É unha vella cabeza ó servizo do réxime que naceu da violencia.
Programa Oficial de la XX Edición.
9 de Outubro.
No luscofusco encontramos al heraldo saddler por los bares de Pontevedra.
10 de Outubro. ¡Que vienen los ingleses!
12.12. Desembarco en el Hotel Dabarca. Campamento base clásico de los Stags.
14.31. Xuntanza enxebre pangalaica na Paloma (The Dove). Comer, beber, reír.
16.53. Run amok por los garitos tradicionales de la Anglogalician. Abierto hasta el amanecer.
11 de Outubro. Hoy es el Día que alimentamos a la Bestia.
10.21. The Anglogalician acampa en Agüeiros (Campañó). Ambos equipos han hecho los deberes y presentan las caras nuevas necesarias para que el show pueda continuar. Los casacas rojas buscan joder todas las quinielas, ganando a domicilio de una puta vez. Pero es muy difícil moverle el marco aos galegos.
13.31. Tercer Tiempo no Milano. Todo muy bueno y muy abundante.
16.30. Una de romanos en Pasarón. Pontevedra-Asociación Deportiva Mérida. Partido de la Primera Federación, que viene siendo la tercera categoría del fútbol estatal. El equipo local nunca pierde con nosotros en el campo. Que siga la racha.
19.42. Concierto "Anglogalician Cup Rules" na cervexería Rula. Acústico de Arthur Thin, mito musical de la competición. Menos decibelios que otros años pero mismo espíritu combativo.
12 Outubro. Habrá resaca en el Bank Holiday.
La jornada del quizás.
Igual visitamos Cambados y sus varias hipótesis y viñedos, quizá encontremos una batería en algún pazo por Sisán. Tambores de guerra en los maizales de Gog. Lo único seguro es que cervezas no van a faltar.
13 Outubro.
10.32. Martes y trece. Desayuno del hasta luego no Hotel Dabarca. Los Stags bajan a Porto para pasear sus memorias a orillas del Duero. ¿Habrá álamos?
Empezamos a preparar la XXI.
E coma sempre o de sempre, Galiza Über Alles.



104 comentarios:
Tous les matins du monde.
¿Si supo lo que se cocía en los despachos? Por supuesto. Por grande que sea un club en las grandes decisiones es el Corral de la Pacheca. Sería la primera vez en la historia, una primera vez que ríanse de las de Pedro Sánchez.
¿Lo supieron Buffon y Del Piero? También. Quizá no al principio, los tres, pero en cuanto saltó la liebre -y la del City hace años que enseñó la patita- lo tuvieron clarísimo. Sí, claro, de lo de Negreira está Guardiola al cabo de la calle, cuando lo supo tenía pelo presuntamente.
Fíjense: no tendría problema en admitir que a los tres, Pep, Buffon y Del Piero les repateaban las trampas de sus clubes, de gente que en su vida metió un gol y que ha jugado con su buen nombre.
Pero su reacción ante tales tropelías llegó con los escándalos en la calle, tarde. Siempre me extrañó pues golfadas de esta categoría se destapan tarde o temprano. Resulta que el hombre de vestuario normalmente calla porque maneja lo fundamental: a él ninguno de estos episodios le va a salpicar.
El problema de Guardiola como el de Buffon, Del Piero y tantos otros tiene mucho que ver con las manos en las que se ponen. Estos días, el magnífico firmante J. Bruch escribía en El Triangle un artículo titulado Lo que pase en el Manchester City será exclusiva culpa de Ferran Soriano.
En un párrafo muy interesante escribía: «De Joan Laporta, con quien compartió junta directiva del 2003 al 2009, aprendió (Soriano) los principios básicos de la piratería en el fútbol: que todo vale con el dinero de los demás, que las trampas son el camino más rápido y seguro como ideario de gestión, que la justicia actúa con lentitud y es manejable hasta un cierto punto y, sobre todo, que lo más fácil de modelar y dirigir, con un coste mínimo, es la prensa, habitualmente ignorante a efectos redaccionales y extremadamente pactista a efectos de la propiedad».
Fútbol, dinero, tipos con pocos escrúpulos y un entorno tragador. Menudo cóctel. Invencible.
Traballades menos que Fachascal
Apenas tres días pra que cheguen os fillos da Gran Bretaña e ainda non hai programa oficial.
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The songs
Alza El Rabu, Anglogalician. El Choco Industrial Canta Las 20 Y A Todas Las Mañanas Del Mundo.
É unha vella cabeza ó servizo do réxime que naceu da violencia.
Programa Oficial de la XX Edición. 9 de Outubro. No luscofusco encontramos a la avanzadilla inglesa por los bares de Pontevedra. 10 de Outubro. ¡ Que vienen los ingleses ! 12.12. Llegada al Hotel Dabarca. Campamento base clásico de los Stags. 14.31. Xuntanza enxebre pangalaica na Paloma (The Dove). Comer, beber, reír. 16.53. Run amok por los garitos tradicionales de la Anglogalician sin hora de llegada. 11 de Outubro. Hoy es el Día que alimentamos a la Bestia. 10.21. The Anglogalician acampa en Agüeiros (Campañó). Ambos equipos han hecho los deberes y presentan las caras nuevas necesarias para que el show pueda continuar. Los casacas rojas buscan joder todas las quinielas, ganando a domicilio de una puta vez. Pero es muy difícil moverle el marco aos galegos. 12.00. Pontevedra-Talavera de la Reina. Partido de Primera Federación, que viene a ser la tercera categoría del fútbol estatal. Los locales, si quieren ganar, tendrán que ponerse al Tajo. 15.15. Tercer Tiempo en Nasantiña. Cuanta más Nasa mejor se pasa. 18.32. Para Vigo, para Vigo me voy. Partidazo Celta-Atlético de Madrid a las nueve. Está siendo un día de pelotas. Y volvemos a Pontevedra, muy agradecidos a la Peña Carcamäns por el indispensable apoyo logístico, para romper el colchón. 6 Outubro. Mañana de resaca. 18.07. Visita guiada por las raíces mitológicas de Pontevedra. A Teucro le gustaba la cola de Leucoiña. Lecciones de griego y toda la pesca. 19.21. Milano. Merienda y al azar. 7 Outubro. 12.09. Desayuno cervecero en el Hotel Comercio, ahora llamado Alda Centro, y que es el campamento base de los Stags de Sheffield en esta ocasión. Después, octopus party en un Pulpeiro convertido en Shefidel. Se exagerarán anécdotas, habrá promesas y buenos deseos, se empezará a preparar la XX.
PD Los becarios se atrincheraron y no devuelven las llaves
PD2 Yo si no presento un programa oficial verificado por el Main, la parienta no me da los permisos para acudir a ningún evento
PD3 Para los apostadores, el Pontevedra va a ganar 2-1 al Talavera y el Celta Atlético terminara 1-1
Esas criaturas. Patéticas, parasitarias, inútiles. Esos falsos Sans–Culottes que, disfrazados de ideólogos, teólogos, periodistas, cronistas, escritores, actores, grillos cantores y vendidos a una izquierda sin dignidad, putas à la page, dicen solo lo que está de moda. Lo que les dicen que digan. O bien lo que les sirve para colarse en la jet-set pseudo intelectual, aprovecharse de los privilegios que eso conlleva, ganar dinero. (Mucho dinero). Esos insectos que han sustituido la ideología marxista por la moda de lo politically correct. La moda o bien la asquerosa hipocresía que en nombre de la Fraternidad (sic) predica el pacifismo a ultranza, repudia también las guerras que hemos librado contra los nazi-fascistas de ayer, besa los pies de los invasores y crucifica a los defensores. La moda o bien la engañifa que en nombre del Humanitarismo (sic) absuelve a los delincuentes y condena a las víctimas, llora por los Talibanes y escupe contra los norteamericanos, les perdona todo a los palestinos y nada a los israelíes. (Y que en el fondo querrían volver a ver a los judíos exterminados en los campos de Dachau y Mauthausen). La moda o bien la demagogia que en nombre de la Igualdad (sic) niega la calidad y el mérito, la competición y el éxito. Pone en un mismo plano a una persona culta y una analfabeta, un ciudadano respetable y un payaso girouette que exaltaba a Pol Pot. La moda o el cretinismo que, en nombre de la Justicia (sic), abole las palabras del diccionario y llama “obreros ecológicos” a los barrenderos. Llama “colaboradoras familiares” a las criadas. Llama “personal no enseñante” a los conserjes de los colegios, “invidentes” a los ciegos, “no oyentes” a los sordos, “no caminantes” (supongo) a los cojos. Y “función política del hecho social”, al asesinato político. La moda o bien la inmoralidad que llama “tradición local” o “cultura diferente” a la ablación. Es decir, la costumbre feroz con la cual para impedir el placer sexual, numerosos musulmanes cortan el clítoris a las muchachas y les cosen los labios mayores de la vulva. (Dejan solamente una pequeña grieta que permite orinar. Imagínate pues el sufrimiento de una desfloración y luego de un parto.) La moda o bien la farsa según la cual los occidentales descubrieron la filosofía griega a través de los árabes. Según la cual el árabe es la lengua de la Ciencia y desde el siglo IX la más importante del mundo. Según la cual cuando escribió sus fábulas Jean de la Fontaine no se inspiró en Esopo: plagió unos cuentos indios traducidos por un árabe llamado Ibn-al-Muqaffa.
Resulta llamativo que las voces más partidarias de la censura correspondan a gente con formación en humanidades. Hay un sesgo: son los interesados en estos temas. Pero, ya que son personas que han estudiado la historia de la cultura y de la intolerancia, ¿cómo no piensan que otros pueden aplicarles a ellos las mismas reglas, por las mismas razones? ¿Cómo no imaginan una situación en la que su posición sea minoritaria y alguien quiera excluirlas o silenciarlas? ¿Cómo han olvidado los peligros a los que, tantas veces, nos ha conducido el dogmatismo? Solo tenían una cosa que aprender y no lo hicieron.
Casi de inmediato comenzó a disparar ruidosamente un chorro de deposición que bañó la cabeza puntiaguda y lampiña del doctor Ciervo, quien dejó escapar un prolongado y ronco gemido de placer.
Magnífico día para celebrar a XX!
nada paga el llanto de ese niño cuyo globo se escapa entre las casas
La racha se fue a tomar por culo.
0 a 3.
La búsqueda de la famosa verdad no tiene sentido; para que lo tuviera, las cosas tendrían que ser algo concreto, pero siempre son ese algo y simultáneamente otra cosa.
La Anglogalician Cup es un singular e histórico torneo de fútbol de confraternización que enfrenta anualmente al equipo pontevedrés Porcos Bravos contra los británicos Sheffield Stags.
El evento, nacido de forma espontánea en 2007 a raíz de unas despedidas de soltero, acaba de celebrar su 20ª edición este pasado fin de semana en Campañó (Pontevedra).
El Diario de Pontevedra realiza un seguimiento habitual de este fenómeno local. Los puntos clave de esta competición y su última edición incluyen:
• El torneo: A pesar de la creencia popular de que juegan al rugby debido al nombre de los Porcos Bravos, se trata estrictamente de un torneo de fútbol.
• Balance histórico: El equipo gallego domina el palmarés con 12 victorias frente a 7 de los ingleses. El trofeo físico original se exhibe de manera permanente en el pub O Grifón, en Pontevedra.
• La tradición del "hechizo": Cada año que el torneo se disputa en tierras gallegas, los participantes acuden juntos al Estadio Municipal de Pasarón para ver jugar al Pontevedra CF. Existe la tradición mística de que el conjunto granate nunca pierde cuando la expedición de la Anglogalician Cup acude al estadio.
• Tercer tiempo: El evento destaca más por su ambiente festivo que por lo competitivo, incluyendo comidas populares en locales como el Milano y conciertos acústicos del músico oficial del torneo, Arthur Thin
Sports news . . . This morning, I watched the 25th annual 7-a-side match between my friends Os Porcos Bravos and the visiting Sheffield Stags. As ever, the locals won, if only because they’d again taken advantage of British drinking habits to ensure their opponents were all hungover – or still asleep – when the match was due to start. The Stags had somehow arranged for a very light drizzle to fall – after suffering in 30 degrees last year – but were nonetheless 6-0 down by half-time and, despite scoring early in the 2nd half, ran out 2-10 losers. But at least this wasn’t quite as bad as last year’s 1-11. Actually, given the shots ratio, the Porcos should have done better. A post-match lunch for 38 had been set up outside a restaurant in Pv city but a light drizzle forced everyone inside. Whereupon – this being Galicia – the sun came out.
Octubre es el mes revolucionario por excelencia, desde aquellos míticos tiempos en que los bolcheviques se apoderaron del Palacio de Invierno, organizando una orgía de campeonato con lo que pillaron en las nutridas bodegas del Buen Zar Nicolás y abusando colectivistamente de las defensoras del Primer Batallón de Mujeres de Petrogrado, que había dejado allí Kerénski a guardar el fuerte, mientras él se daba el piro.
Ahora mismo en Expaña tenemos las calles al rojo vivo, con gente a la que se ha convencido de acampar por doquier para protestar por la paupérrima situación de la vivienda, y con la convocatoria a la vista de unas improvisadas elecciones generales (la tan cacareada "fiesta de la democracia") y de una muy oportuna huelga general. Menudo panorama nos espera.
En Francia estamos viendo las barbas del vecino pelar, así que nos toca poner las nuestras a remojar. Sobre todo a la vista de que aquí a la masa pastueña de los votantes sus políticos la pastorean y la fanatizan que da un gusto, como lo estamos viendo en estos días, con procedimientos cada vez menos sutiles o elaborados. Apenas se curran ya los argumentos que sueltan a su clientela de retrasados mentales, a golpe de twitter y de tiktok; la coherencia entre lo que se dice/promete y lo que luego se hace brilla por su ausencia, "cabalgando entre contradicciones" como diría en una de sus frases más célebres el Chepudo de Galapagar; se ríen y hasta se orinan y defecan encima de las masas zombificadas, porque piensan que ya todo da lo mismo.
Nos han perdido el respeto, nos lo llevan perdiendo desde los tiempos de la Plandemia, sino desde antes; y además esperan que nos peleemos entre nosotros por defenderles a ellos, sus poltronas y sus nauseabundos intereses, egolátricos y crematísticos. ¿Seguirá el pueblo expañol ofreciendo ese triste espectáculo del duelo a garrotazos que pintara en su día el Genio de Fuendetodos, cual gresca gitana, "qué pena tan grande, madre, qué pena tan grande..."? ¿O habremos aprendido al fin la lección, y a fuerza de recibir ostiones como panes (como también se expresa el Chepudo con su verbosidad tan proverbial) nos habremos caído del guindo para constatar al fin que todo esto de la soberanía popular es una descomunal tomadura de pelo, una burda y grotesca manipulación, un espectáculo de marionetas manejado por los oligarcas habituales. Porque, al fin y al cabo ¿quién está detrás del PSOE, Sumar, Podemos y los grupillos llamados de izquierdas que han ido surgiendo? El jota, perdón, el geta de George Soros. ¿Y detrás del PP, Vox y sus adláteres? El otro jota, perdón geta, de David Hatchwell.
La tradición no exige obediencia, sino interlocución. Los muertos no tienen por qué tener razón para merecer que los escuchemos.
El Igual y el quizá del día 12 se cumplkieron.
Cambados y Sisán.
Un éxito.
EL PSICOTERAPEUTA COMO CALZADOR (la calza de brujas)
Adaptarse al Reality Establecido: la única prioridad.
Si prefieres la REALIDAD al Reality se te va la olla, eres clínica (¡y cívicamente!) sospechoso y, por tanto, cancelable.
Pero cuando, como hoy, el Reality Establecido se va convirtiendo en búnker a la merma, ¿habrá suficientes psicoterapeutas para encajar a todo un planeta en el diván?
After 26 years, I finally got my foto on the local press, when attending lunch with the Porcos Bravos and the Sheffield Stags. The latter are, of course, known here as Los Esheffield Estags. I actually tried to avoid it but the photographer’s lens was wider than I thought and caught me at the edge.
We passed the infantry about five miles out. Wasn’t I glad I was not a doughboy, as I saw the poor fellows trudging along under their heavy burdens.
Os creéis que esto es una historia de venganza. Pero esta historia trata del orden divino de la bondad y la abundancia, y de cómo nos perdemos por culpa de ese diablo malvado que piensa que no deberían existir esas cosas en el mundo, sino solo en él. Trata del descontento que crece en tierra y mar, como un bulto que se convierte en coral y le revienta desde dentro el pecho a una mujer. Trata de tierras bañadas en sangre de guerras donde muchos más van a sufrir.
Ni tan mal
En el mundo hay un señor que es Dios sin saberlo. Su poder, sin embargo, no es absoluto. Sus deseos, sus fantasías, sus más vagas intenciones se realizan de un modo que parece arbitrario por estar sujeto a leyes desconocidas, aunque naturales. Sus secreciones estomacales provocan, por ejemplo, ríos de lava en algún lugar de la Tierra. Su mal humor desencadena guerras. Procesos más sutiles que tienen lugar en cada una de sus células o sus cabellos rigen la vida privada de los hombres. Ese señor no es inmortal. Cuando muera es posible que sus poderes sean transferidos a otros por nacer. También es posible que el mundo desaparezca por completo, pero eso no lo sabremos nunca.
Dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro.
Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia:
- Tu ejército huye, has perdido el reino.
Chance led me once, when idling through the street,
Beneath a porch my listless limbs to seat,
Where rudely heaped, some sculptured marbles lay,
Of pediments now crumbled to decay.
There the fallen building as I musing eyed,
Which meditation to the mind supplied,
And called me back to epochs now remote,
When Zeuzis painted and when Plato wrote,
Aloof my faithful Tartar waiting stood,
(Derwish Tahiri); for he understood
His master's fancies, and with naked blade,
The near approach of boorish men had staid.
Close to the spot a Grecian dwelling reared
Its modest roof. A courteous man appeared;
And, bowing low, with invitation pressed
To enter in, and on his sofa rest.
I crossed the threshold of the courteous man,
And smoked and chatted. Close by the divan
His son, as Eastern usages demand,
In modest attitude was seen to stand.
And smiling watched the signals of my will,
To pour sherbet, or the long chibook fill.
Grace marked his actions, symmetry his form;
His eyes had made an anchorite grow warm,
His long attire, his silkin anteri,
Gave pleasing doubts of what his sex might be;
And who that saw him would perplexed have been,
For beauty marked his gender epicoene.
Day after day my visits I renewed,
His love with presents like a mistress wooed;
Until his sire with dreams of greatness won,
To be my page made offer of his son.
I took him in my train, with culture stored
His mind, and in it choice instruction poured;
Till like the maiden, who some budding rose
Waters with care and watches till it blows,
Then plucks and places it upon her breast,
I too this blossom to my bosom pressed.
All ye who know what pleasure 'tis to heave
A lover's sigh, the warm caress receive
Of some fond mistress, and with anxious care
Watch each caprice, and every ailment share.
Ye only know how hard it is to cure
The burning fever of love's calenture.
Come, crabbed philosophers, and tell us why
Should men to harsh ungrateful studies fly
In search of bliss, when e'en a single day
Of dalliance can an age of love outweighl
How many hours I've sat in pensive guise,
To watch the mild expression of his eyes!
Or when asleep at noon, and from his mouth
His breath came sweet like odours from the south,
How long I've hung in rapture as he lay,
And silent chased the insect tribe away.
How oft at morn, when troubled by the heat,
The covering fell disordered at his feet,
I've gazed unsated at his naked charms,
And clasped him waking to my longing arms.
How oft in winter, when the sky otercast
Capped the bleak mountains, and the ruthless blast
Moaned through the trees, or lashed the surfy strand,
I've drawn myself the glove upon his hand,
Thrown o'er his tender limbs the rough capote, 'Or tied the kerchief round his snowy throat.
How oft, when summer saw me fearless brave
With manly breast the blue transparent wave,
Another Doedalus I taught him how
With spreading arms the liquid waste to plough.
Then brought him gently to the sunny beach,
And wiped the briny moisture from his breech.
Oh! how the happy moments seemed to fly,
Spent half in love and half in poetry!
The muse each morn I wooed, each eve the boy,
And tasted sweets that never seemed to cloy.
Women as women, me had never charmed,
And shafts that others felt left me unharmed.
But thou, Giraud, whose beauty would unlock
The gates of prejudice, and bid me mock
The sober fears that timid minds endure,
Whose ardent passions women only cure,
Receive this faithful tribute to thy charms,
Not vowed alone, but paid too in thy arms.
For here the wish, long cherished, long denied,
Within that monkish cell was gratified.
And as the sage, who dwelt on Leman's lake,
Nobly his inmost meditations spake,
Then dared the man. who would like him confess
His secret thoughts, to say his own were less;
So boldly I set calumny at naught,
And fearless utter what I fearless wrought.
For who that's shrived can say he never slipped?
Had conscience tongues what back would go unwhipt?
Is there an idiosyncracy prevails
In those whose predilection is for males?
And like the satirist, who gravely said,
'When wives are tiresome take a boy to bed."
Abramos juntos el último orgullo del futuro.
El albariño de Cambados tiene el perfume lento, como el de los últimos jazmines del otoño colocados en un búcaro en la repisa de la chimenea donde arde el primer fuego novembrino
Yo no sé beber solo; tengo que amistar con alguien para poder darle luego a una jarra lo suyo, mano a mano, con las parrafadas y pausas que conviene. Por esto he hecho muchos amigos por esas tabernas de Dios, amistades de las horas canónicas de las tabernas que tienen siempre algo de la sorpresa de las amistades infantiles.
Junto a la cancha de fútbol,
si no dices paso del tiempo, dices:
he vuelto a ver la mañana sobre el corazón de los niños perdidos.
Junto a la cancha de fútbol,
si tú dices “frontera amanece”, una pelota gira
bajo la mesa blanca del vecino. Aunque
no he sabido de mí hace años, cuando era pequeño
y múltiple,
y múltiple rasgaba el vientre de una hormiga
con una piedra finísima. Desde el dibujo
donde transcribo al niño paisaje invalidez,
él esconde un robot de cartulina
y lee mi rostro de polvo contra su propia habla
perdida.
En la historia, siempre que la civilización se ha despeñado por el precipicio —y se ha caído a veces por precipicios atroces—, ha encontrado una rama de la que agarrarse y desde la cual recomponerse. Sigue habiéndolas, y todavía son muchas, creciendo inverosímilmente en las grietas del abismo que ahora encaramos. Seamos optimistas mientras no las calcine el fuego.
El partisano desarrolla su actividad en la tierra y el pirata la desarrolla en el mar, pero el nuevo partisano, al que habría que empezar a dar un nombre propio, desarrolla su actividad sobre un flujo virtual hasta ahora desconocido y que solo se materializa sobre grandes paneles o pantallas de ordenadores, tabletas o teléfonos inteligentes.
Orden, Higiene y Limpieza.
Long live the Anglogalician Cup
Al Mérida NO.
Al Cacereño SÍ.
Se equivocaron de equipo extremeño.
Fue una persona de buena estatura y talle, bien proporcionado y fornido. El color de su cara tiraba un poco a ceniciento, y no era muy alegre; y, si tuviera el rostro un poco más alargado, tendría mejor apariencia, y sus ojos al mirar parecían afectuosos y por otra parte severos. Tenía las barbas un poco oscuras, pocas y ralas; y el cabello, según lo tenía en aquel tiempo, era de la misma manera que las barbas. Tenía el pecho alto y la espalda de buena manera, y era delgado, de poca barriga y tenía las piernas un poco arqueadas, y los muslos y las manos bien estirados. Era buen jinete y hábil con todo tipo de armas, tanto a pie como a caballo, y sabía manejarlas muy bien y, sobre todo, con corazón y coraje, que es lo que hace al caso.
Le acechan mil peligros, entre ellos, el de caer en una organización de carácter sectarismo, en una capilla político-literaria, a base de escritores epicénicos y pedantesco protocolo. Le acecha también el peligro de no resistir suficientemente la presión de los reaccionarios y de ser satélite de esas fuerzas. Primo no debe olvidar que su victoria será tanto más propia en tanto menos apoye en las concepciones de los reaccionarios la idea nacional y social de su bandera, en tanto consiga mantener el contacto con las grandes zonas de Porcos Bravos a la intemperie.
Que las drogas estimulan la telepatía, es sabido. Y el alcohol, también. Es así que por lo que «pegan a un borracho» es por la telepatía, aunque la suya sea la telepatía más asquerosa del mundo. Es así que pasamos del phantasma psicoanalítico «pegan a un niño» al phantasma metapsicoanalítico «pegan a un borracho», siendo el borracho y el niño dos de las víctimas, así como la mujer, de esta sociedad occidental patriarcal o capitalista. De esta forma abogamos por una nueva definición del proletariado como el excluido de la sociedad, y en esa definición cabe también el loco.
Ahora bien, excluido de la sociedad quiere decir también excluido de la vida, por cuanto como es sabido el hombre es un ser social y no hay vida sin sociedad: es por ello que cambiar la sociedad es cambiar la vida, como pedía Rimbaud: Il faut changer la vie. Y es que hace falta cambiar un mundo sin alma, hacer real la religión, y no situarla Más Allá, sino aquí, como pedían las herejías medievales: aquellas eran sólo peligrosas, como mi locura, por cuanto las dos situaban a Dios del lado de acá –This Side of Paradise– de este mundo.
Es de esta manera que lo que se castiga es una pérdida del sentido, que es en verdad su hallazgo, siendo el otro sentido -la razón capitalista o la Razón- el más asqueroso de los sentidos.
La locura así no es descartar la Razón, sino ofrecerle una alternativa, como el Psicoanálisis tiene que ser el doble de la locura, su espectro o fantasma. Su redención verdadera.
La vida humana es sólo una pesadilla irracional: cuando alguna utopía trata de convertirla en algo racional, el resultado así sólo puede ser 1984 de Georges Orwell. Lo dijo Goya, «el sueño de la razón produce monsturos», y cuando el Estado trata de manejar la opinión pública como un sistema, como algo distinto de lo que es, una mera epidemia, sólo alcanza a fabricar locura. El prototipo del Estado es así Hitler o Mussolini, dos racionalizaciones o sistematizaciones de la pesadilla normal o habitual. Ello quiere decir que el Estado, si es verdaderamente demócrata, no debe existir, o debe existir lo menos posible. La vida humana no debe transgredir su verdadero carácter ínfimo o banal, y el ser humano no debe alejarse jamás de su carácter de eunuco, que tiene en un antiguo general su modelo y representación más perfecta. Los gigantes, por el contrario, son los que caen en poco tiempo. Es el tema, no del nacimiento, sino de la muerte del héroe. The murder of Christ, de Wilhelm Reich. «El recién llegado decía que era capaz de extraer la espada de la roca. Todos los habitantes de Zadar palidecieron, al oír la noticia. Al llegar la noche, amparándose en la oscuridad, llegaron hasta su lecho y le ahogaron con la almohada». Ello quiere decir que la vida humana está sellada: no puede devenir significante, y ha de sobrevivir como nada. De otra manera, violado el tabú, se transforma en algo no pretendido y horrible.
El ser humano debe, pues, dormir, y lograr con la ironía sobrellevar su vida de monstruo dormido. El gobernante, modelo de superhombre, debe continuar siendo una ilusión, tal como ocurre con el Rey de Inglaterra, y no un gobernante real. De esa manera la vida no rebasará jamás su insipidez, y no se convertirá en tragedia. Es como el final de Saló, de Pasolini: la banalidad es el único corolario del desastre o de la peor de las tragedias, y tragedia y banalidad se conllevan sin que para nada haya lucha entre ellas o negación de la negación. Así, contra lo que pretendería algún filósofo idealista, la injusticia no violenta ninguna condición humana, sino que todo lo más destruye una felicidad o un bien particular. Y al final de la Historia, repleta de crímenes, puede decirse «aquí no ha pasado nada». Así como la literatura sólo sirve a la literatura, la causa del héroe es tan sólo la causa de sí mismo o de quienes, al identificarse con él, son también o solamente héroes, y no ciudadanos reales. La Historia, que no ahora, sino siempre, ha estado al borde de su término o de su realización, por obra del héroe o de Alejandro, recae una y otra vez en el tema de la muerte del héroe, y muerta la canción sólo queda el ruido de fondo y la brutal concreción del mercado. Que lo que Böhme llamara «rueda del miedo» sea pavorosa e invivible, no quita que haya un callo que nos acostumbra y nos une a ella. Y «aquí no ha pasado nada»
Así, pues, no hay Historia en el sentido de un progreso lineal, sino sólo una sempiterna alternancia de ascensiones y caídas, tal como en una enfermedad. También el héroe es en ella nada más que un accidente o una enfermedad, tal como incluso se ha llegado a decir de la literatura. Y el destino del héroe, algo así como un niño con dos cabezas, es la muerte, y ella incluso antes de nacer, o antes de su conversión en héroe de la Historia; véase el caso de Edipo. Es más, podríamos decir que la muerte es una de las matrices del concepto de héroe, y esto no sólo en el caso del héroe militar, sino también en el del héroe religioso: Manes o Jesucristo. Así, toda honra es una honra fúnebre. Lo que quiere decir que no hay posibilidad de que aquello que se sobreponga a lo humano logre permanecer fuera o dentro de él, y que por tanto la Historia es incapaz de adelanto o progreso alguno, sino que encuentra su principio y fin, su posibilidad toda, en lo que hemos llamado el tema de la muerte del héroe. El hacha de la decapitación define así los bordes de la Historia. O, en otras palabras, la Historia es la historia de la muerte de Cristo.
«La venganza es un plato que se sirve frío», como dice un viejo adagio: es un recuerdo que nos emborracha y nos constriñe, y que nos gusta acariciar en las noches de soledad.
Toda la obra de Poe, podría decirse, es un elogio e hipérbole de la venganza: «El corazón delator», «El gato negro», «El tonel de amontillado», etcétera. En «El tonel de amontillado» se lee uno de los recursos de la venganza: la deformación de la imagen del enemigo, su conversión en payaso o bufón, en algo menos humano de lo que es el vengador, quien siempre -por ejemplo, en El conde de Montecristo– se cree un héroe, un héroe frío con el corazón muerto -como dice aquí un loco de Santa Águeda-, «el corazón muerto por la droga». Esto quiere decir que, esencialmente, la venganza no sirve para nada, por cuanto su autor para cometerla debe previamente morir: esto es, no vivir para otra cosa que no sea el sedimento del futuro, el callo de la venganza.
El vengador debe tener fe: fe en el futuro, en el cumplimiento total de la venganza, que ni está aquí, ni siquiera, cuando cumplida, hemos eyaculado el odio, y la venganza ha terminado, y ya no es.
Hay muchos tipos de venganza: la venganza del que espera y creen en el destino como el filo de la venganza, y se dice a sí mismo: «Siéntate a la puerta y verás pasar el cadáver de tu enemigo»; la venganza del chino, que es el suicidio, por cuanto aquél creer que el muerto tiene más poderes que el vivo. También, cuando la injusticia es absoluta -como dijera Dámaso Alonso, «cuan bestial es el topetazo de la injusticia absoluta»-, la venganza alcanza proporciones cósmicas y para llegar a ellas se expresa en términos políticos: es la venganza de Hitler o de Mussolini. También la venganza puede alcanzar proporciones imaginariamente totales en el simbolismo religioso: es la venganza de Savonarola, también teñida de política; la venganza de Thomas Müntzer; la venganza de San Juan: el Apocalipsis.
Ahora bien, parafraseando a Lacan, al estructuralismo, la venganza es un efecto de lenguaje: estamos ligados a ella por una palabra, por un juramento, porque, de no ser así, no estaríamos seguros de desear siempre la venganza, porque si el sueño de la venganza ha de ser siempre el mismo, el deseo es mudable y podríamos un día pensar que ya no deseamos la venganza.
En el campo de la escritura todo sigue tan desesperado e inmóvil – iba a decir como siempre, pero no siempre fue así- no hay que olvidar lo olvidado: la escritura del despotismo (en el sentido que esta palabra tiene en el contexto Deleuze-Guattari): Góngora, Villamediana, Bocángel, Juan de Jáuregui. Hay de un lado la escritura que pretende hacer brillar las condiciones a que se ve sometida por el capitalismo -que pretende incluso haber inventado ella misma estas represiones-: Gimferrer, Carnero, Félix de Azúa; por otro lado hay los «genios»: Carlos Trías, Ana Moix, Víctor Orenga -este último nombre quizá resulte desconocido para el lector, pero en breve plazo, si no me equivoco, tendrá ocasión de hacerse con una obra suya, en Tusquets Editores, una mezquina imitación de Beckett. Y la verdad es que de lo malo escojo lo peor: prefiero a los «ambiciosos burgueses» a los «abominables mamarrachos», al menos los primeros ejercen sobre sí cierta censura, su ambición les obliga a cierto sentido de la realidad, lo cual redunda en beneficio de la calidad; mientras que los segundos, fiados en su divinidad, no se obligan a nada, la escritura les importa un bledo, el lector también; actúan impunemente y cualquier teorización de su práctica les sonará a falsa: les preocupa únicamente saber (?) que son genios, y como esta palabra, a decir verdad, es difícil de significar (ni siquiera Goethe lo logró plenamente), se sienten libres para cometer toda clase de crímenes, contra la escritura, contra la producción: en efecto, no hay nadie que responda en nombre de una ni de otra: es, pues, fácil para ellos ser «irresponsables», y hacer coincidir esta noción con la de genio.
Puesto que es necesario que esto se dirija a alguien, y a alguien reciente, escogeré Walter, por qué te fuiste de Ana María Moix, aun cuando podría ilustrar esta crítica obras pasadas -como El juego del lagarto de Carlos Trías- o futuras como Ouroboros de Víctor Ortega o Mi vida como u woke de W. Sifones.
Y nada más queda por añadir, excepto quizás, solicitar en vano un poco más de respeto para una palabra que Poe tanto amó.
El que quiere volar alto, autoafirmarse y crear valores nuevos tendrá que enfrentarse al rechazo de los demás, pero también tendrá que ser capaz de afrontar sus propios instintos reprimidos, sus perros salvajes, hasta llegar a aceptarlos e integrarlos. Para eso se necesita coraje y una aptitud heroica y combativa también.
Y aquella tarde que fui al ballet ruso. Mi padre me llevaba de la mano. Su risa se parecía a la muerte. ¿O era él quien se parecía a la muerte? Las cenizas de la marihuana son blancas.
Esto, claro, no se aprende en la escuela.
Existe la leyenda o la falsa opinión de que el marxismo está reñido con la religión, y de que sólo la burguesía cree en Dios; ahora bien, la frase de Marx que originó esta leyenda no es realmente tan dura con la religión como suele creerse: así Marx, en la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, dice: «la religión es el espíritu de una situación sin espíritu, el corazón de un mundo sin corazón, la religión es el opio del pueblo».
Por otra parte, si Jesucristo era esenio y los primitivos cristianos eran los esenios, sabemos de ellos, por Gérard Walter en Les origines du comunisme, que se intercambiaban la ropa y la comida, es decir, que eran comunistas, y ahí en esa postura comunitaria y antiesclavista radicaba el peligro para Roma de la religión cristiana; en la paradoja de Pilatos no se dice por otra parte que Cristo fuera ejecutado por tener fe, sino que puede leerse homo seditoso turba galilea, hombre subversivo de la tribu galilea. Es más, los primitivos cristianos no adoraban a un Dios que no existe, que es el Dios del catolicismo, cuya tesis principal, al decir de Javier Sádaba, es que dios no existe, sino que creían en un Dios vivo y material que es el Hipercosmos o el cielo de las estrellas fijas o, lo que es lo mismo, el fuego heraclitiano, y éste es el porqué de que Nerón quiso achacar el incendio de Roma a los cristianos, que como hemos dicho adoraban al fuego, y que creían en un amor material y orgiástico -San Agustín prohibió el sexo en el s. VI d.C.-, tal como opinaba el Evangelio de Felipe: «la cámara nupcial no es la de uno sino la de muchos».
Es más, si de terremotos va la cosa, el inconsciente, único monstruo que existe, se descubrió en Judea y es el cuerpo humano, y lo que hizo decir a Spinoza que «nadie sabe lo que puede el cuerpo», y lo que permitió que los primeros cristianos fueran autores, si no del incendio de Roma, de la masacre de Pompeya.
Es así que toda fe es peligrosa si consiste en decir que Dios está del lado de acá, como cuando se dice «aquí se armó la de Dios es Cristo», o como en las herejías medievales que afirmaban subversivamente que Dios existe, y digo subversivamente por cuanto situar a Dios del lado de acá –This Side of Paradise– pone en cuestión la injusticia de este mundo, y desvela la mentira de la fe, lo mismo que el descubrimiento del camarero como siendo el proletariado de verdad -verdad que, como toda verdad, incita fácilmente a la risa- devela la mentira del marxismo fetichizado y convertido en ideología, porque, como diría Wallace Stevens, el único verdadero proletariado es el Emperador del Helado: The Emperor of Ice-Cream.
Todo comienza mirándose al espejo: allí no hay nada, nada sino la quietud del espejo, que no devuelve al vampiro su mirada: y ahí afuera, gritan los niños.
No hay nada más horrendo que un niño: todos los niños adoran al diablo, y llevan en sí la marca de la Bestia.
En cualquier caso, en la habitación vencida, reposan los libros que me hicieron adorar al Señor, al Príncipe de las tinieblas: porque nadie sabe el porqué del mal –mysterium iniquitatis: y en su frente estaba grabado «misterio». Yo soy el arcángel San Gabriel, el príncipe de los misterios.
Me gustaría apuñalar al ser, apuñalar a Dios, hundir el cuchillo en su carne de hembra, sepultar al universo.
Yo, yo, yo: yo no soy ya un hombre, soy un monstruo, alguien que no sabe quién es: como dije en un verso «el trabajo paciente de los hombres barbados me convirtió en un monstruo, que no sabía ser un monstruo».
Pero vuelvo a leer los libros, y encuentro pistas de mi ser en ellos, rastros de mi yo, y del universo.
Quién anduvo entre la violeta y la violeta*.
Pero la vida sigue, y es peor la locura, peor que el suicidio y la desesperación: y me senté sobre la destrucción, e hice allí mi nido: hoy las avispas vuelan en torno del poema.
Y le hablaba al espejo, y recorría las calles perseguido por mi yo, y en la escritura hallé un palacio abandonado: yo era más bello que el diablo, y hoy soy sólo un palacio en vano.
- "Thou shall not covet thy neighbor's wife."
- I believe in that, too. But what happens when thy neighbor's wife covets you?
Si se mira bien, todo es parte de una broma insondable.
Revolucionarios, gólems, chamanes, enfermos mentales y seres subhumanos.
Todo es ceniza y tránsito, pero en mi mirada arde todavía
un futuro de luz.
The Anglogalician es un lugar donde lo disperso encuentra una forma de coexistencia sin perder del todo su singularidad.
On October 25, 1854, during the Crimean War, the British Light Cavalry Brigade, comprising some 670 men, charged against some 25,000 Russian soldiers. Lord Raglan’s plan was to send the Light Brigade to prevent the Russians from removing some guns that had been seized from Turkish positions.
But somewhere along the chain of command there was a ‘blunder’, and the Light Brigade was instead sent on a frontal assault against a vastly superior army, rather than on the gun-capturing mission, with perhaps inevitably tragic results. The Light Brigade charged, as commanded, but were quickly forced into a retreat, though not before some 278 men had been wounded or killed in the charge.
I got a crack on the head in one charge but the brass pot stood well, and my head is only slightly bruised.
Lord Raglan wishes the cavalry to advance rapidly to the front, follow the enemy and try to prevent the enemy carrying away the guns. Troop Horse Artillery may accompany. French cavalry is on your left. Immediate. R. Airey
They dashed on towards that thin red streak tipped with steel.
Jamás se les ocurrió pensar que su búsqueda se estuviera convirtiendo en una enorme y extraordinaria gesta de resistencia, una epopeya de esperanza sin fe, de fortaleza, sin recompensa, de tozudez más allá de los límites de la cordura. Simplemente siguieron buscando, dando el siguiente paso, porque siempre hubo un lugar más dónde buscar, una leve esperanza que seguir.
Find the beef, the beer, the bread. Then look behind.
La Anglogalician está llena de cosas que no llevan a ninguna parte, de hilos sueltos y de botones que no encajan en el ojal correspondiente.
No seré yo quien defienda la civilización. No necesita mi defensa. Quería decir que todos esos ataques a los sistemas, a los juicios generales, resultan especialmente irritantes porque junto con los sistemas, la gente niega todo el conocimiento; la ciencia y la fe en ella significan fe en uno mismo, en sus propias fuerzas. Y la gente necesita esa fe: no puede vivir sólo de impresiones y hace mal al temer al pensamiento y no tener fe en él. El escepticismo siempre se distinguió por su esterilidad e impotencia.
A cada paso, hemos sido frustrados por dios. No el Dios verdadero. Un dios falso creado por el hombre para contribuir a su destrucción de la Tierra. Es el dios-glotón que ve bien engullirlo todo en nombre de una humanidad completamente egoísta. Sus diez mandamientos son: yo primero (déjame vivir como quiera); los humanos primero (que todos los otros seres vivos mueran en mi beneficio); el esperma primero (nada de control de natalidad); los nacimientos primero (nada de abortos); los hombres primero (nada de derechos de la mujer); mi cultura/tribu/religión primero (separatismo/terrorismo); mi raza primero (nada de derechos humanos); mi política primero (puñeteros liberales/podridos reaccionarios); mi país primero (ondea la bandera, la bandera, la bandera); y, sobre todo, los beneficios primero
La mentira es hermosa y necesaria, pero más hermosos son los secretos y más necesario es contar con alguien a quien confiárselos cuando empiezan a pesar demasiado en la conciencia.
A tomar por culo la bicicleta.
El amigo maricón de la chica se corta el cuello en vacaciones
y yo broto del espantapájaros y me anuncio desde lejos
fumando lentamente una yerba temible.
la KGB encuentra los instrumentos
y a Gog despedazado por fans rabiosos que querían entrar en la banda,
soy leal como un cerdo, cuando vigilo a las chicas dulces
sólo recuerdo mi monopatín aparcado en la hierba.
Vigilo el aparato mientras desembucho.
Soy un experimento del gobierno que ha acabado muy mal.
Mira cómo mantengo mi centro de gravedad y espero cuidadosamente bajo la sábana desde Berlín 1945.
Llevaros mis nudillos para los feriantes.
Oh Robbie Fowler mi puerca garganta te pide un hotel.
fumaremos un porro detrás de otro hasta que nos sangre la boca
seremos los que buscan suerte en el ocaso de la genética
como una élite guerrera en una buena noche.
Me va a salir un cáncer como un caballo
nunca di soluciones poemáticas a ningún ayuntamiento
dibuja en tu tierra la luna por debajo de los árboles
donde la audacia y el valor no sirvan de nada
me está saliendo una banda de rumanos en el corazón
yo estoy muy burro porque no sangro
desde 2007.
En la quietud de madres inclinadas sobre el abismo
En ciertas flores que se cerraron antes de ser abrasadas por el infortunio, antes de que
los caballos aprendieran a llorar.
En la humedad de los ancianos.
En la sustancia amarilla del corazón.
Tras asistir a la ejecución de las alondras has descendido aún hasta encontrar tu rostro
dividido entre el agua y la profundidad.
Te has inclinado sobre tu propia belleza y con tus dedos ágiles acaricias la piel de la mentira:
ah tempestad de oro en tus oídos, mástiles en tu alma, profecías…
Mas las hormigas se dirigen hacia tus llagas y allí procrean sin descanso
y hay azufre en las tazas donde debiera hervir la misericordia.
Es esbelta la sombra, es hermoso el abismo:
ten cuidado, hijo mío, con ciertas alas que rozan tu corazón.
No hay salud, no hay descanso. El animal oscuro viene en medio de los vientos y hay extracción de hombres bajo los números de la desgracia. No hay salud, no hay descanso. Crece un negro bramido y tú interpones los estambres más tristes (bajo un sol incesante, en un cuenco de llanto, en la raíz morada del augurio) y las madres insomnes, las que habitan las celdas del relámpago, deslizan sus miradas en un bosque de lápidas.
¿Gimen aún los pájaros? Todo está ensangrentado. Sordo en el fondo de la música, ¿debo insistir aún? Hay vigilancia en los jardines interpuestos entre mi espíritu y la precisión de los espías. Hay vigilancia en las iglesias.
Guárdate de la calcinación y del incesto; guárdate, digo, de ti misma, puta.
Desde los balcones, sobre el portal oscuro, yo miraba con el rostro pegado a las barras frías; oculto tras las begonias, espiaba el movimiento de hombres cenceños. Algunos tenían las mejillas labradas por el grisú, dibujadas con terribles tramas azules; otros cantaban acunando una orfandad oculta. Eran hombres lentos, exasperados por la prohibición y el olor de la muerte.
(Mi madre, con los ojos muy abiertos, temerosa del crujido de las tarimas bajo sus pies, se acercó a mi espalda y, con violencia silenciosa, me retrajo hacia el interior de las habitaciones. Puso el dedo índice de la mano derecha sobre sus labios y cerró las hojas del balcón lentamente.)
(Canción de los espías)
El Tiempo no tolera que le den palmadas. En cambio, si estuvieras en buenas relaciones con él, haría todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, supón que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las clases, pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj. ¡La una y media! ¡Hora de comer!
Al principio todo es emoción. Así, una ameba, un protozoario, cualquier animal primitivo, reacciona cuando se lo toca, se conmueve; un fagocito… vivimos gracias a la emoción de los fagocitos, que se abalanzan sobre los microbios, etc. El verbo está para reemplazar a la emoción, ésa es la verdad.
Bueno, pues los pronósticos sí que han acertado. Sobre todo los pronósticos que se estaban celebrando en Londres. Así que felicidades al jugador del Bayern. Felicidades al jugador de la selección inglesa. Y a la espera de la próxima oportunidad para Kylian Mbappé. No, lo he dicho, felicidades a Harry Kane. Creo que Kylian Mbappé tenía muchas bazas. Pero no es inmerecido ni mucho. Es un gran jugador, una gran trayectoria de Harry Kane, sin duda. Gracias a todos por habernos acompañado este rato. Gracias a vosotros también en este largo Conecta postclásico. Real Madrid ganó en Barcelona y Harry Kane es Balón de Oro. Hasta mañana, chao.
A la izquierda, una masa amorfa se movía con un temblor incontrolable: crujido de huesos, gemidos de un génesis. De perfil, giró con rapidez su rostro hacia mí. Un cuerpo desnudo, parecido al mío, sin ojos, sin nariz ni boca me contemplaba.
Perdí todo control. Brazos, manos y piernas no me obedecían. Los rasgos en el rostro del monigote comenzaron a dibujarse a medida que los míos desaparecían. Lo último que vi fue una sonrisa burlona desde el otro extremo del pasillo, hasta que perdí la vista.
No puedo dejar de vivir egocentrado, pero esto no tiene que implicar ser egocéntrico.
Las luces, que han descubierto las libertades, inventaron también las disciplinas.
¡Fuego contra el Cuartel General!
Y se preguntó qué es lo que mueve a la historia a trascender en un lugar como Loresgrado, si las vacaciones de doce meses y las borracheras de una semana y el ocio de veinticuatro horas producen algún tipo de acontecimiento histórico de revolución de climax , de conquista, y pensó que no, que aquí la ambición calza la pequeña escala de la la delincuencia, el trapicheo, las escaramuzas, el pelotazo urbanístico y político, si piensas a lo grande nada más. Nos queda eso. Ya no hacemos historia. Hacemos sangría.
A fin de cuentas, si te sientes decepcionado por un mago que se disponía a enseñarte fantasmas, es porque un poquito en los fantasmas sí que crees.
Para un pájaro el nido es prácticamente el lugar más peligroso en el que puede estar. Los depredadores saben dónde encontrarlos.
Andar tras el rastro de uno mismo es una empresa arriesgada. Afloran en el proceso muchas cosas que uno ha mantenido ocultas de sí mismo, por no hablar ya de lo que ha ocultado a otros.
Sobre o fronte achatado dun Buda xigantesco, xorde, afiado e ferinte, o remate aguzado dun casco bélico. Xa non ten o halo místico que criaba no seu rostro. Xa non hai resplandor na súa cabeza. Non lle baixa do ceo ningunha claridade. Ningún luz acéndelle a face. É un deus que coce as súas sentenzas baixo un casco de ferro, que se coroa por ese puñal enfiado cara enriba, como se quixese ameazar ao propio ceo. O seu decálogo, se o dese, non estaría escrito en pedra, senón en espadas.
Los biólogos sospechan que nuevas formas evolucionan rápidamente a partir de subgrupos muy pequeños de individuos situados en la periferia de una especie existente. Allí, el estrés de un entorno casi inhabitable, la endogamia forzada entre miembros aislados de una misma familia, la integración de genes extraños procedentes de especies vecinas, la ausencia de otros miembros de la especie con los que competir, u otras cosas, favorecen una reorganización importante del material genómico, tal vez a partir de un cambio modesto en la estructura de los genes. Casi todos estos fragmentos transmutados se extinguen, pero a veces uno de ellos tiene la suerte de encontrar un nuevo nicho viable. Prospera, se expande y crea una nueva especie. Crea un acervo genético estadísticamente limitado que luego estabiliza a la especie frente a cualquier cambio evolutivo posterior. Las especies establecidas son mucho más notables por su estasis que por su cambio. Dar lugar a una nueva especie-hija no parece modificar una especie existente. Nadie niega que las especies puedan transformarse gradualmente y que lo hagan en diversos grados, pero esta supuesta «anagénesis» es relativamente insignificante en comparación con las transformaciones repentinas, geológicamente rápidas, en la generación de lo nuevo
En una forma de odio recíproco, el determinismo hereditario se enfrenta al constructivismo social, cada uno de ellos comprometido con un modelo de causalidad radicalmente reducido. O bien la naturaleza se expresa como cultura, o bien la cultura se expresa en sus imágenes (las «construcciones») de la naturaleza. Estas dos posiciones están atrapadas, como en los extremos de un circuito incompleto, estructuralmente ciegas a la existencia de una cultura del naturalismo práctico, es decir, de la manipulación tecnocientífica e industrial del mundo.
La adquisición de conocimientos y el uso de herramientas actúan conjuntamente como un único circuito dinámico, dando lugar a la tecnociencia como sistema total, sin que pueda haber una separación real entre las dimensiones teóricas y prácticas. La ciencia se desarrolla en bucles, a través de la técnica experimental y la producción de instrumentos cada vez más sofisticados, sin dejar de estar integrada en un proceso industrial más amplio. Su progreso funciona como la optimización de una máquina. Este carácter intrínsecamente tecnológico de la ciencia (moderna) demuestra la eficacia de la cultura como fuerza natural compleja. No es el resultado de una condición natural preexistente, ni se limita a construir representaciones sociales. En cambio, la naturaleza y la cultura constituyen un circuito dinámico, la naturaleza es empujada hasta su límite, donde se decide el destino.
El vino, de plátano; y si sale agrio, es nuestro vino.
La violencia no es el mensaje, sino el síntoma. Lo que la Anglogalician enseña no es una salida, sino una enfermedad: la necesidad de sentir algo, aunque sea dolor, cuando todo lo demás se ha vuelto decorado, rutina y anestesia.
Los drogadictos comienzan a los veinte años y terminan a los treinta: una corta carrera llena de sombras. Un yonqui, de espaldas a la cámara, hace unas declaraciones: ahora, el que tiene billetes, se mete coca, o, si toma caballo, se lo mete con plata, lo fuma, ¿sabes? Ya cada vez hay menos que llegan a la vena.
Nunca la llamé; quise, pero era tan joven, y no tenía tiempo para nada: mejor dicho, vivía con la sensación de que todavía quedaba mucho tiempo para todo...
Una sensación de canguelo generalizado se respira en el ambiente; es como si los pobres desgraciados que componían hasta el día de ayer la plebe sumisa y obediente que ahí estaba, vegetando en un rincón oscuro, alcanzaran a ver por fin que algo no marcha bien del todo en sus vidas miserables, sin futuro y sin presente, que esa falsa seguridad que un día les prometieron a cambio de su complicidad y de su silencio era una farsa, que una presencia amenazante se yergue cada vez más gigantesca en el horizonte, proyectando una sombra de pavor sobre aquellos seres indefensos que se arremolinan apretados contra el suelo, en el lodo, esperando a ser definitivamente aplastados de un momento a otro por la pezuña del monstruo. Cosas antes inimaginables están ocurriendo ante nuestros ojos atónitos, sucesos inquietantes que acongojan y para los que la población, acostumbrada a flotar entre algodones y alcanfor, y a vivir anestesiada, narcotizada por los dispositivos multimedia y las pantallas omnipresentes, como ésta en la que tú me estás leyendo, no está preparada en absoluto: accidentes ferroviarios, asaltos criminales, invasiones bárbaras, incendios en las calles y en los montes, catástrofes cósmicas, plagas bíblicas... ¿Cuánto más seremos capaces de soportar los simples mortales? Y aquellos que se presentan como los remediadores del caos, más que dar esperanza o inspirar la adhesión del populacho, producen más pánico y rechazo que otra cosa, porque se intuye que son otros tantos impostores, unos agentes de la mentira y del mal y que nada bueno se puede esperar de ellos, salvo salir del fuego para caer en las brasas... Nunca esa fiesta idiota del Jalogüin se había revestido de un carácter más siniestro y premonitorio, que el que presenta en la actualidad. Alea jacta est.
¡Son forasteros! No son iguales a nosotros. Cuando quieren irse, se van; y cuando se quieren quedar, se quedan.
There is a chain in football, whether you like it or not.
Se ha hablado y comentado mucho de las andanzas borrachas de los ingleses por Galicia, en donde deambulan por las calles enajenados, con la mirada ensatanada, como todo aquel quien busca un cielo perdido.
—Ah, but all these things might have seemed a good enough reason for putting the whole earth between themselves and Quauhnahuac! Yet neither had done so. And now M. Laruelle could feel their burden pressing upon him from outside, as if somehow it had been transferred to these purple mountains all around him, so mysterious, with their secret mines of silver, so withdrawn, yet so close, so still, and from these mountains emanated a strange melancholy force that tried to hold him here bodily, which was its weight, the weight of many things, but mostly that of sorrow. He passed a field where a faded blue Ford, a total wreck, had been pushed beneath a hedge on a slope: two bricks had been set under its front wheels against involuntary departure. What are you waiting for, he wanted to ask it, feeling a sort of kinship, an empathy, for those tatters of ancient hood flapping . . . Darling, why did I leave? Why did you let me? It was not to M. Laruelle that these words on that long-belated postcard of Yvonne’s had been addressed, that postcard which the Consul must have maliciously put under his pillow sometime on that last morning—but how could one ever be sure just when?—as though the Consul had calculated it all, knowing M. Laruelle would discover it at the precise moment that Hugh, distraughtly, would call from Parián. Parián! To his right towered the prison walls. Up on the watchtower, just visible above them, two policemen peered east and west with binoculars. M. Laruelle crossed a bridge over the river, then took a short cut through a wide clearing in the woods evidently being laid out as a botanical gardens. Birds came swarming out of the southeast: small, black, ugly birds, yet too long, something like monstrous insects, something like crows, with awkward long tails, and an undulating, bouncing, labored flight. Shatterers of the twilight hour, they were flapping their way feverishly home, as they did every evening, to roost within the fresno trees in the zócalo, which until nightfall would ring with their incessant drilling mechanic screech. Straggling, the obscene concourse hushed and pedalled by. By the time he reached the Palace the sun had set.
In spite of his amour propre he immediately regretted having come. The broken pink pillars, in the half-light, might have been waiting to fall down on him: the pool, covered with green scum, its steps torn away and hanging by one rotting clamp, to close over his head. The shattered evil-smelling chapel, overgrown with weeds, the crumbling walls, splashed with urine, on which scorpions lurked—wrecked entablature, sad archivolt, slippery stones covered with excreta—this place, where love had once brooded, seemed part of a nightmare. And Laruelle was tired of nightmares. France, even in Austrian guise, should not transfer itself to Mexico, he thought. Maximilian had been unlucky in his palaces too, poor devil. Why did they have to call that other fatal palace in Trieste also the Miramar, where Carlotta wentinsane, and everyone who ever lived there from the Empress Elizabeth of Austria to the Archduke Ferdinand had met with a violent death? And yet, how they must have loved this land, these two lonely empurpled exiles, human beings finally, lovers out of their element—their Eden, without either knowing quite why, beginning to turn under their noses into a prison and smell like a brewery, their only majesty at last that of tragedy. Ghosts. Ghosts, as at the Casino, certainly lived here. And a ghost who still said: “It is our destiny to come here, Carlotta. Look at this rolling glorious country, its hills, its valleys, its volcanoes beautiful beyond belief. And to think that it is ours! Let us be good and constructive and make ourselves worthy of it!” Or there were ghosts quarrelling: “No, you loved yourself, you loved your misery more than I. You did this deliberately to us.” “I?” “You always had people to look after you, to love you, to use you, to lead you. You listened to everyone save me, who really loved you.” “No, you’re the only person I’ve ever loved.” “Ever? You loved only yourself.” “No, it was you, always you, you must believe me, please: you must remember how we were always planning to go to Mexico. Do you remember? . . . Yes, you are right. I had my chance with you. Never a chance like that again!” And suddenly they were weeping together, passionately, as they stood.
But it was the Consul’s voice, not Maximilian’s, M. Laruelle could almost have heard in the Palace: and he remembered as he walked on, thankful he had finally struck the Calle Nicaragua even at its furthest end, the day he’d stumbled upon the Consul and Yvonne embracing there; it was not very long after their arrival in Mexico and how different the Palace had seemed to him then! M. Laruelle slackened his pace. The wind had dropped. He opened his English tweed coat (bought however from High Life, pronounced Eetchleef, Mexico City) and loosened his blue polka-dotted scarf. The evening was unusually oppressive. And how silent. Not a sound, not a cry reached his ears now. Nothing but the clumsy suction of his footsteps . . . Not a soul in sight. M. Laruelle felt slightly chafed too, his trousers bound him. He was getting too fat, had already got too fat in Mexico, which suggested another odd reason some people might have for taking up arms, that would never find its way into the newspapers. Absurdly, he swung his tennis racquet in the air, through the motions of a serve, a return: but it was too heavy, he had forgotten about the press. He passed the model farm on his right, the buildings, the fields, the hills shadowy now in the swiftly gathering gloom. The Ferris wheel came into view again, just the top, silently burning high on the hill, almost directly in front of him, then the trees rose up over it. The road, which was terrible and full of potholes, went steeply downhill here; he was approaching the little bridge over the barranca, the deep ravine. Halfway across the bridge he stopped; he lit a newcigarette from the one he’d been smoking, and leaned over the parapet, looking down. It was too dark to see the bottom, but: here was finality indeed, and cleavage! Quauhnahuac was like the times in this respect, wherever you turned the abyss was waiting for you round the corner. Dormitory for vultures and city Moloch! When Christ was being crucified, so ran the sea-borne, hieratic legend, the earth had opened all through this country, though the coincidence could hardly have impressed anyone then! It was on this bridge the Consul had once suggested to him he make a film about Atlantis. Yes, leaning over just like this, drunk but collected, coherent, a little mad, a little impatient—it was one of those occasions when the Consul had drunk himself sober—he had spoken to him about the spirit of the abyss, the god of storm, “huracán,” that “testified so suggestively to intercourse between opposite sides of the Atlantic.”
Whatever he had meant. Though it was not the first occasion the Consul and he had stood looking into an abyss. For there had always been, ages ago—and how could one now forget it?—the “Hell Bunker”: and that other encounter there which seemed to bear some obscure relation to the later one in Maximilian’s Palace . . . Had his discovery of the Consul here in Quauhnahuac really been so extraordinary, the discovery that his old English playmate—he could scarcely call him “schoolmate”—whom he hadn’t seen for nearly a quarter of a century was actually living in his street, and had been, without his knowledge, for six weeks? Probably not; probably it was just one of those meaningless correspondences that might be labelled: “favorite trick of the gods.” But how vividly, again, that old seaside holiday in England came back to him! —M. Laruelle, who had been born in Languion, in the Moselle country, but whose father, a rich philatelist of remote habits, had moved to Paris, usually spent his summer holidays as a boy with his parents in Normandy. Courseulles, in Calvados, on the English Channel, was not a fashionable resort. Far from it. There were a few windy battered pensions, miles of desolate sand dunes, and the sea was cold. But it was to Courseulles, nevertheless, in the sweltering summer of 1911, that the family of the famous English poet, Abraham Taskerson, had come, bringing with them the strange little Anglo-Indian orphan, a broody creature of fifteen, so shy and yet so curiously self-contained, who wrote poetry that old Taskerson (who’d stayed at home) apparently encouraged him with, and who sometimes burst out crying if you mentioned in his presence the word “father” or “mother.” Jacques, about the same age, had felt oddly attracted to him: and since the other Taskerson boys—at least six, mostly older and, it would appear, all of a tougher breed, though they were in fact collateral relatives of young Geoffrey Firmin—tended to band together and leave the lad alone, he saw agreat deal of him. They wandered together along the shore with a couple of old “cleeks” brought from England and some wretched gutta-percha golf balls, to be driven on their last afternoon gloriously into the sea. “Joffrey” became “The Old Bean.” Laruelle mère, to whom, however, he was “that beautiful English young poet,” liked him too, Taskerson mère had taken a fancy to the French boy: the upshot was Jacques was asked to spend September in England with the Taskersons, where Geoffrey would be staying till the commencement of his school term. Jacques’ father, who planned sending him to an English school till he was eighteen, consented. Particularly he admired the erect manly carriage of the Taskersons . . . And that was how M. Laruelle came to Leasowe.
It was a kind of grown-up, civilized version of Courseulles on the English northwest coast. The Taskersons lived in a comfortable house whose back garden abutted on a beautiful, undulating golf course bounded on the far side by the sea. It looked like the sea; actually it was the estuary, seven miles wide, of a river: white horses westward marked where the real sea began. The Welsh mountains, gaunt and black and cloudy, with occasionally a snow peak to remind Geoff of India, lay across the river. During the week, when they were allowed to play, the course was deserted: yellow ragged sea poppies fluttered in the spiny sea grass. On the shore were the remains of an antediluvian forest with ugly black stumps showing, and further up an old stubby deserted lighthouse. There was an island in the estuary, with a windmill on it like a curious black flower, which you could ride out to at low tide on a donkey. The smoke of freighters outward bound from Liverpool hung low on the horizon. There was a feeling of space and emptiness. Only at week-ends did a certain disadvantage appear in their site: although the season was drawing to a close and the grey hydropathic hotels along the promenades were emptying, the golf course was packed all day with Liverpool brokers playing foursomes. From Saturday morning till Sunday night a continuous hail of golf balls flying out of bounds bombarded the roof. Then it was a pleasure to go out with Geoffrey into the town, which was still full of laughing pretty girls, and walk through the sunlit windy streets or to look at one of the comical Pierrot shows on the beach. Or best of all they would sail on the marine lake in a borrowed twelve-foot yacht managed expertly by Geoffrey. For Geoffrey and he were—as at Courseulles—left much to themselves. And Jacques now understood more clearly why he’d seen so little of the Taskersons in Normandy. Those boys were unprecedented, portentous walkers. They thought nothing of walking twenty-five or thirty miles in a day. But what seemed stranger still, considering none was above school age, they were also unprecedented, portentous drinkers. In a mere five-mile walkthey would stop at as many “pubs” and drink a pint or two of powerful beer in each. Even the youngest, who had not turned fifteen, would get through his six pints in an afternoon.
And if anyone was sick, so much the better for him. That made room for more. Neither Jacques, who had a weak stomach —though he was used to a certain amount of wine at home—nor Geoffrey, who disliked the taste of beer, and besides attended a strict Wesleyan school, could stand this mediaeval pace. But indeed the whole family drank inordinately. Old Taskerson, a kindly sharp man, had lost the only one of his sons who’d inherited any degree of literary talent; every night he sat brooding in his study with the door open, drinking hour after hour, his cats on his lap, his evening newspaper crackling distant disapproval of the other sons, who for their part sat drinking hour after hour in the dining room. Mrs. Taskerson, a different woman at home, where she perhaps felt less necessity of making a good impression, sat with her sons, her pretty face flushed, half disapproving too, but nevertheless cheerfully drinking everyone else under the table. It was true the boys usually had a head start.—Not that they were the sort ever to be seen staggering about outside in the street. It was a point of honour with them that, the drunker they became, the more sober they should appear. As a rule they walked fabulously upright, shoulders thrown back, eyes front, like guardsmen on duty, only, towards the end of the day, very very slowly, with that same “erect manly carriage,” in short, that had so impressed M. Laruelle’s father. Even so it was by no means an unusual occurrence in the morning to discover the entire household sleeping on the dining room floor. Yet no one seemed to feel any the worse for it. And the pantry was always bulging with barrels of beer to be tapped by anyone who did. Healthy and strong, the boys ate like lions. They devoured appalling messes of fried sheep’s stomachs and puddings known as black or blood puddings, a sort of conglomerate offal rolled in oatmeal that Jacques feared might be intended at least partly for his benefit—boudin, don’t you know, Jacques—while the Old Bean, now often referred to as “that Firmin,” sat bashful and out of place, his glass of pale bitter untouched, shyly trying to make conversation with Mr. Taskerson.
It is not Mexico of course but in the heart. And to-day I was in Quauhnahuac as usual when I received from my lawyer news of our divorce. This was as I invited it. I received other news too: England is breaking off diplomatic relations with Mexico and all her Consuls—those, that is, who are English—are being called home. These are kindly and good men, for the most part, whose name I suppose I demean. I shall not go home with them. I shall perhaps go home but not to England, not to that home. So, at midnight, I drove in the Plymouth to Tomalín to see my Tlaxcaltecan friend Cervantes the cockfighter at the Salón Ofélia. And thence I came to the Farolito in Parián where I sit now in a little room off the bar at four-thirty in the morning drinking ochas and then mescal and writing this on some Bella Vista notepaper I filched the other night, perhaps because the writing paper at the Consulate, which is a tomb, hurts me to look at. I think I know a good deal about physical suffering. But this is worst of all, to feel your soul dying. I wonder if it is because to-night my soul has really died that I feel at the moment something like peace. Or is it because right through hell there is a path, as Blake well knew, and though I may not take it, sometimes lately in dreams I have been able to see it? And here is one strange effect my lawyer’s news has had upon me. I seem to see now, between mescals, this path, and beyond it strange vistas, like visions of a new life together we might somewhere lead. I seem to see us living in some northern country, of mountains and hills and blue water; our house is built on an inlet and one evening we are standing, happy in one another, on the balcony of this house, looking over the water. There are sawmills half hidden by trees beyond and under the hills on the other side of the inlet, what looks like an oil refinery, only softened and rendered beautiful by distance. It is a light blue moonless summer evening, but late, perhaps ten o’clock, with Venus burning hard in daylight, so we are certainly somewhere far north, and standing on this balcony, when from beyond along the coast comes the gathering thunder of a long many-engined freight train, thunder because though we are separated by this wide strip of water from it, the train is rolling eastward and the changing wind veers for the moment from an easterly quarter, and we face east, like Swedenborg’s angels, under a sky clear save where far to the northeast over distant mountains whose purple has faded, lies a mass of almost pure white clouds, suddenly, as by a light inan alabaster lamp, illumined from within by gold lightning, yet you can hear no thunder, only the roar of the great train with its engines and its wide shunting echoes as it advances from the hills into the mountains: and then all at once a fishing boat with tall gear comes running round the point like a white giraffe, very swift and stately, leaving directly behind it a long silver scalloped rim of wake, not visibly moving inshore, but now stealing ponderously beachward toward us, this scrolled silver rim of wash striking the shore first in the distance, then spreading all along the curve of beach, its growing thunder and commotion now joined to the diminishing thunder of the train, and now breaking reboant on our beach, while the floats, for there are timber diving floats, are swayed together, everything jostled and beautifully ruffled and stirred and tormented in this rolling sleeked silver, then little by little calm again, and you see the reflection of the remote white thunderclouds in the water, and now the lightning within the white clouds in deep water, as the fishing-boat itself with a golden scroll of travelling light in its silver wake beside it reflected from the cabin vanishes round the headland, silence, and then again, within the white white distant alabaster thunderclouds beyond the mountains, the thunderless gold lightning in the blue evening, unearthly . .
Meantime do you see me as still working on the book, still trying to answer such questions as: Is there any ultimate reality, external, conscious and ever-present etc. etc. that can be realised by any such means that may be acceptable to all creeds and religions and suitable to all climes and countries? Or do you find me between Mercy and Understanding, between Chesed and Binah (but still at Chesed)—my equilibrium, and equilibrium is all, precarious—balancing, teetering over the awful unbridgeable void, the all-but-unretraceable path of God’s lightning back to God? As if I ever were in Chesed! More like the Qliphoth. When I should have been producing obscure volumes of verse entitled the Triumph of Humpty Dumpty or the Nose with the Luminous Dong! Or at best, like Clare, “weaving fearful vision” . . . A frustrated poet in every man. Though it is perhaps a good idea under the circumstances to pretend at least to be proceeding with one’s great work on “Secret Knowledge,” then one can always say when it never comes out that the title explains this deficiency. —But alas for the Knight of Sorry Aspect! For oh, Yvonne, I am so haunted continuously by the thought of your songs, of your warmth and merriment, of your simplicity and comradeship, of your abilities in a hundred ways, your fundamental sanity, your untidiness, your equally excessive neatness—the sweet beginnings of our marriage. Do you remember the Strauss song we used to sing? Once a year the dead live for one day. Oh come to me again as once in May. The Generalife Gardens andthe Alhambra Gardens. And shadows of our fate at our meeting in Spain. The Hollywood bar in Granada. Why Hollywood? And the nunnery there: why Los Angeles? And in Malaga, the Pensión México. And yet nothing can ever take the place of the unity we once knew and which Christ alone knows must still exist somewhere. Knew even in Paris—before Hugh came. Is this an illusion too? I am being completely maudlin certainly. But no one can take your place; I ought to know by now, I laugh as I write this, whether I love you or not . . . Sometimes I am possessed by a most powerful feeling, a despairing bewildered jealousy which, when deepened by drink, turns into a desire to destroy myself by my own imagination—not at least to be the prey of—ghosts— (Several mescalitos later and dawn in the Farolito) . . . Time is a fake healer anyhow. How can anyone presume to tell me about you? You cannot know the sadness of my life. Endlessly haunted waking and sleeping by the thought that you may need my help, which I cannot give, as I need yours, which you cannot, seeing you in visions and in every shadow, I have been compelled to write this, which I shall never send, to ask you what we can do. Is not that extraordinary? And yet—do we not owe it to ourselves, to that self we created, apart from us, to try again? Alas, what has happened to the love and understanding we once had! What is going to happen to it—what is going to happen to our hearts? Love is the only thing which gives meaning to our poor ways on earth: not precisely a discovery, I am afraid. You will think I am mad, but this is how I drink too, as if I were taking an eternal sacrament. Oh Yvonne, we cannot allow what we created to sink down to oblivion in this dingy fashion—
Lift up your eyes unto the hills, I seem to hear a voice saying. Sometimes, when I see the little red mail plane fly in from Acapulco at seven in the morning over the strange hills, or more probably hear, lying trembling, shaking and dying in bed (when I am in bed at that time)—just a tiny roar and gone—as I reach out babbling for the glass of mescal, the drink that I can never believe even in raising to my lips is real, that I have had the marvellous foresight to put within easy reach the night before, I think that you will be on it, on that plane every morning as it goes by, and will have come to save me. Then the morning goes by and you have not come. But oh, I pray for this now, that you will come. On second thoughts I do not see why from Acapulco. But for God’s sake, Yvonne, hear me, my defences are down, at the moment they are down—and there goes the plane, I heard it in the distance then, just for an instant, beyond Tomalín—come back, come back. I will stop drinking, anything. I am dying without you. For Christ Jesus sake Yvonne come back to me, hear me, it is a cry, come back to me, Yvonne, if only for a day . . . . . .
M. Laruelle began very slowly to fold up the letter again, smoothing the creases carefully between finger and thumb, then almost without thinking he had crumpled it up. He sat holding the crumpled paper in one fist on the table staring, deeply abstracted, around him. In the last five minutes the scene within the cantina had wholly changed. Outside the storm seemed over but the Cervecería XX meantime had filled with peasants, evidently refugees from it. They were not sitting at the tables, which were empty—for while the show had still not recommenced most of the audience had filed back into the theatre, now fairly quiet as in immediate anticipation of it—but crowded by the bar. And there was a beauty and a sort of piety about this scene. In the cantina both the candles and the dim electric lights still burned. A peasant held two little girls by the hand while the floor was covered with baskets, mostly empty and leaning against each other, and now the barman was giving the younger of the two children an orange: someone went out, the little girl sat on the orange, the jalousie door swung and swung and swung. M. Laruelle looked at his watch—Vigil would not come for half an hour yet—and again at the crumpled pages in his hand. The fresh coolness of rain-washed air came through the jalousie into the cantina and he could hear the rain dripping off the roofs and the water still rushing down the gutters in the street and from the distance once more the sounds of the fair. He was about to replace the crumpled letter in the book when, half absently, yet on a sudden definite impulse, he held it into the candle flame. The flare lit up the whole cantina with a burst of brilliance in which the figures at the bar—that he now saw included besides the little children and the peasants who were quince or cactus farmers in loose white clothes and wide hats, several women in mourning from the cemeteries and dark-faced men in dark suits with open collars and their ties undone—appeared, for an instant, frozen, a mural: they had all stopped talking and were gazing round at him curiously, all save the barman who seemed momentarily about to object, then lost interest as M. Laruelle set the writhing mass in an ashtray, where beautifully conforming it folded upon itself, a burning castle, collapsed, subsided to a ticking hive through which sparks like tiny red worms crawled and flew, while above a few grey wisps of ashes floated in the thin smoke, a dead husk now, faintly crepitant . . . Suddenly from outside, a bell spoke out, then ceased abruptly: dolente . . . dolore! Over the town, in the dark tempestuous night, backwards revolved the luminous wheel.
“A will be transported by express!” The tireless resilient voice that had just lobbed this singular remark over the Bella Vista bar windowsill into the square was, though its owner remained unseen, unmistakable and achingly familiar as the spacious flower-boxed balconied hotel itself, and as unreal, Yvonne thought. “But why, Fernando, why should a corpse be transported by express, do you suppose?” The Mexican taxidriver, familiar too, who’d just picked up her bags— there’d been no taxi at the tiny Quauhnahuac air field though, only the bumptious station wagon that insisted on taking her to the Bella Vista—put them down again on the pavement as to assure her: I know why you’re here, but no one’s recognized you except me, and I won’t give you away. “Sí, señora,” he chuckled. “Señora—El Cónsul.” Sighing, he inclined his head with a certain admiration toward the bar window. “Qué hombre!” “—on the other hand, damn it, Fernando, why shouldn’t it? Why shouldn’t a corpse be transported by express?” “Absolutamente necesario.” “—just a bunch of Alladamnbama farmers!” The last was yet another voice. So the bar, open all night for the occasion, was evidently full. Ashamed, numb with nostalgia and anxiety, reluctant to enter the crowded bar, though equally reluctant to have the taxidriver go in for her, Yvonne, her consciousness so lashed by wind and air and voyage she still seemed to be travelling, still sailing into Acapulco harbour yesterday evening through a hurricane of immense and gorgeous butterflies swooping seaward to greet the Pennsylvania—at first it was as though fountains of multi-coloured stationery were being swept out of the saloon lounge—glanced defensively round the square, really tranquil in the midst of this commotion, of the butterflies still zigzagging overhead or past the heavy open ports, endlessly vanishing astern, their square, motionless and brilliant in the seven o’clock morning sunlight, silent yet somehow poised, expectant, with one eye half open already, the merry-go-rounds, the Ferris wheel, lightly dreaming, looking forward to the fiesta later—the ranged rugged taxis too that were looking forward to something else, a taxistrike that afternoon, she’d been confidentially informed.
Yvonne looked back at him. “— but the shakes are the worst of course,” he was going on. “You get to like the other after a while, and I’m really doing very well, I’m much better than I was six months ago, very much better than I was, say, in Oaxaca”—noticing a curious familiar glare in his eyes that always frightened her, a glare turned inward now like one of those sombrely brilliant cluster-lamps down the hatches of the Pennsylvania on the work of unloading, only this was a work of spoliation: and she felt a sudden dread lest this glare, as of old, should swing outward, turn upon her. “God knows I’ve seen you like this before,” her thoughts were saying, her love was saying, through the gloom of the bar, “too many times for it to be a surprise anyhow. You are denying me again. But this time there is a profound difference. This is like an ultimate denial—oh Geoffrey, why can’t you turn back? Must you go on and on forever into this stupid darkness, seeking it, even now, where I cannot reach you, ever on into the darkness of the sundering, of the severance!—Oh Geoffrey, why do you do it!” “But look here, hang it all, it is not altogether darkness,” the Consul seemed to be saying in reply to her, gently, as he produced a half-filled pipe and with the utmost difficulty lit it, and as her eyes followed his as they roved around the bar, not meeting those of the barman, who had gravely, busily effaced himself into the background, “you misunderstand me if you think it is altogether darkness I see, and if you insist on thinking so, how can I tell you why I do it? But if you look at that sunlight there, ah, then perhaps you’ll get the answer, see, look at the way it falls through the window: what beauty can compare to that of a cantina in the early morning? Your volcanoes outside? Your stars—Ras Algethi? Antares raging south southeast? Forgive me, no. Not so much the beauty of this one necessarily, which, a regression on my part, is not perhaps properly a cantina, but think of all the other terrible ones where people go mad that will soon be taking down their shutters, for not even the gates of heaven, opening wide to receive me, could fill me with such celestial complicated and hopeless joy as the iron screen that rolls up with a crash, as the unpadlocked jostling jalousies which admit those whose souls tremble with the drinks they carryunsteadily to their lips.
All mystery, all hope, all disappointment, yes, all disaster, is here, beyond those swinging doors. And, by the way, do you see that old woman from Tarasco sitting in the corner, you didn’t before, but do you now?” his eyes asked her, gazing round him with the bemused unfocussed brightness of a lover’s, his love asked her, “how, unless you drink as I do, can you hope to understand the beauty of an old woman from Tarasco who plays dominoes at seven o’clock in the morning?” It was true, it was almost uncanny, there was someone else in the room she hadn’t noticed until the Consul, without a word, had glanced behind them: now Yvonne’s eyes came to rest on the old woman, who was sitting in the shadow at the bar’s one table. On the edge of the table her stick, made of steel with some animal’s claw for a handle, hung like something alive. She had a little chicken on a cord which she kept under her dress over her heart. The chicken peeped out with pert, jerky, sidelong glances. She set the little chicken on a table near her where it pecked among the dominoes, uttering tiny cries. Then she replaced it, drawing her dress tenderly over it. But Yvonne looked away. The old woman with her chicken and the dominoes chilled her heart. It was like an evil omen. —“Talking of corpses,”—the Consul poured himself another whiskey and was signing a chit book with a somewhat steadier hand while Yvonne sauntered toward the door—“personally I’d like to be buried next to William Blackstone—” He pushed the book back for Fernando, to whom mercifully he had not attempted to introduce her. “The man who went to live among the Indians. You know who he was, of course?” The Consul stood half turned toward her, doubtfully regarding this new drink he had not picked up. “—Christ, if you want it, Alabama, go ahead and take it . . . I don’t want it. But if you wish it, you go and take it.” “Absolutamente necesario—” The Consul left half of it. Outside, in the sunlight, in the backwash of tabid music from the stillcontinuing ball, Yvonne waited again, casting nervous glances over her shoulder at the main entrance of the hotel from which belated revellers like half-dazed wasps out of a hidden nest issued every few moments while, on the instant, correct, abrupt, army and navy, consular, the Consul, with scarce a tremor now, found a pair of dark glasses and put them on. “Well,” he said, “the taxis seem to have all disappeared. Shall we walk?” “Why what’s happened to the car?” So confused by apprehension of meeting any acquaintance was she, Yvonne had almost taken the arm of another man wearing dark glasses, a ragged young Mexican leaning against the hotel wall to whom the Consul, slapping his stick over his wrist and withsomething enigmatic in his voice observed: “Buenas tardes, señor.” Yvonne started forward quickly. “Yes, let’s walk.”
Quiere una mamada. Dice. Ahí está, los ojos iluminados, la boca más que boca trago, la mano a la altura del músculo piriforme. Quiere. Y estemos haciendo lo que estemos haciendo lo dejamos de inmediato. Por importante que parezca. No hay nada más importante.
Quiere una mamada. Y usted, dispuesto. El secreto del amor tantas veces buscado y del que tanta tontería se ha dicho y escrito radica en esto: ella necesita una mamada, usted nació para proporcionársela.
Una mamada es un asunto muy serio.
He aquí la pedagogía: dedique al menos cinco minutos al olisqueo. ¡El olisqueo, cuántos matrimonios se salvarían si prestaran más atención al olisqueo! Nada de prisas. Del olisqueo al soplo. Del soplo al resoplido. Del resoplido al suspiro. Del suspiro al balbuceo. Del balbuceo a la conversación. Hable con él. Concluido el coloquio, toca a la lengua: céntrese en los cambios de frecuencia. Ir del frote levísimo al vigoroso lamer y viceversa. Del roce etéreo, al presionado inclemente. ¡No ceda a la alternancia! Gran parte del éxito radica en que la bendita no sepa qué le espera a continuación.
¡Que viva en la zozobra, en un no sé qué!
Mediante este ataque sincopado, acérquese al objetivo. El objetivo es su alma que tiene que hacerse líquida y buscar el exterior con ansias locas. Bien lo dice el bolero. Hay que dedicar tiempo a los aledaños. Olvídese del clítoris. Aunque el clítoris siempre está presente, el clítoris lo es todo.
Si a estas alturas alguien no sabe dónde está el clítoris, es esa protuberancia rosa en el extremo superior de la santa hendidura.
¿Cuál es el secreto de una buena mamada? Si tuviera que resumirlo: el pendular entre la extrema sutileza y la acometida viril. Y mucho oído.
La lengua es un apéndice muy viril. Pero. Importantísimo. Úsela femeninamente. Pespunteo, vaivén, hálito, taladramiento esporádico. Y en el momento preciso… (¿cómo sabemos cuándo llega este momento?; pues se sabe: ella lo anuncia con todo el cuerpo como anuncia una estación la llegada de un tren bala) incluimos el clítoris en el repaso de labios mayores y menores.
Por último, preste atención a la melodía, a la voz del vendaval. Comienza con un fragor remoto, pero crecerá mediante oleadas cada vez más pastosas. Ajústese a su ritmo. Sea un todo con la música. Siga la música.
No hay que precipitarse.
Los clítoris hablan, cuando sea oportuno dirá: ahora necesito toda tu atención. ¡Soy el centro del Universo! Y ¿saben qué?, tienen razón.
Este viene a ser el método. Dominarlo requiere mucha práctica.
Y no olviden que una mujer bien mamada es, generalmente, una mujer dedicadísima cuando mama a su vez.
Repito, sin prisas. Como quien tiene la mente en otra cosa. Aunque todos sabemos que no existe otra cosa.
El Club Porriño FC se constituyó el 15 de febrero de 1933, con su primera sede social en el número 13 de la calle del Progreso.
Su uniforme inicial estaba formado por camiseta blanca con cuello azul, y pantalón azul. La primera junta directiva la conformaban Leocadio Lourido (presidente), Juan Domínguez Rey (vicepresidente), Enrique del Campo (secretario), Laureano Pérez (vicesecretario), Jesús Fernández Castro (tesorero) y Antonio Lourido (depositario).
En 1943 el equipo fue absorbido por la empresa química Zeltia, cambiando su nombre por el de Zeltia Deportiva Porriño. Ascendió por primera vez a Tercera División en 1956. El club tuvo su mayor éxito deportivo en la temporada 1958-59, al alcanzar el Campeonato gallego de aficionados y llegar a la final del Campeonato de España, en la que perdió frente al Salamanca.
En 1965 el equipo fue refundado de nuevo, al fusionarse el Louriña CF y el Zeltia, tomando ya su actual denominación de Porriño Industrial FC. Tenía el domicilio social en Torneiros, y su uniforme era camiseta roja y pantalón azul.
La historia del Club Marino da comienzo en la primavera del año 1931 con la creación de un equipo de fútbol por un grupo de jóvenes aficionados luanquinos, con mayoría de pescadores, que disputaban sus encuentros frente a otros equipos de la localidad en la playa de la Ribera.
El día 6 de septiembre de 1953, con la inauguración del nuevo campo de fútbol, el Estadio Municipal de Miramar, da pie al comienzo de una nueva fase del club, es decir, será el despegue del Club Marino a nivel regional. Con la llegada de Luis Gallego a la presidencia, el equipo se consolida como uno de los equipos referencia de Asturias.
El Marino llegó por primera vez a Segunda División B en la temporada 1996-97, en la que bajó por la vía rápida. Posteriormente, en la temporada 2001-02, el recién ascendido Marino cosecharía su mejor clasificación, el 5.º puesto. A la temporada siguiente sus mejores jugadores fueron a otros clubs de más envergadura, y el equipo pese al esfuerzo por intentar salvar la categoría de nuevo, descendió. Durante los años siguientes, el Marino se mantuvo a caballo de la Tercera División y la Segunda División B.
El equipo tiene antecedentes en otros clubes de la villa de Redondela, como Redondela Foot-ball Club (fundado en 1908), el Científico Deportivo de Redondela (1909), Sporting de Redondela o la Liga Popular Redondelana (1923. En 1932 se fundó un equipo con el nombre de Choco FC, un año más tarde cambió su nombre a la de Regojo FC, aunque desapareció en 1934. También en 1932 nacieron en el condado otros equipos, tales como Alvedosa de Reboredo o Alegría FC de Cesantes. En 1936 se creó el Redondela Sporting Club. Ya en 1944 se fundó el CD Redondela, club multidisciplinar con secciones tales como natación, fútbol, waterpolo, tenis de mesa, traineras, ajedrez, senderismo o la caza o actividades culturales programadas. El club comenzó a competir en 1945, ese mismo año ganó el Campeonato Provincial de Aficionados y la Copa Rías Bajas en 1946. El actual Club Deportivo Choco nació en 1953.
Las heridas de Despierta y de Sueña no valen nada ante el mirlo posado en la repisa del borde de la terraza frente a ti. Te mira – escribes que te mira – con el gesto rápido de las aves que tiene más que ver con los dinosaurios que contigo; luego vuela. Eso es todo lo que tiene que pasar para seguir; desollado, pero seguir. Medir el tiempo en mirlos que escribes que te miran. Hay peores cosas por las que seguir. Todos los que sabemos que seguimos – lo sabemos. ¡Y qué cosa ésta de saberlo! Como una superioridad ante un maniquí o ante una camarera en patines. El trabajo os hará libres. El conocimiento os hará saber de la vida y la muerte y conjugaréis y enjugaréis lágrimas que contengan medicina y veneno. Y al final de todo llanto sólo habrá veneno: el sabor puede ser amargo, dulce u óxido, pero en el primer llanto ya vienen las heces de todos los que vendrán después – o que no vendrán y se quedarán en los quicios haciendo de todo lo que sostengas una plateadora –. El tiempo en mirlos no es más que hacer un chiste sobre la aceptación de la trampa: acepta todo y todo dentro suyo cabe, pues dentro todo suyo es. Por eso es que no hay que ir. Para eso hay que dejar de amar al mirlo, ser la hache en un texto escuchado, el puñal debajo del agua, el silencio de las piedras limpias de runa; el no a este texto. Y no puedes. El mirlo se ha posado, te ha mirado y se ha ido porque lo escribes. Yo quería ser Lucifer o Cristo, pero sólo puedo ser Dios, pues muerto sueña. Y realmente es eso: morí en febrero de mil novecientos setenta y ocho en una incubadora, pero nadie se atreve a decírmelo porque yo soy el amor a este mundo y a todos les da cosa apagarme: quiero dormir un rato / un minuto / un siglo / pero que todos sepan / que no he muerto. Abuela decía muchas veces: que a mi entierro vaya el pueblo entero. Yo he sido hijo único del mundo pero no sé cuánto llevo en este espejo que sé que lo es aunque no puedo probarlo, ya que, digáis lo que digáis, no existís porque no sobreviví tras mi parto en febrero de mil novecientos setenta y ocho pero nadie lo ha dicho. Eso es el amor: quiero dormir un rato, un minuto, un siglo; pero que el mirlo sepa que ya he muerto
Paren las rotativas y los corazones subterráneos del Juanismo mundial! – el Juanismo se escribe siempre con mayúscula como saben –. Hoy ¡HOY! el Dueño de La Palabra ha contado su historia de vida entera – entera oiga – en veintiocho minutos cuarenta y siete segundos cincuenta y tres centésimas. Y como el público – ese fantasma que siempre tiene hambre – pedía un más difícil todavía – nuestro Hombre se ha posicionado en la rueda de rostros ha respondido a todos y cada uno de los confrontos y ha agradecido todas y cada una de las devoluciones en trece minutos cincuenta y siete segundos veintiséis centésimas. Como premio – y prueba de tal logro – le han entregado los pulgares – sangrando los dos – del que cronometraba. Amén.
Nadie regresa igual luego de contemplar una masacre, ni quien la atestigua, ni quien la perpetra. Nadie ni nada regresa, tampoco la tierra, tampoco el aire, tampoco la memoria. Me pregunto cuánto se muere de la humanidad cada vez que la humanidad mata.
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