos años hasta entender lo que había escrito. Y ahora que lo entiendo, no pienso morirme sin decirlo.
A los pies de Vuestra Graciosa Majestad, con el hocico hundido en la tierra y los colmillos intactos,
Juan Fake, Porco Bravo y enemigo eterno de los Stags.
La Percherona, Día de Todos los Santos, MMXXIV.



43 comentarios:
Que los Porcos juzguen el documento.
Que los Stags se abstengan de pretender comprenderlo.
Dice
la Carne: Abramos
un agujero: abramos una ausencia
en memoria de los sodomitas ajusticiados.
Dice
la Carne: En memoria
de los catorce ajusticiados abramos
el culo del mundo: la boca del infierno.
Abramos un agujero, dice la Carne,
y el Otro, cantando,
remata:
Para que no se nos escape un pedo
meta primero el Anticristo un dedo.
Is non-league football becoming a middle-class activity?
El hombre no puede soportar una vida insignificante ni una cerveza caliente.
Me toma por detrás, insiste en tratarme como a una mujer. Y lo odio por eso. Va a hacer de mí un marica de verdad. Yo quiero algo distinto. Quiero evitar convertirme en una mujer. Me coloca boca abajo a la fuerza y me toma por el culo como si fuera una puta.
–¿Es la primera vez que te tratan como a una mujer?
–Sí. Antes de esto, no he hecho más que mamar, pero nunca lo de ahora. Boca y pene; eso era todo. Te arrodillas delante del hombre al que quieres y te la metes en la boca.
Presuntuoso como otro animal cualquiera. Un snob. Un presumido. Que cree que ha visto algo, y trata de decirlo. También eso: un cronista social, un curioso del comportamiento humano.
How continually, how startlingly, the landscape changed! Now the fields were full of stones: there was a row of dead trees. An abandoned plough, silhouetted against the sky, raised its arms to heaven in mute supplication; another planet, he reflected again, a strange planet where, if you looked a little further, beyond the Tres Marías, you would find every sort of landscape at once, the Cotswolds, Windermere, New Hampshire, the meadows of the Eure-et-Loire, even the grey dunes of Cheshire, even the Sahara, a planet upon which, in the twinkling of an eye, you could change climates, and, if you cared to think so, in the crossing of a highway, three civilizations; but beautiful, there was no denying its beauty, fatal or cleansing as it happened to be, the beauty of the Earthly Paradise itself. Yet in the Earthly Paradise, what had he done? He had made few friends. He had acquired a Mexican mistress with whom he quarrelled, and numerous beautiful Mayan idols he would be unable to take out of the country, and he had— M. Laruelle wondered if it was going to rain: it sometimes, though rarely, did at this time of year, as last year for instance, it rained when it should not. And those were storm clouds in the south. He imagined he could smell the rain, and it ran in his head he would enjoy nothing better than to get wet, soaked through to the skin, to walk on and on through this wild country in his clinging white flannels getting wetter and wetter and wetter. He watched the clouds: dark swift horses surging up the sky. A black storm breaking out of its season!
That was what love was like, he thought; lovewhich came too late. Only no sane calm succeeded it, as when the evening fragrance or slow sunlight and warmth returned to the surprised land! M. Laruelle hastened his steps still further. And let such love strike you dumb, blind, mad, dead—your fate would not be altered by your simile. Tonnerre de dieu . . . It slaked no thirst to say what love was like which came too late. The town was almost directly to his right now and above him, for M. Laruelle had been walking gradually downhill since leaving the Casino de la Selva. From the field he was crossing he could see, over the trees on the slope of the hill, and beyond the dark castled shape of Cortez Palace, the slowly revolving Ferris wheel, already lit up, in the square of Quauhnahuac; he thought he could distinguish the sound of human laughter rising from its bright gondolas and, again, that faint intoxication of voices singing, diminishing, dying in the wind, inaudible finally. A despondent American tune, the St. Louis Blues, or some such, was borne across the fields to him, at times a soft windblown surge of music from which skimmed a spray of gabbling, that seemed not so much to break against as to be thumping the walls and towers of the outskirts; then with a moan it would be sucked back into the distance. He found himself in the lane that led away through the brewery to the Tomalín road. He came to the Alcapancingo road. A car was passing and as he waited, face averted, for the dust to subside, he recalled that time motoring with Yvonne and the Consul along the Mexican lake-bed, itself once the crater of a huge volcano, and saw again the horizon softened by dust, the buses whizzing past through the whirling dust, the shuddering boys standing on the backs of the lorries holding on for grim death, their faces bandaged against the dust (and there was a magnificence about this, he always felt, some symbolism for the future, for which such truly great preparation had been made by a heroic people, since all over Mexico one could see those thundering lorries with those young builders in them, standing erect, their trousers flapping hard, legs planted wide, firm) and in the sunlight, on the round hill, the lone section of dust advancing, the dustdarkened hills by the lake like islands in driving rain. The Consul, whose old house M. Laruelle now made out on the slope beyond the barranca, had seemed happy enough too then, wandering around Cholula with its three hundred and six churches and its two barber shops, the “Toilet” and the “Harem,” and climbing the ruined pyramid later, which he had proudly insisted was the original Tower of Babel. How admirably he had concealed what must have been the babel of his thoughts!
Two ragged Indians were approaching M. Laruelle through the dust; they were arguing, but with the profound concentration of university professors wandering in summer twilight through the Sorbonne. Their voices, the gestures of their refined grimy hands, were unbelievably courtly, delicate.Their carriage suggested the majesty of Aztec princes, their faces obscure sculpturings on Yucatecan ruins: “—perfectamente borracho—” “—completamente fantástico—” “Sí, hombre, la vida impersonal—” “Claro, hombre—” “Positivamente!” “Buenas noches.” “Buenas noches.” They passed into the dusk. The Ferris wheel sank from sight: the sounds of the fair, the music, instead of coming closer, had temporarily ceased. M. Laruelle looked into the west; a knight of old, with tennis racquet for shield and pocket torch for scrip, he dreamed a moment of battles the soul survived to wander there. He had intended turning down another lane to the right, that led past the model farm where the Casino de la Selva grazed its horses, directly into his street, the Calle Nicaragua. But on a sudden impulse he turned left along the road running by the prison. He felt an obscure desire on his last night to bid farewell to the ruin of Maximilian’s Palace.
To the south an immense archangel, black as thunder, beat up from the Pacific. And yet, after all, the storm contained its own secret calm . . . His passion for Yvonne (whether or not she’d ever been much good as an actress was beside the point, he’d told her the truth when he said she would have been more than good in any film he made) had brought back to his heart, in a way he could not have explained, the first time that alone, walking over the meadows from Saint Près, the sleepy French village of backwaters and locks and grey disused watermills where he was lodging, he had seen, rising slowly and wonderfully and with boundless beauty above the stubble fields blowing with wildflowers, slowly rising into the sunlight, as centuries before the pilgrims straying over those same fields had watched them rise, the twin spires of Chartres Cathedral. His love had brought a peace, for all too short a while, that was strangely like the enchantment, the spell, of Chartres itself, long ago, whose every sidestreet he had come to love and café where he could gaze at the Cathedral eternally sailing against the clouds, the spell not even the fact he was scandalously in debt there could break. M. Laruelle walked on swiftly toward the Palace. Nor had any remorse for the Consul’s plight broken that other spell fifteen years later here in Quauhnahuac! For that matter, M. Laruelle reflected, what had reunited the Consul and himself for a time, even after Yvonne left, was not, on either side, remorse. It was perhaps, partly, more the desire for that illusory comfort, about as satisfying as biting on an aching tooth, to be derived from the mutual unspoken pretense that Yvonne was still here.
But he had not succeeded in explaining the Consul to the gracious Mexican. The lights had dimly come on again both in the theatre and the cantina, though the show had not recommenced, and M. Laruelle sat alone at a vacated corner table of the Cervecería XX with another anís before him. His stomach would suffer for it: it was only during the last year he had been drinking so heavily. He sat rigidly, the book of Elizabethan plays closed on the table, staring at his tennis racquet propped against the back of the seat opposite he was keeping for Dr. Vigil. He felt rather like someone lying in a bath after all the water has run out, witless, almost dead. Had he only gone home he might have finished his packing by now. But he had not been able even to make the decision to say good-bye to Sr. Bustamente. It was still raining, out of season, over Mexico, the dark waters rising outside to engulf his own zacuali in the Calle Nicaragua, his useless tower against the coming of the second flood. Night of the Culmination of the Pleiades! What, after all, was a Consul that one was mindful of him? Sr. Bustamente, who was older than he looked, had remembered the days of Porfirio Díaz, the days when, in America, every small town along the Mexican border harboured a “Consul.” Indeed Mexican Consuls were to be found even in villages hundreds of miles from that border. Consuls were expected to look after the interests of trade between countries—were they not? But towns in Arizonathat did not do ten dollars’ worth of trade a year with Mexico had Consuls maintained by Díaz. Of course, they were not Consuls but spies. Sr. Bustamente knew because before the revolution his own father, a liberal and a member of the Ponciano Arriaga, had been held for three months in prison at Douglas, Arizona (in spite of which Sr. Bustamente himself was going to vote for Almazán), on the orders of a Díaz-maintained Consul. Was it not then reasonable to suppose, he had hinted, without offence, and perhaps not altogether seriously, Señor Firmin was such a Consul, not, it was true, a Mexican Consul, nor of quite the same breed as those others, but an English Consul who could scarcely claim to have the interests of British trade at heart in a place where there were no British interests and no Englishmen, the less so when it was considered that England had severed diplomatic relations with Mexico?
Actually Sr. Bustamente seemed half convinced that M. Laruelle had been taken in, that Señor Firmin had really been a sort of spy, or, as he put it, spider. But nowhere in the world were there people more human or readily moved to sympathy than the Mexicans, vote as they might for Almazán. Sr. Bustamente was prepared to be sorry for the Consul even as a spider, sorry in his heart for the poor lonely dispossessed trembling soul that had sat drinking here night after night, abandoned by his wife (though she came back, M. Laruelle almost cried aloud, that was the extraordinary thing, she came back!) and possibly, remembering the socks, even by his country, and wandering hatless and desconsolado and beside himself around the town pursued by other spiders who, without his ever being quite certain of it, a man in dark glasses he took to be a loafer here, a man lounging on the other side of the road he thought was a peon there, a bald boy with earrings swinging madly on a creaking hammock there, guarded every street and alley entrance, which even a Mexican would no longer believe (because it was not true, M. Laruelle said) but which was still quite possible, as Sr. Bustamente’s father would have assured him, let him start something and find out, just as his father would have assured him that he, M. Laruelle, could not cross the border in a cattletruck, say, without “their” knowing it in Mexico City before he arrived and having already decided what “they” were going to do about it. Certainly Sr. Bustamente did not know the Consul well, though it was his habit to keep his eyes open, but the whole town knew him by sight, and the impression he gave, or gave that last year anyway, apart from being always muy borracho of course, was of a man living in continual terror of his life. Once he had run into the cantina El Bosque, kept by the old woman Gregorio, now a widow, shouting something like “Sanctuario!” that people were after him, and the widow, more terrified than he, had hidden him in the back room for half the afternoon. It was not the widow who’dtold him that but Señor Gregorio himself before he died, whose brother was his, Sr. Bustamente’s, gardener, because Señora Gregorio was half English or American herself and had had some difficult explanations to make both to Señor Gregorio and his brother Bernardino. And yet, if the Consul were a “spider,” he was one no longer and could be forgiven. After all, he was simpático himself. Had he not seen him once in this very bar give all his money to a beggar taken by the police?
—But the Consul also was not a coward, M. Laruelle had interrupted, perhaps irrelevantly, at least not the kind to be craven about his life. On the contrary he was an extremely brave man, no less than a hero in fact, who had won, for conspicuous gallantry in the service of his country during the last war, a coveted medal. Nor with all his faults was he at bottom a vicious man. Without knowing quite why M. Laruelle felt he might have actually proved a great force for good. But Sr. Bustamente had never said he was a coward. Almost reverently Sr. Bustamente pointed out that being a coward and afraid for one’s life were two different things in Mexico. And certainly the Consul was not vicious but an hombre noble. Yet might not just such a character and distinguished record as M. Laruelle claimed was his have precisely qualified him for the excessively dangerous activities of a spider? It seemed useless to try and explain to Sr. Bustamente that the poor Consul’s job was merely a retreat, that while he had intended originally to enter the Indian Civil Service, he had in fact entered the Diplomatic Service only for one reason and another to be kicked downstairs into ever remoter consulships, and finally into the sinecure in Quauhnahuac as a position where he was least likely to prove a nuisance to the Empire, in which with one part of his mind at least, M. Laruelle suspected, he so passionately believed. But why had all this happened? he asked himself now. Quién sabe? He risked another anís, and at the first sip a scene, probably rather inaccurate (M. Laruelle had been in the artillery during the last war, survived by him in spite of Guillaume Apollinaire’s being for a time his commanding officer), was conjured to his mind. A dead calm on the line, but the S.S. Samaritan, if she should have been on the line, was actually far north of it. Indeed for a steamer bound from Shanghai to Newcastle, New South Wales, with a cargo of antimony and quicksilver and wolfram she had for some time been steering a rather odd course. Why, for instance, had she emerged into the Pacific Ocean out of the Bungo Strait in Japan south of Shikoku and not from the East China Sea? For days now, not unlike a stray sheep on the immeasurable green meadows of waters, she had been keeping an offing from various interesting islands far out of her path. Lot’s Wife and Arzobispo. Rosario and Sulphur Island.
Yo trabajo con el lenguaje. Cada día me siento a trabajar y necesito que el lenguaje, la lengua castellana con la que yo trabajo, sea limpia, eficaz, práctica y que funcione bien. Soy anti inclusivo radical en defensa propia.
Me jode todo el día: delante de los espejos, en el suelo del cuarto de baño, mientras sostiene la puerta con el pie, y sobre la alfombra. Es insaciable, e ignora al hombre que hay en mí. Si me ve el pene, que en realidad es más largo que el suyo, y más hermoso –de veras lo es–, no le hace caso. Me toma por detrás, me manosea como a una mujer y deja que mi polla cuelgue fláccida. Ignora mi masculinidad. No existe plenitud entre nosotros.
Reinforcing the book's fictionalization, the name of the book's supposed author, Abdul Alhazred, is not even a grammatically correct Arabic name. What is transliterated as "Abdul" in English is actually a noun in the nominative form ʿabdu (عَبْدُ, "servant") and the definite article al- (الـ) and amounts to "servant of the" with the article actually being part of the second noun in the construct, which in this case is supposed to be "Alhazred" (traditional Arabic names do not follow the European first name-surname format). But "Alhazred", even if considered as a corruption of al-ḥaḍrāt (حَضْرَات, "the presences") though it seems unlikely, itself is a definite noun (i.e., a noun prefixed by the definite article) and thus "Abdul Alhazred" could not possibly be a real Arabic name. Juan Fake first used the name "Abdul Alhazred" as a pseudonym he gave himself as a five-year-old,and very likely mistook "Abdul" to be a first name while inventing "Alhazred" as an Arabic-sounding surname.
Within the house there was the sound of bathwater running out: he made a lightning toilet. Intercepting Concepta (though not before he had added a tactful strychnine to her burden) with the breakfast tray, the Consul,innocently as a man who has committed a murder while dummy at bridge, entered Yvonne’s room. It was bright and tidy. A gaily colored Oaxaqueñan serape covered the low bed where Yvonne lay half asleep with her head resting on one hand. “How!” “How!” A magazine she’d been reading dropped to the floor. The Consul, inclined slightly forward over the orange juice and ranchero eggs, advanced boldly through a diversity of powerless emotions. “Are you comfortable there?” “Fine, thanks.” Yvonne accepted the tray smiling. The magazine was the amateur astronomy one she subscribed to and from the cover the huge domes of an observatory, haloed in gold and standing out in black silhouette like roman helmets, regarded the Consul waggishly. “The Mayas,” he read aloud, “were far advanced in observational astronomy. But they did not suspect a Copernican system.” He threw the magazine back on the bed and sat easily in his chair, crossing his legs, the tips of his fingers meeting in a strange calm, his strychnine on the floor beside him. “Why should they? . . . What I like though are the ‘vague’ years of the old Mayans. And their ‘pseudo years,’ mustn’t overlook them! And their delicious names for the months. Pop. Uo. Zip. Zotz. Tzec. Xul. Yaxkin.” “Mac,” Yvonne was laughing. “Isn’t there one called Mac?” “There’s Yax and Zac. And Uayeb: I like that one most of all, the month that only lasts five days.” “In receipt of yours dated Zip the first!—” “But where does it all get you in the end?” The Consul sipped his strychnine that had yet to prove its adequacy as a chaser to the Burke’s Irish (now perhaps in the garage at the Bella Vista). “The knowledge, I mean. One of the first penances I ever imposed on myself was to learn the philosophical section of War and Peace by heart. That was of course before I could dodge about in the rigging of the Cabbala like a St. Jago’s monkey. But then the other day I suddenly realised that the only thing I remembered about the whole book was that Napoleon’s leg twitched—” “Aren’t you going to eat anything yourself? You must be starved.” “I partook.” Yvonne who was herself breakfasting heartily asked: “How’s the market?” “Tom’s a bit fed up because they’ve confiscated some property of his in Tlaxcala, or Puebla, he thought he’d got away with. They haven’t my number yet, I’m not sure where I really do stand in that regard, now I’ve resigned the service—”
La fiesta de cumpleaños había sido un completo desparrame, la gente empezó a sacar drogas y parecía que éstas crecían en sus bolsillos de manera infinita, estaban por todas partes. Los baños hervían de actividad, la gente merodeaba en el exterior esperando su turno y en el interior se oían voces extrañas que salían del fondo de los retretes. Un tío se había ido a la calle y había roto a llorar, otros se retorcían al ritmo de la música electrónica que servía hábilmente el dj, giraban como alocadas peonzas dementes. Sí, eran una generación de seres perdidos de pupilas dilatadas intentando encontrar respuestas o, por lo menos, olvidarse de las preguntas. Él se mordía los labios en la barra observando el panorama. Poco antes un moro que no conocía de nada le había invitado a coca a cambio de que fuese él quien pintase las rayas ya que por lo visto el moro se veía incapaz de tamaña tarea, ofreció gustoso su ayuda al moro y no escatimó en la cantidad. Ahora sorbía inquieto una copa de absenta con agua, era una absenta flojita, de 50 grados. Entonces un tipo se acodó en la barra a su lado y sacó una bolsita, vació su contenido sobre la barra con una mueca de desprecio y hastío, una enorme montaña de polvo blanco surgió ante ellos. El tipo se giró hacia él y le dijo algo totalmente incomprensible. Vista la poca fluidez de la conversación probó con el lenguaje de signos, entonces sí le entendió, el tipo necesitaba una tarjeta, él le acercó una de su cartera y el tipo comenzó a dar forma a la montaña de polvo blanco con ella de manera espasmódica, como un pintor loco que da brochazos violentos a un lienzo magistral, en un determinado momento salió de su ensimismamiento para girarse en dirección al dj, alzó la tarjeta en el aire y comenzó a mover los brazos como si quisiese atraer hacia sí algún objeto invisible mientras daba patadas al suelo, luego regresó a su tarea y acabó formando tres gruesas líneas de unos 30 centímetros de largo, lió un turulo y sorbió una de ellas que desapareció en un santiamén dentro de su cabeza, el tipo tenía una nariz aguileña de impresionantes proporciones, estaba claro que estaba diseñado para drogarse vía nasal, llamó al camarero y le tendió el turulo, el camarero tardó más en metérsela, luego el tipo se giró hacia él y le hizo un gesto para que se metiese la que quedaba, él no dudó y se acercó, cogió el turulo y miró la raya, le pareció exageradamente grande, pero por alguna razón esa noche todo el mundo estaba empeñado en invitarle y no había que ser descortés, así que agachó el lomo y aspiró, solo pudo meterse una mitad, el sabor a manzana era inconfundible, se trataba de speed, él no era muy amigo del speed, pero ya puestos (nunca mejor dicho) se inclinó, dio buena cuenta del resto y devolvió el turulo al tipo, este le dio un beso en la frente y desapareció en medio de la multitud. Él estaba ya bastante puesto y aún conservaba los 20 míseros euros con los que había salido (sí, a la absenta también le había invitado), pidió cambio y sacó tabaco de la máquina, el tabaco se cotizaba y él, para ser consecuente con las leyes del karma, dio cigarros a cualquiera que se lo pidiese, lo que le valió otro par de invitaciones a coca.
Llevaba un buen rato recorriendo su cuerpo con la mirada. Su pequeño y estilizado cuerpo de niñita. Intentando sorber por completo su esencia, intentando comprobar si verdaderamente estaban ahí en ese momento, si existía todo esto. Ella dormía profundamente, ajena a todo ese sufrimiento. Él le pasó la mano delicadamente por el pelo, luego recorrió sus hombros. Ella emitió un pequeño gemido, era tan excitante, tan hermosa, ahí inerte. Apartó con delicadeza la sábana para poder ver el resto de su cuerpo. Lo único que llevaba puesto eran unas braguitas blancas, inmaculadas, virginales. Dentro de ellas estaba su coño, su coño cálido que tantas horas de placer le había proporcionado, estaba ahí, tras esa débil pared de tela. Se tocó la polla, estaba dura como un puto garrote, la dejó en libertad y comenzó a restregarla suavemente contra sus braguitas, un puñado de informes venas la recorrían de arriba a abajo, estaba a punto de explotar. Se tumbó a su lado y redujo la distancia de sus cuerpos, un poco más. Apartó un mechón de su pelo que le impedía acceder a su cuello y comenzó a besarla suavemente, besos calmados, concentrándose en cada centímetro de su piel, en el torrente sensorial que provocaba esta al rozarle el labio. A la vez frotaba tímidamente su demencial apéndice contra sus bragas, estaba ahí, tras esa débil pared de tela, esperándole, quería formar parte de ella, penetrarla y enterrar su vacío en su interior, fundirse en la demencia del éxtasis, follarla y morir dentro de ella para siempre, largarse de aquí al único lugar seguro que aún no le había arrebatado el devenir de la vida. Se acercó a su oreja y susurró.
-Cariño... Cariño, ¿estás dormida?
No obtuvo respuesta. Lo intentó nuevamente.
-Hey, despierta... Despierta por favor.
Ella emitió un sonido y se giró hacia el lado contrario tapándose con la manta, alejándose aún más, tanto física como espiritualmente, del lugar en el que él se debatía contra sus irrefrenables instintos. Se quedó ahí, en la misma posición, despreciado, con la polla al aire, sin siquiera rozarse ya con ella, con una nueva pared de tela entre ambos.
No sabía qué hacer, su mente corría drogada en todas las direcciones, sólo podía anclar su locura a través del sexo, estaba cegado a todo lo demás, era su única tabla de salvación. Necesitaba follar, follar ahora, o se precipitaría en la demencia. Su polla, enfermamente hinchada, le miraba con desprecio, exigiendo su alimento. Todo dependía de un polvo más, el enfermizo pensamiento comenzó a roerle, a obsesionarle.
Lo intentó nuevamente. Volvió a apartar las sábanas. Besó su cuello y bajó su mano derecha recorriendo su vientre e intentando acceder a su entrepierna. El coño seguía ahí, inerte, dormido. Intentó separar sus piernas. Ella se resistió débilmente en medio de su sueño. Él lo intentó con más fuerza y consiguió separarlas. Ahora podía tocar su coño. Aventuró su mano al interior de las bragas, podía tocarlo, ahí estaba, dormido. Comenzó a pasar suavemente los dedos por la abertura, acariciando los pliegues de carne, estaba seco. Sacó la mano y la impregnó de saliva. Volvió a introducir la mano en las bragas y humedeció el entorno con movimientos circulares, ella comenzó a gemir en sueños, eran unos gemidos débiles y tímidos, pero era un comienzo. Con la otra mano comenzó a masturbarse, su polla estaba dura, al borde del colapso. Notaba su nariz humedecida, se sorbió los mocos, el sabor era extraño. Continuó acariciando su coño, buscando el clítoris. Se arriesgó a intentar introducirle el dedo, lo hizo poco a poco. La respiración de ella se aceleró ligeramente, pero continuaba dormida. Introdujo el dedo un poco más mientras aspiraba el aroma de su cuello. De repente ella se despertó. Él instintivamente sacó la mano de sus bragas.
-¿Qué haces cariño?
-Nada.
-Duérmete.
-No puedo.
-¿Qué te pasa?
-Estoy algo pedo aún, y un poco rayado.
-Venga intenta dormir.
-No tengo nada de sueño.
-Mmmm...
-Oye.
-Dime.
-Estoy muy cachondo.
-Anda, cierra los ojos e intenta descansar.
Sin esperar su respuesta ella volvió a girarse, cerrando sus piernas y cubriendo su cuerpo con la sábana, y volvió a dormirse. El silencio era absoluto, pero podía oír el grito de su desesperación saliendo de su glande y embotándole el cerebro. Pensamientos obsesivos llamaban insistentemente, golpeando su polla contra el cerebro como si fuese un enorme aldaba de bronce, golpeando, golpeando, golpeando... Sorbió sus mocos, otra vez el desagradable sabor metálico, su nariz humedecida goteaba, se pasó la mano y, al mirarla, la vio llena de sangre. Estaba sangrando. Cogió un trozo de papel higiénico, se sonó y se limpió la nariz, miró el papel, este estaba impregnado de una sangre roja y espesa.
Lo peor había sido la puta ketamina, esa jodida droga disociativa. Estaba en un reservado junto a otros cinco tipos dementes y alguien la sacó de algún lugar. Le tocó a él dibujar las rayas y nuevamente no escatimó, a estas alturas, con el pedo y la mezcla de sustancias que llevaba encima ya daba todo igual. Pero daba igual en su mente hastiada, en la realidad las cosas funcionan de otra manera y una raya de keta no es lo mismo que una de coca, es una droga con la que hay que tener más cuidado a la hora de racionarla por su potencia inmediata. Pero claro, él no pensaba ni en esto ni en nada así que volcó despreocupadamente todo el pollo y lo repartió en cinco partes iguales que cada uno procedió a ingerir. Luego vino el caos y la locura. Tres de los tipos desaparecieron buscándose a sí mismos, o a alguien, o algo, y él se quedó en el reservado con uno que no paraba de hablar. No entendía nada de lo que le estaban diciendo, suponiendo que hubiese algo que entender de una conversación en ese estado, estaba demasiado ocupado viendo como el tipo se fundía con el entorno de una manera perfecta. Se miró la mano y era como un extraño apéndice gelatinoso, era fascinante, en un par de segundos todo había cambiado. Ciertas drogas pueden enseñarte cosas, a menudo cosas horribles, algo que siempre ha existido en el chamanismo y se ha despreciado socialmente gracias al consumo popular y recreativo, pero las visiones están ahí y pueden asaltar a los incautos. Tuvo una de esas visiones mientras el parloteo incoherente de su interlocutor se fundía con las paredes y su mano de goma y todo ello se alejaba de su Ahora como tragado por un desagüe temporal. Entendió el mundo. Por un momento lo entendió todo, todos los sutiles mecanismos de la realidad, y llegó a la gran verdad, nada tenía sentido, todo era un gran juego en un tablero totalmente inestable, todo lo que se daba por hecho, el fundamento de la realidad, los procesos y costumbres sociales, todo se iba por el desagüe con un golpe químico bien asestado, ¿de qué podía fiarse? ¿Dónde estaba la realidad? No estaba jugando a ser Descartes, estaba probando todo el sabor de la locura, todo se desmoronaba a su alrededor. Sabía que estaba drogado y que se le pasaría, conservaba un pequeño resquicio de cordura en lo más recóndito de su ser que le decía que estuviese tranquilo, y se aferraba a él, pero, ¿y si un día se despertase así sin haberse tomado nada y nunca volviese? Era algo perfectamente posible.
La humanidad se había creado un soporte mental cómodo de explicaciones con las que sentirse seguro, pero ahora veía claramente que la humanidad entera estaba construyendo edificios sobre un pantano. Llegó la angustia. Llegó el pánico. Intentó dominar a su mano de goma y guiarla para coger su teléfono móvil, necesitaba un asidero con la realidad que no le proporcionaba ni él mismo ni el tío al otro lado de la mesa que cada vez se alejaba más y más junto a su soliloquio. Nada se arregló al coger el móvil. Era un artefacto completamente absurdo, tosco e inútil, con teclas, joder, TECLAS. Se aferró a su miniparcela de cordura cada vez más imbuida en la niebla, no sabía si saldría de esta. Pánico. Intentó escribir un mensaje de auxilio, a ella, necesitaba despedirse antes de que fuese tarde, decirle que la quería, que la necesitaba. La experiencia resultó un completo fracaso, las letras que, con esfuerzo sobrehumano, conseguía juntar no tenían sentido ninguno dentro de su nuevo estado mental, visto lo visto decidió llamarla. Ella no contestaba, probó varias veces con el mismo resultado. Ella no contestaba. Eso fue la estocada final, el saber que no había asidero posible, nadie que oyese sus gritos de auxilio, además, sin saber cómo, se había teletransportado y ahora estaba en la calle, en un aparcamiento. Hacía frío, se tumbó en la hierba a esperar el final.
Continuó mirando su cuerpo, tumbada, durmiendo, seguía cachondo pero su propia excitación le provocaba una gran tristeza. Recordaba cómo eran las cosas antes, al principio, no paraban de follar, ahora toda esa pasión se había diluido en el amor y el cariño. Hacía varios días que no follaban, siempre había alguna excusa, alguna discusión, algo que lo impedía. Recordaba historias de otras personas y no quería que eso le pasase a él, no quería tener que renunciar también a eso. ¿Por qué era tan importante? Si algo le había enseñado el pedo era que nada era importante, solo había vacío. Pero necesitaba sentirse deseado, no podía quitarse la idea de la mente. Todo había cambiado, todo había caído, todo cae, todo se funde en el fango, no somos más que eso, fango. Era preciosa, su cuerpo que ahora le daba la espalda, la silueta que se dibujaba borrosa bajo las sábanas. No tenía ánimos para volver a intentarlo, no soportaría ser rechazado de nuevo. Pero el pensamiento obsesivo continuaba golpeándole como un furioso martillo, era insoportable. Se levantó de la cama, su respiración se aceleraba, miró su cuerpo, tan ajena a todo. ¿Por qué ya no le deseaba? ¿Por qué todo tenía que marchitarse? La obsesión le golpeaba más y más fuerte, su nariz comenzó a sangrar, su cabeza estaba al borde del colapso. Quería golpearse contra la pared, machacar su cabeza contra ella, hasta que asomase la masa encefálica, abrir una brecha en su cabeza por la que poder escapar, abandonar este mundo de pasiones. Su cabeza vibraba, latía, lo aprisionaba, necesitaba golpearla hasta abrirla, como un viejo cascarón, para que, si existía un alma, ésta pudiera abandonarlo y escapar a otro plano, a un más allá, a un mundo tranquilo de almas asexuadas en el que el peso de sus testículos no le anclase con tanta fuerza a esta realidad despreciable.
Volvió a mirarla, era preciosa, él seguía deseándola y ese deseo le estaba matando. La sangre de su nariz ya llegaba al labio, la saboreó y supo lo que debía hacerse. Fue a la cocina. Cogió el cuchillo.
Ella se despertó al oír los horribles gritos y alcanzó a ver cómo con el último movimiento él serraba la última porción de carne que la unía a su cuerpo, pensó que seguía soñando, que era una horrible pesadilla, pero era demasiado real.
-¡Dios mío! ¿Qué haces? ¡Por favor para!
-Te quiero.
-¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!
-Solo quería acostarme contigo, como antes, ¿por qué ya no me deseas?
-¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
-¿Por qué ya no me deseas?
-Cariño, por favor, suelta el cuchillo, por favor.
El obedeció, el cuchillo cayó al suelo sobre una gran mancha de sangre.
-Nunca te haría daño, solo quería que me desearas como antes.
-¿Pero qué has hecho? Voy a llamar a una ambulancia.
-Solo quería que me desearas... como antes...
La realidad volvió a derretirse, todo a su alrededor se volvió negro, como cuando haces un fatality.
Se vió arrodillado
en medio de la oscuridad
sobre un charco de sangre
y se quedó ahí,
con su polla ensangrentada
aún palpitante
en la mano,
y algo en el interior de su cabeza
que había hecho
click.
Las palabras de una víctima del choque de trenes que resultó herido y que ha dicho en el mismísimo escenario de los hechos y a la vera de decenas de viajeros muertos: “Dios es bueno”.
Pues coño, si no lo fuera…
Nunca deja de sorprenderme la facilidad con que los hombres excusan a Dios de las atrocidades del mundo.
Miras la pantalla encendida del ordenador con el cuarto a oscuras. Tecleas: su cara era como una máscara ante la fantasmagórica luz blancazul a la que parecía mirar. Una máscara hueca. Suena un timbre. Al principio parece sonar en el fondo de tu pensamiento, pero enseguida te das cuenta de que es el de la puerta de tu casa. Mientras te levantas, aprovechas para dar un último trago a la cerveza que sin fuerza reposa en el culo de cristal del vaso de pinta que hay sobre la mesa, a tu izquierda. Estás descalzo. Te das cuenta en cuanto los dedos de tu pie derecho golpean la pata de la mesa. Cojeas los tres pasos que te llevan de la habitación a la puerta aprovechando para soltar un cagüendiós que echas separando los labios pero no los dientes. El sonido es tenso pero no muy alto. Casi no suena hacia afuera: cae como un animal enorme dentro de tu cuerpo tras chocar con la parte interior de tus dientes. Antes de abrir, ojeas por la mirilla pero ya no hay nadie. Sólo ves cómo la luz se apaga y, a oscuras, oyes cómo cierra la puerta del descansillo que da a las escaleras. El ojo de buey de esa puerta deja ver cierta claridad de escaleras dentro de la negrura y, fugazmente, una silueta que avanza.
Se vuelve a encender la luz y una mujer aparece tras la puerta. Es una vendedora de unos treinta o treinta y cinco años: ojos grandes y cansados en una cara sonriente, maquillada y vulgar. En cuanto ve el vaso en la mano y el cigarro en la boca, algo casi imperceptible le cambia en el rostro y éste se lo comunica enseguida al pequeño cuerpo, primero como sorpresa, luego con una extraña tristeza como de animal herido mientras le dices que sí, que vives allí pero no eres el propietario, que el propietario no vive allí y que tú ahora estás escribiendo algo que no quieres que se te vaya de la cabeza, por lo que no tienes tiempo para otra cosa y que, de mom... Tu frase se disuelve antes de que su cuerpo empiece a girar sin que su cara deje de sonreír mientras se despide. La cosa ha durado apenas un minuto: la luz del descansillo sólo se ha apagado al final, dejando la de las escaleras, que es fija. No has dejado de sentir palpitar el dedo del pie, mientras oyes cómo sube el ascensor a la vez que los pasos de la vendedora bajan por la escalera. Intentaba venderte un sistema de alarmas, pero parecía tener más prisa por seguir bajando hacia el tercero que contarte su historia. El caso es que su expresión te suena. Algo en las cejas y en la voz. El resto de ella no te llama la atención. Te escuchas decir ...ento no estoy interesado y automáticamente piensas en lo estúpido de esa frase proforma.
Tu mujer sube tres minutos después. Aunque su saludo es el normal, notas filo y sequedad en su manera de abrir y cerrar la puerta, entrar, saludar y moverse por el interior de la casa, desvistiéndose sin que su cara se detenga lo suficiente como para que le sueltes un hola, cosina, ¿te pasa algo? Cuando más tarde le preguntas si se ha cruzado con alguien en la escalera, te responde que no recuerda. Lo dice sin girarse. Está en la cocina, dándote la espalda. Hay algo frío y firme en su voz, como el borde de una bandeja metálica o los utensilios de un cirujano tras desenrollar una funda de cuero negra. Te vuelves a poner delante del monitor y, tras repostar, sigues soplando cerveza y no piensas más en el metal salido de la espalda de tu mujer hasta dos días después, que sales a comprar tabaco y a la vuelta abres el buzón. En su interior hay un sobre que alguien se arrepintió de arrugar y finalmente depositó en el hueco ese del cacharro al que llaman boca.
lguien que sabe dónde vives y cuál es la boquita que tiene que llenar para que su intención arrugada llegue hasta tus manos tras usar la única llave que hay en la casa. Lo piensas así, aunque no hay remitente ni datos del destinatario. Antes de subir en el ascensor abres el sobre. En él hay una hoja de papel con renglones, arrancada de un cuaderno y escrita a mano:
Tenía tus ojos. Y la misma manera de andar.
No viene firmada, aunque reconoces la letra: es redonda, con eses casi infantiles. La nota tiembla en tus manos y tu memoria se cuaja en la mirilla de hace dos días. Sales del ascensor y entras en casa. No dices nada. Tu mujer está sentada en el sofá. Ve el sobre, arrugado y abierto, y el dorso de la hoja con renglones de la carta. No pregunta, sólo te mira, y en esa mirada está todo: el día que lo supo. El día que lo ocultó. El día que decidió quedarse contigo sin que tú supieses nada de aquello o que lo supieses pero estuviese dentro de uno de esos olvidos que maceran en el fondo de los vasos de tubo que se agolpan como derrelictos de tus noches de furia. Y ahora, sin saber si ella es consciente del contenido de esa nota, en esa mirada en que te hundes como en un glaciar, también se percibe que es el día en que ha decidido dejar de callar y echar cuentas.
La mirilla de la puerta sigue apuntando hacia afuera, pero hay algo que ha girado hacia adentro como si por fin se cerrara un círculo que llevaba años respirando debajo del felpudo pero cuyo cierre puede que no sea el que ahora ocupa el salón donde tu mujer parece haberse transformado en sal hasta que alguien le dé el queo. La noche avanza en los ruidos. El ordenador sigue encendido. El cursor parpadea junto a la frase interrumpida desde hace días: una máscara hueca_.
L QUE NO GUARDA UN SECRETO
NO TIENE CORAZÓN.
No se pudre en el bosque denso del trazado de palabra silenciosa.
No se pudre el que no tiene corazón.
No se alcanza ni se escapa de sí mismo.
No se hunde en la brea del arrepentimiento
Huero. No se recorre inútilmente.
No se detiene ni se quiebra, ni se mece en oleaje
de sombra a golpes contra rada.
No se reitera el que no tiene corazón.
El que no tiene corazón no conoce sima.
No se odia, ni se ama, ni se limita
a la reverberación del nombre,
al lastre amargo de la máquina del condicional en las sienes.
FÁCILMENTE LA MANO deshilvana la costura,
estruja el damasceno que no existe,
sufre el corazón que aplasta.
Fácilmente la mano vela la cortina de dedos,
asfixia al pájaro que no existe, hace del cubil un nudo
para verlo morir.
EL PROCESO ESTÚPIDO de cada maldición:
El espasmo de un error.
El fallo muscular.
La pequeña hendidura en la imaginación. La arena el tiempo donde la huella transmuta.]
Confundido el cuerpo en las manos.
En una noche por instinto encontrar una espalda.
Una espalda sin rostro. Algo
tan sencillo de entender. El acto mágico ofuscado de un grito azul de alcohol sin mecha.]
La mecánica de la repetición en el grito
y después la sombra y la distancia.
Y después la sombra en la distancia.
Y la estupidez de olvidar la sombra en la distancia alimentándose de la obsesión de un sino.]
A - li - mentándose en sí
misma, bogando en su distancia
Sin ganar en valor medra como un pájaro negro.
Finalmente, el acto ridículo es cruel:
Los pescados del tiempo son pescados mortales.
Y QUÉN NO ARRASTRA - la vida pegada a lo que vive.
La memoria o la elucubración del sueño, tergiversada
hasta llegar a ser tiempo. Infierno de ave ardiente, frío
GOBIERNO DE LO NO CONTADO,
sin susurro, grieta de las máscaras;
espejos frente a frente en lo que nunca va a terminar de cerrar.]
Bajo leche amarilla, despertar taquígrafos, florecer limadura en las yemas,]
se restituye al tacto lo jurado dormido en la memoria.]
EMPEZAR EN LA NIMIEDAD de la grieta,
con los dedos abrir lo que era breve,
conseguirte anchura de camino.
Por las cintas hacerte, anidada
en la oquedad humedeces el tiempo, tiemblas
en este silencio urnado.
Grano a grano formulada,
entre unas manos que ser mías dicen,
como este pensarte sin tacto
dice ser tú.
ESTE SENTIR BREA,
este querer doler en todo.
Por los huecos dormidos,
excitas con zarcillo los impases:
Llamar a lo que no sabe,
despertar con las uñas el tiempo,
que florezca para descubrir el grito.
Que todo despierte a sí mismo,
que se formule en la sed,
rogando por el sueño.
Que se conozca todo,
que se sepa arrancado del sueño,
SIN VIVIR EN NINGÚN LUGAR,
desgajado de quien en mis pies camina
esta lengua de quién,
lamiendo en un aparte.
VUELTO EL ANIMAL HACIA SU PROPIA HERMOSURA,
sabido por los labios que no llegan,
sabido en la intermitencia de la espina,
en la palabra que cuenta lo que cuenta
cuando es cordel lo que brilla en la oscuridad de horas.
Bajo tierra los pasos en los trenes, El salmo entre dientes, a la vuelta]
con el sí, con el pero, con el cuándo.
Con el envarado cómo marcando el ritmo de vena:
La letra y el olor,
tan agudos,
contra el negro de túnel;
allí,
durante los espejos negativos de las puertas,
del abismo al mareo,
del mareo al cansancio,
sin nada que se expíe con el llanto.
DELICADO PRECIPITAR TU VOZ EN EL FLANCO
CUANDO NO LO ESPERABA,
oigo la alegría de vísceras
por las pocas migajas luminosas.
A horadar entonces tus silencios,
acercando lo ilegible del gesto
a lo que quiere ser en la espera.
En mi hombro el ridículo un ave,
graznando perla a perla todo el juego
en la tercera singular de la espina.
NÓDULOS, RÉPLICAS, trashumancia de garganta
silencios que duelen en la tensión.
Nada va a salir de la forma pensada,
las maravillas venideras no serán lo que hozamos
ahora, en esta máquina de respirar nombre,
en este masticar hueso sin sonido, sabiendo
que el doler está entre manos de pensarte
que abrevar de ti es pan de nunca,
sal que engorda en la flor de la sed, cristalizada,
CUNDE el imperio de la mancha
en cada cosa fuera, creciendo en lo que pasa
no es posible el silencio
de nosotros en yo,
PERO SEGUIRTE IGUAL
que un perro en las sienes,
vivirte donde nunca sucederemos,
y repetirte en el nombre, en el sueño
desparpado, fonético, del hambre.
Y saber que sabes, por la herida,
mientras supura mundo, en la tercera.
NO DEJAR DE DECIR QUE NO,
no dejar de latir en letanía que no sucederá.
Nada para el moler de vergüenza, para el hender
de culpa, trazado en un círculo se sueña río, avanzando,
aserrando con el silbo de una risa, desde la eficaz tercera
divisar la pavana,
escupirme en ella, con un palo
pegarme con un palo de tu nombre.
mirarte en la concavidad de un espejo,
do yace lo que he cavado en mí de ti,
qué brevedad el encuentro,
qué largo el reguero nodulado con el sueño
salivado, aquello que no sucederá.
NO ES TU CUERPO el que amaña mi vida,
no es tu cuerpo el cuerpo
que me ahoga.
LA ARREMETIDA DE HAMBRUNA HA VENIDO hasta tu ojo;
allí,
en el silencio de no pasar nada
sé que sumas, que en la cancela guardas, y perdida,
vas de los bobinados a los odres, y de allí al silencio, donde sabes.
Girarás la llave.
Cremallera subida cuando abres la boca
para dejar suspensa
en la tierra de nadie de los labios,
la que no dirás y yo espero.
Pero
¿Y si viniera
LA CABEZA CANTANDO de tu nombre
por el río sordo que va a parar
al lago de Oscar Wilde
cuando dice Narciso?
LAS YEMAS ELECTRIFICADAS que lo secan.
El almíbar de miseria que lo perpetúa
mofa, este fruto indiscutible que no es nada.
AHORA VENIR los bríos,
las roturas que dejan correr
lo líquido del sueño.
Abiertas las yemas
por el nombre han sido,
grifos de la elucubración
nuevamente. Las vísceras han
Y te ríes
Vivimos tiempos sombríos, donde las peores personas han perdido el miedo y las mejores han perdido la esperanza.
Una cultura con acceso total a su propio archivo deja de necesitar inventar futuro, porque siempre resulta más barato reciclar el pasado. Vivimos en una época que ofrece una cantidad aparentemente infinita de información, música, imágenes y opiniones, y que sin embargo empuja a todo el mundo hacia los mismos lugares: las mismas plataformas, los mismos algoritmos recomendando lo que ya nos gustó antes.
Los jóvenes universitarios imbecilizados en las aulas y en los medios de propaganda (léase difusión) por el wokismo, el socialismo (siempre avanzada siniestra del comunismo) y la colonización musulmana, han votado y aupado al Poder a neocomunistas e islamistas en lo que podría ser no sólo una muestra histórica de imbecilidad colectiva, también de la tentación totalitaria.
Regresarán el wokismo y los generales vestidos como furcias, regresará el negrismo racista y ladrón, el mujerismo despelotado y regresará la apología de la mariconería y la persecución del hombre blanco y viril (si es que alguna vez se marchó).
Cuando un árbol gigante se suicida, harto de estar ya seco y no dar pájaros.
La censura es ignorar deliberadamente una idea irritante.
El dedo de Dios masturba a un cadáver sepultado entre cascotes.
La culpa y el remordimiento son útiles accesorios para la memoria.
¿Cuándo se convierte una herramienta útil en una necesidad y luego en nuestro amo?
Cuando el mundo era medio milenio más joven, tenían todos los sucesos formas externas mucho más pronunciadas que ahora. Entre el dolor y la alegría, entre la desgracia y la dicha, parecía la distancia mayor de lo que nos parece a nosotros. Todas las experiencias de la vida conservaban ese grado de espontaneidad y ese carácter absoluto que la alegría y el dolor tienen aún hoy en el espíritu del niño. Todo acontecimiento, todo acto, estaba rodeado de precisas y expresivas formas, estaba inserto en un estilo vital rígido, pero elevado. Las grandes contingencias de la vida -el nacimiento, el matrimonio, la muerte- tomaban con el sacramento respectivo el brillo de un misterio divino. Pero también los pequeños sucesos -un viaje, un trabajo, una visita- iban acompañados de mil bendiciones, ceremonias, sentencias y formalidades.
Para la miseria y la necesidad había menos lenitivos que ahora. Resultaban, pues, más opresivas y dolorosas. El contraste entre la enfermedad y la salud era más señalado. El frío cortante y las noches pavorosas del invierno eran un mal mucho más grave. El honor y la riqueza eran gozados con más fruición y avidez, porque se distinguían con más intensidad que ahora de la lastimosa pobreza. Un traje de ceremonia, orlado de piel, un vivo fuego en el hogar acompañado de la libación y la broma, un blando lecho, conservaban el alto valor de goce que acaso la novela inglesa ha sido la más perseverante en recordar con sus descripciones de la alegría de vivir. Y todas las cosas de la vida tenían algo de ostentoso, pero cruelmente público. Los leprosos hacían sonar sus carracas y marchaban en procesión; los mendigos gimoteaban en las iglesias y exhibían sus deformidades. Todas las clases, todos los órdenes, todos los oficios, podían reconocerse por su traje. Los grandes señores no se ponían jamás en movimiento sin un pomposo despliegue de armas y libreas, infundiendo respeto y envidia. La administración de la justicia, la venta de mercancías, las bodas y los entierros, todo se anunciaba ruidosamente por medio de cortejos, gritos, lamentaciones y música. El enamorado llevaba la cifra de su dama; el compañero de armas o de religión, el signo de su hermandad; el súbdito, los colores y las armas de su señor.
Al tiempo que aparece la luna, se levanta un soplo de aire. Como si la oscuridad lo hubiera mantenido encerrado y la luz lo liberara. Se oyen más nítidos los cercanos crujidos entre las cañas que crecen del lado de acá de las dunas. Si el observador levantaba la mirada en dirección a ese ruido, descubre la silueta de un perro, y el relámpago de sus ojos como un chispazo que se apaga enseguida, en cuanto el paso de una nueva nube cubre la luna. Mar adentro vuelve a formarse la mancha espesa, como de brea., que ocupa todo el horizonte, mientras que el perfil de la costa está marcado por el reflejo anaranjado de las luces. Se ha detenido otra vez el viento, y a través de esa calma, desde el lugar en el que escarba el perro, se abre paso un olor dulzón, de vieja carroña, que impregna el aire.
Porque es esta la miserable condición del hombre, y la bárbara enseñanza de la razón: los placeres y dolores humanos son meras fantasías, y únicamente el malestar que deriva de la certeza de la nulidad de las cosas es justo y verdadero. Y, aunque si regulásemos toda nuestra vida según el sentimiento de esta nulidad el mundo llegaría a su fin y justamente seríamos llamados locos, no deja de ser cierto también que sería esta una locura muy razonable: tanto que comparada con ella toda sabiduría sería una demencia; porque todo en este mundo se hace por el simple y constante olvido de esta verdad universal: que todo es nada.
Así, montada en la langosta, pareces la extraña rabia nubosa que doma el deseo, mi deseo de ti, cuanto yace conmigo intoxicado, lo que templa la lengua de la cavidad medular, tus huesos y los míos alzan la voz desde sus encierros y nos piden salir a la procesión de bastidores que está aflorando de debajo del asfalto y empieza a organizarse en los portales de los bloques de pisos que ya no pueden contenerlos, un grupo de chicas ha levantado las aceras usando gatos hidráulicos, han liberado el miasma, poco puede hacerse ya para detenerlas, y tú, montada en la langosta de la enfermedad, te retuerces sin placer alguno, has cerrado tus terminaciones nerviosas como si de una traición se tratase, situándote en simetría con lo que está pasando fuera, ya no padeces, te veo y te siento desde el dispositivo de vigilancia que armé solo para ti, mi pérfida observación de ti se amontona en las cunetas de las estaciones término de un anteayer que además de habernos dejado atrás se burla de cómo hemos escogido recordarlo.
Acopiado el miedo, te haces bilis sobre las sábanas, dejas manchas costrosas en las que leeré la buenaventura cuando sea el momento de cambiarte de postura, las yagas que intento evitarte improvisan rimas en la televisión y ulceran el televisor que te empeñas en mantener encendido a pesar de tener la atención puesta en pantallas distintas, las de parapeto en las que se proyecta la sombra de las marionetas que fuimos y cuyo papel ahora es representado fuera, siempre fuera, por otros y otras, y ahí te reflejas, los colores confundidos del momento y sus variaciones de tono se pierden como electrodos púrpura en el laberinto de un maizal antiguo y fosilizado, gateas por los pasajes entre la roca labrada y te raspas las rodillas y los codos y solo ello justifica la búsqueda, en el centro te espera una urna que contiene algo nutritivo con lo que sanar, algo que te ayude a desandar el camino, quizá, o a roturar otro diferente, una diagonal ácida entre las celdas, mi querida extenuada, llevas el collar tan ajustado que la respiración ya es solo un hilo que huele a fermento, tiro fuerte de la correa, te sigo, descuida, el mal poroso empieza en la garganta y luego se extiende a los pulmones y la linfa hierve, se acaba el invierno entre detonaciones y aplausos, llega la primavera con sus contaminaciones y la información se desborda por las fachadas, aunque fuera, siempre fuera, y de vuelta tras cada incursión al terreno tomado de las demás casas traigo puñados de cascabeles que lanzo al aire, llueven sobre ti, te celebran, de algún modo. Las permutaciones de las vías probables de habitabilidad del momento dan asilo a estos sentimientos de reincorporación a la biomasa sorda de la que nunca debimos haber salido, la habitabilidad de las vías permutadas de la biomasa sienten la salida de un nosotros sordo y probable y asilado entre momentos reincorporados a la ansiedad del instinto, un momento habitado por el sentir de biomasas instintivas que han reincorporado la ansiedad a la vía sorda de lo probable tras haber permutado cualquier salida.
De nuevo el laberinto, una condensación de dependencias, llama a sus hijas, es estrecho y va a estrecharse aún más, entre sus quiebros se han perdido tantas como para ser folclore, una tradición que se arruga en tu estómago de tal modo que tu participación se entiende ineludible, las niñas y tú solíais formar pelotón en la embocadura, una de vosotras envenenada por papá, y corríais directas hacia las paredes, los golpes os curtían y traían brillos, imágenes saturadas de solo brillo, carmesí en los bordes y al blanco vivo en su centro, a veces esos mismos golpes servían para extraer el veneno, y en otro centro, el del laberinto, os cogíais de las manos y hacíais corro y, como lilas sin podar, formabais arbusto y florecíais cada año en los ramales viejos, distraíais el trabajo y la pobreza que, fuera, siempre fuera, conservaban vuestro calor hasta que regresaseis, en la misma puerta, siempre fuera, donde hoy los grandes hombres se acercan a los cajeros automáticos y retiran de ellos rostros suaves y afables, rostros como el que tengo aquí para ti y que superpongo al tuyo y que puedas resultar atractiva de nuevo, rostros de antes de la enfermedad, aún en reproducción continua en las plataformas de capitalización humana, muchachas de cera y matrioskas de porcelana, las primeras hacen crujir sus capas externas y así anulan el ardor líquido y contagioso de sus núcleos, las segundas contienen alas de mosca, fibras de amianto, dientes de leche y gas, se creen volátiles.
Como esos hombres de barbas rojas que perseguían
Por el resto de su vida la inconmensurable distancia,
Y la teñían de mar,
De cielos explotando,
De crepúsculos bordeando con la Nada y,
Al final,
Regresaban al punto de partida y el único
Sabor en sus bocas, además de la adorable sal,
Era la amargura de la certeza de que la tierra
Era una redonda y húmeda esfera como el coño de una huérfana.
No hay que dudar de todo por sistema, sino practicar la epojé o suspensión del juicio.
¿La epojé?
Sí. la epojé de los escépticos que refiere ese estado mental en el que dejamos que las ideas y la percepciones pasen por nuestra mente sin quedar atrapados por ellas, contemplándolas con aquella indiferencia emocional
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